lunes, 22 de junio de 2015

Uno de esos días inolvidables

Hay días en que uno se levanta y solo está pendiente de que pasen las horas. No sabes qué hacer porque no te quieres ir lejos del lugar al que esperabas acudir desde hace años. No hablo de amor. El amor es siempre una cita inaplazable, pero también lo es el fútbol cuando uno está unido a unos colores desde la infancia, o desde mucho tiempo antes de venir al mundo. Ya mi abuelo era de Las Palmas cuando casi no dormía pendiente del destino del Victoria de Pacuco Jorge o de Alfonso Silva. Y mi padre también era de la Unión Deportiva antes de que se fundara el equipo uniendo los destinos de los cinco grandes rivales de la isla. Un equipo que nace de un sacrificio como ese ha de ser siempre algo más que un club de fútbol. No es fácil conciliar colores, sentimientos y recuerdos. La Unión Deportiva cuenta con una historia que se remonta mucho más allá de 1949. Cuando yo nací, en 1967, estaba en Primera División; pero ya digo que yo era de la Unión Deportiva mucho antes de venir al mundo o de que nos jugáramos el ascenso contra el Real Zaragoza.
No sabía qué hacer el domingo. Llegué a acudir al santoral a ver si encontraba algún vaticinio que me sosegara. Se celebraba el día de san Apolinar y el de san Leufrido. Eran santos que no me decían nada, pero les juro que me encomendé a ellos como quien se agarra a un clavo ardiendo. Y no digo que san Leufrido o san Apolinar hayan logrado el ascenso; pero les aseguro que jamás olvidaré que el 21 de junio se celebran sus onomásticas. Tampoco olvidaré a mi abuelo, el mayor aficionado de la Unión Deportiva que haya conocido nunca. Murió en 1974, pero le recuerdo contándome las gestas amarillas o explicándome por qué Las Palmas era su equipo. Yo ahora me siento como me imagino que se sentiría mi abuelo cuando ganamos en el Nou Camp con los goles de Germán y de Niz, o como cuando eliminamos al Torino. También he recordado lo que me contaba de Silva y de Mujica, y de todos aquellos años que Armas Marcelo cuenta en esa prodigiosa novela que lleva por título Cuando éramos los mejores. Ayer volvimos a ser los mejores. Y regresamos a Primera División. Y tuve la suerte de celebrar el ascenso con mi padre como cuando él me llevaba de niño y nos abrazábamos después de un gol de Germán o de Brindisi. Pero todo eso, como decía al principio, lo venía celebrando mucho antes de que aconteciera. Han sido muchos años con este sueño metido en la cabeza. Otra vez volveré a mirar en el calendario de la Liga buscando los enfrentamientos con el Real Madrid, con el Bilbao o con el Barça. Siempre fue así cuando era niño. Me alegro especialmente por los niños que podrán mirar dentro de unas semanas ese calendario poblado de mitos. Y también por todos esos aficionados que hace un año lloraron el quebranto de un gran sueño. Soy feliz. Tan feliz como ya presentía que lo iba a ser antes de venir al mundo. De amarillo, por supuesto. Como mi abuelo, como mi padre.

domingo, 21 de junio de 2015

La foto soñada

Trato de que no me ciegue la euforia, pero hace un rato viví en el estadio de Gran Canaria uno de los días más bonitos de mi vida. En el descanso le comentaba al jefe de Deportes de Canarias 7, Nacho Acedo, que una afición como la de Unión Deportiva Las Palmas tenía que estar siempre en Primera División. Lo de esta tarde ha sido apoteósico. Bendito fútbol cuando los resultados juegan a tu favor y te permiten curar las heridas del pasado. Hace un año salí con mi padre de ese estadio después de vivir uno de los peores momentos de mi vida. Hoy he compartido la alegría del ascenso. Nos abrazamos como niños (en el fútbol todos nos abrazamos como en el patio del colegio). Él estuvo toda la segunda parte pendiente de que no me diera un infarto. Así estaba yo cuando iba con él al fútbol en los años setenta. Hoy nos hemos abrazado como no creo que lo hayamos hecho nunca. No hizo falta que dijéramos nada. Estoy seguro de que los dos recordábamos al abuelo Santiago. Les juro que vi llorar a decenas de personas cuando el árbitro pitó el final del partido. Seguro que también estaban pensando en todos sus ausentes. Disfrutemos de este hermoso día, uno de esos días inolvidables.

El aficionado

A ese señor de la foto no lo conocía de nada hasta hace un momento. Lo vi bajando el Guiniguada como si todavía existiera el barranco que él tuvo que ver correr muchas veces. Salió el periodista y le pregunté si me dejaba sacarle una foto para publicar en mi blog y en las redes sociales. El hombre me miró como si le hablara en chino, pero me dijo que con esa camiseta de Las Palmas podía sacarle donde quisiera. Quiso ponerse la gorra y la bufanda que llevaba dentro de una especie de cartera. Le dije que no hacía falta. Me recordó a mi abuelo cuando lo veía salir de Guía camino del Estadio Insular. A mi abuelo le dio el primer amago de infarto viendo por televisión un partido de Las Palmas contra el Murcia en 1974 (hoy me comentaba Rafael Méndez que era normal que le diera ese amago por la intensidad del encuentro y por los paradones casi increíbles que hizo Carnevali aquel día). Murió ese mismo año. Le pregunté el nombre a ese señor. Se llama José Juan Ventura y venía de Santa Brígida. Esa es la imagen que yo identifico con la Unión Deportiva de Las Palmas. La gente que realmente merece disfrutar esta tarde del ascenso

lunes, 15 de junio de 2015

El último paso

Todos hemos vivido alguna vez ese momento final en el que, estando a punto de tirar la toalla, recuperamos de repente todas las fuerzas para llegar a una meta, para aprobar un examen, o simplemente para arribar a la cama como llega un superviviente de un largo y peligroso viaje. En el deporte no hay más que pasos que siguen a otros pasos interminablemente. Un día parece que está todo perdido, y al siguiente nos vemos disputando el partido del siglo o viviendo uno de esos momentos que jamás se borran de la memoria ni del palmarés de nuestro equipo.
La Unión Deportiva Las Palmas va a vivir una semana crucial para su historia. Y con esto no quiero decir que los jugadores se responsabilicen de tal manera que acaben bloqueados cuando salten al campo. Nunca estuvo tan cerca el ascenso. Ni siquiera el pasado año. No teníamos a Viera y a Araujo en punta, y creo que con esos jugadores en forma no hay quien detenga a este equipo. Sí espero que Paco Herrera cuente con Valerón como lo hizo en el partido de ida ante el Valladolid. También en los pocos minutos que jugó el pasado sábado demostró que su participación debe ser casi innegociable en partidos trascendentales. Pero ahí será el entrenador, que también se juega mucho en este envite, el que tenga la última palabra. Nosotros apoyaremos hasta donde podamos al equipo confiando en que el próximo domingo podamos celebrar lo que nos robaron hace casi un año.
Nos queda ese último paso que decía al principio, el esfuerzo sin medida aunque parezca que no podemos movernos de donde estamos, el gol en el último minuto, la confianza en la suerte, ese segundo inolvidable en el que el árbitