sábado, 10 de mayo de 2014

Doble o nada

Eduardo Galeano cuenta que para el hincha fanático el placer no está en la victoria del propio club sino en la derrota del otro. El escritor uruguayo sabe de lo que habla porque vive como nadie uno de esos duelos apasionantes y enconados cada vez que se enfrentan Peñarol y Nacional en Montevideo. Todo hincha del Tenerife y de la Unión Deportiva lo primero que hace cuando acaba la jornada es comprobar cómo ha quedado su equipo casi al mismo tiempo que mira disimuladamente el resultado del otro. Siempre nos traiciona el subconsciente más o menos fanático y, por más que digan los políticamente correctos, la derrota del rival genera casi tanta alegría como la victoria propia. Si no fuera por esos posicionamientos el fútbol sería aburrido y casi me atrevería a decir que no tendría ningún sentido.
Uno no sabe cómo se hace seguidor de un equipo que no es de su tierra. Unas veces es el azar y otras el paso de un jugador que fue el ídolo de nuestra infancia o cualquiera de esas modas que van cambiando el orden de ganadores y derrotados cada cierto tiempo. Pero ese sería el añadido, el otro, el que se elige. Luego está el que nos toca, y ese es realmente el importante y el que nos quita el sueño. En el caso de casi todos los grancanarios ese equipo es la Unión Deportiva Las Palmas, y el inevitable contrario es el Club Deportivo Tenerife. Mi generación, además, vivió el final de Germán o Tonono y el comienzo de Brindisi, Carnevali, Felipe o Morete. En aquellos años no había duelos directos porque había un abismo que separaba a ambos conjuntos y porque casi todos los mejores jugadores de Tenerife acababan jugando en Las Palmas. Luego se viraron las tornas y fueron los blanquiazules los que vivieron sus días de gloria mientras nosotros penábamos en aquel malhadado purgatorio de la Segunda División B. Ahora llegamos casi a la par al mismo sitio y miramos hacia la misma meta, y además con alineaciones en las que suenan muchos nombres canarios. Esta noche se juega al doble o nada. No solo ganamos sino que además derrotamos a nuestro gran rival. Miel sobre hojuelas. Lo más fetén. Lo que todo aficionado, fanático o no, desea con todas sus fuerzas. A estas horas no nos planteamos la palabra derrota. Ni siquiera nos vale el empate. Este partido, además, tendrá el sello de Juan Carlos Valerón, que es el jugador que todos querríamos haber sido, un ejemplo a seguir, el que marcará buena parte de lo que acontezca esta noche en el Gran Canaria.
No sé si son cosas mías, pero no veo en el fútbol de hoy la pasión que uno encontraba en los aficionados cuando iba de niño al Insular. Raro era el partido en el que no veías a los de la camilla sacar a alguien infartado de las gradas; pero es que lo mismo sucedía en los duelos del norte de la isla entre el Guía y el Unión Moral de Gáldar. Ahora nos hemos distanciado un poco y somos espectadores un poco más asépticos. No digo que nos pongamos a gritar como orates desenfrenados, pero en aquellos enfrentamientos mirabas a los ojos de los aficionados y veías en ellos el reflejo de algo más que un balón o unos colores. En aquellas miradas había una épica que hoy hemos perdido con tanta televisión y tanta saturación de información deportiva. En partidos como el de esta noche sí es cierto que reaparece ese brillo en las miradas y que uno encuentra, a medida que se acerca a la entrada del estadio, la misma tensión y las mismas sensaciones que cuando nos asomábamos al graderío del viejo Fedora y escuchábamos el eco de la trompeta de Fernando el Bandera entre el runrún de quienes presentían que estaban a punto de vivir un espectáculo inolvidable.
Que empiece la fiesta cuanto antes. La vida dura a veces lo que dura un partido de fútbol. Ya luego habrá tiempo de volver a la rutina. El poeta Fernando Pessoa decía que el Tajo era un río más grande e importante que el que pasaba por su pueblo; pero que el río que pasaba por su pueblo era para él más importante que el Tajo y que cualquier otro gran río del mundo precisamente porque pasaba por su pueblo. Podrá haber otros derbis y podrán decir que mueven más pasiones o más aficionados; pero para los canarios ningún partido es tan importante como este porque es en el que se encuentra el equipo que siempre queremos que gane con el que queremos que siempre pierda.

Este artículo ha sido publicado hoy en Canarias 7

domingo, 30 de marzo de 2014

La suerte que faltaba

Hay días en los que uno intuye, casi desde que sale de la cama, lo que luego le termina sucediendo. No sabes qué pasará; pero sí llegas a presentir las alegrías o alguna malhadada desgracia. En el fútbol pasa un poco lo mismo. Si comienza el partido y ves que el equipo contrario falla una ocasión sin portero y con el jugador a un metro de la portería ya casi asumes que tu equipo ha amanecido poco menos que protegido por las estrellas. Nadie regaló nada esta mañana en el Gran Canaria, y si subimos a Primera podríamos decir que veremos muchos partidos como este.
Pudo ganar cualquiera de los dos equipos; pero venció el que contó con la suerte, con un porterazo casi imbatible y con un grupo de jugadores que se mueve por el campo al compás del primer pase de alguien que dignifica este deporte cada vez que el balón pasa a su lado. Barbosa, Valerón, Momo, Asdrúbal, Massoud, Aranda, los hermanos Castellano…Había nombres y ahora hay jugadores comprometidos que por fin se creen lo bien que saben jugar al fútbol cuando quieren. Y además jugó la suerte, pero para tenerla hay que arriesgar y seguir insistiendo como si nada hubiera pasado cuando vienen mal dadas. Estamos donde queríamos. El ascenso directo está casi a tiro de piedra. No puede haber otra meta en estos momentos. La promoción es una lotería, y ahí la suerte ya termina claudicando ante los nervios. Tenemos que salir a ganar en Alcorcón y llenar el Gran Canaria en el próximo partido en casa. Yo creo que esa suerte que hoy encontramos, y que nos fue tan esquiva en otros encuentros, también cede ante el estruendo y la felicidad de tanta gente con ganas de celebrar un ascenso. Me quedo con las caras de los aficionados que salían hoy del estadio. Esta isla hace tiempo que se merece una gran alegría futbolera. Es verdad que nos conformamos con poco; pero solo nosotros sabemos el calvario que hemos vivido durante años de fútbol insulso y desastroso. Pensar en el Madrid, en el Barça o en el Atleti casi nos devuelve a la noche de Reyes. Y esta vez sí que parece que por fin puede dejar de ser un sueño.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Giuliano

Hay mil formas de llegar donde uno quiere y ninguna de ellas está inventada. Ayer encontré un álbum de estampas de fútbol de la temporada 1977/78. Alguien lo había tirado al mismo contenedor en el que yo deposito la basura cada día. Reconocí inmediatamente la portada. Estaban todas las estampas. También la de Giuliano. Yo estuve coleccionando esos cromos durante muchas semanas. Compraba, cambiaba, jugaba al estampío y poco a poco logré ir completando las fotos de todos mis ídolos junto a los últimos fichajes que aparecían siempre en las páginas finales. Solo me faltaba la estampa de Giuliano, un argentino que jugaba de líbero en el Hércules de Alicante al que había visto hacer grandes partidos en el Estadio Insular. Cada año había un jugador casi inencontrable, y esa temporada era Giuliano. Mi álbum desapareció en alguna de mis mudanzas, pero nunca de mi mente. Tampoco se borró jamás el olor a tinta de aquellos sobres cuando los abrías esperando el milagro de poder encontrar a los jugadores que te faltaban. Me traje el álbum que encontré en la basura y lo estuve hojeando en casa durante un rato. Había nostalgia, pero ya no estaba para mitomanías ni emociones futboleras. La estampa que faltaba no la había encontrado sorpresivamente en ningún sobre y no valía lo mismo que entonces. Pocas veces valoramos lo que nos viene dado o lo que ni siquiera hemos podido perder porque nunca nos dejaron encontrarlo en ninguna parte.

domingo, 16 de marzo de 2014

Incoherencias futboleras

Hace años el fútbol era más o menos previsible, incluso cuando sucedían cosas que no esperábamos. Los equipos tenían sus rachas, los jugadores sus momentos de gloria y sus crisis y hasta los aficionados nos íbamos poniendo en situación a medida que pasaban las jornadas. Unas veces tocaba estar arriba y otras abajo. Es cierto que de vez en cuando aparecía algún equipo que rompía todas las previsiones; pero lo que no era habitual es que todos los equipos de una competición estuvieran todo el rato echando por tierra sus propias expectativas. Los que iban a descender están en unas semanas en puestos de ascenso, y a los que estaban arriba los encuentras cada vez más lejos de los primeros puestos, aunque luego, si dejas de mirar la clasificación unas cuantas semanas, todo vuelve a cambiar de nuevo. La Unión Deportiva, por ejemplo, puede pasar de ser el mejor equipo de la competición a ser un conjunto en el que no confiaría ni el más fanático de los aficionados. Y luego, siguiendo esa naturalidad de esta extraña incoherencia futbolera, vuelve a convertirse otra vez en lo más fetén de esta Segunda División alocada que estamos viviendo. Puede subir cualquiera; pero si habiendo jugado pésimamente tantas jornadas estamos solo a cinco puntos del ascenso directo, este año no me extrañaría que tocara ascenso. Yo ya no me atrevo a hacer ningún vaticinio en medio de este fútbol tan raro que cada día entendemos un poco menos. Equipo tenemos de sobra. Otra cosa es que ellos mismos terminen de creérselo.


viernes, 7 de febrero de 2014

El Madrid macaronésico

Florentino Pérez ya se puede ir olvidando de sus sueños galácticos. Su equipo de los millones y de los Bales terminará siendo eminentemente macaronésico. Un delantero de Madeira y otro de Gran Canaria serán los que acabarán levantando al público de sus asientos en el Bernabéu. De entrada, Jesé está llamado a cambiar ese juego previsible y aburrido que ha estilado el Madrid en los últimos años, sobre todo cuando tuvo la mala suerte de estar en manos de aquel teatrero portugués de mirada de torva que le negó todas las oportunidades al grancanario. A la técnica que se le supone al fútbol canario se une ahora el músculo y la velocidad de jugadores como Silva o Jesé. La llegada del primero a Chamartín el próximo verano sí que volvería definitivamente macaronésico al Real Madrid que quiso ser galáctico.
No negaré nunca que el único equipo que me quita el sueño es la Unión Deportiva Las Palmas. Y estos días, además, se ha empeñado en volver a dejarnos aliquebrados y estupefactos a los que aún creemos que el fútbol es algo más que una mera controversia de intereses. Lo de menos es Lobera, Juanito, Aranda y compañía. Vuelven a jugar con la ilusión de quienes año tras año confiamos en que llegarán jugadores y técnicos que entenderán lo que significa vestirse de amarillo. Lo único que me tranquiliza es que está Juan Carlos Valerón; pero mucho me temo que si sigue notando el mar de fondo que nos está llegando a todos se marchará con su talento a otra parte. Todo ese rodeo viene para que entiendan por qué me alegra tanto lo de Jesé. En medio de este páramo de decepciones ya solo soy de los equipos en los que juegue gente de la tierra. He cambiado el Liverpool por el Manchester City, y en el caso del Madrid lo tengo fácil porque siempre fue el otro equipo que seguía desde niño. Todos hablan de las semejanzas de Jesé y Cristiano sin darse cuenta de que vienen de islas muy cercanas y de paisajes e historias tremendamente hermanadas. Solo espero que el canario no imite la soberbia que a veces pierde al Balón de Oro. Talento tiene de sobra. Ahora solo falta que le acompañe la suerte y la cabeza.

Artículo publicado hoy en Canarias 7

jueves, 23 de enero de 2014

El 7 del Werder Bremen

Su padre había llegado de Sevilla hacía treinta años. Se había casado con una alemana y había logrado abrir una pequeña tienda de comestibles en un barrio obrero de las afueras de Bremen. Desde que él era niño estuvo empeñado en que fuera futbolista. Le hablaba siempre de un tal Scotta, un argentino que jugó en el Sevilla que tenía un disparo potente y casi imparable. Siempre que tenía un rato libre lo llevaba al parque para que aprendiera a disparar como aquel argentino que había visto jugar en Nervión en los años setenta.
En el colegio se convirtió en el jugador más temido por su disparo, pero también contaba con un regate capaz de dejar sentados a varios rivales con un par de escorzos. Todos decían que llegaría lejos. Y así fue. A los diecinueve años su padre estaba en el palco del Weserstadion viendo cómo saltaba al campo con el número 7 del Werder Bremen a la espalda. Lo único que no llevaba bien es que su hijo vistiera los mismos colores que el Betis. Jugó dos temporadas prodigiosas en el equipo alemán. Ya se hablaba de que podía ser llamado a la selección y se decía que el Bayern Munich lo había incluido en la lista de sus futuros fichajes. Había marcado muchos goles de falta y de fuera del área gracias a su potente disparo hasta que empezó con sus obsesiones. No lo comentó con nadie, pero empezó a sentir pena por el balón. Se empeñó en que sufría con cada golpe y no hacía más que acariciarlo suavemente cuando pasaba a su lado. Perdió la titularidad y le terminaron dando la baja a mitad de la tercera temporada. Su padre no sabía dónde meterse. Hablaban con él, pero nunca le contó a nadie que había escuchado los lamentos quejumbrosos del balón después de uno de sus disparos despiadados. Ni siquiera es capaz de ver un partido de fútbol por la tele. Está todo el día encerrado en su cuarto. Tiene quince balones, cada uno con su propio nombre. Los acaricia, les dice frases cariñosas y les pido perdón todo el rato por sus errores del pasado. En su casa aún retumban los silbidos y los insultos de aquel último partido en que estando solo dentro de área cogió el balón con la mano y se marchó corriendo hacia el vestuario. A los periodistas les dijo luego que solo quería salvarlo. Odiaba el fútbol desde niño, pero nunca encontró la manera de decírselo a su padre.

sábado, 11 de enero de 2014

Los porteros

Quizá los porteros sean las figuras más literarias de un campo de fútbol. Recuerdo La soledad del portero ante el penalti de Peter Handke, un cuento futbolero de Benedetti y hasta un poema de Rafael Alberti dedicado a un guardameta húngaro llamado Platko. Los equipos se construyen a partir de grandes porteros; pero ellos son los únicos que casi siempre se acercan a recoger el balón del fondo de la portería. Los demás compañeros miran para otro lado, se echan las manos a la cabeza, lloran o corren lo antes que pueden hacia el centro del campo. Los que realmente quedan en evidencia son los que se muestran incapaces de evitar ese pequeño naufragio que es siempre el gol cuando se recibe en contra. La Unión Deportiva tiene un porterazo llamado Mariano Barbosa. Lo demostró esta noche contra la Ponferradina. No es perfecto, ni mucho menos; pero tiene empaque, agilidad y carácter, y además logra que Las Palmas sume puntos que jamás merecería la inexplicable indolencia con la que salta a veces al campo. Hoy, por ejemplo, fue uno de esos partidos que preferimos olvidar los que creemos que hay plantilla de sobra para jugar bien y para salir a ganar todos los encuentros. Faltó actitud y concentración, o esa intensidad que demostró un equipo mucho más modesto pero con más hambre de triunfos. No perdimos por goleada porque tuvimos la suerte de contar con un portero que paraba de forma casi milagrosa cualquier balón que le llegaba.
Los guardametas andan solos en medio del griterío de los estadios. Por eso ven primero que nadie los desajustes y los desastres. También son los que ven desde más lejos los goles de su propio equipo. Y además son los únicos que pueden utilizar las manos. Suelen ser misántropos y silenciosos, y muchas veces incluso algo estrafalarios o supersticiosos. Les debemos parte de la escenografía que tanto nos engancha a este extraño deporte. No tienen ni dónde esconderse ni con quiénes compartir las euforias o los errores más o menos evitables. Realmente son los que aciertan o fallan sin tapujos y los únicos que se enfrentan a su destino sin más coartada que sus propios reflejos.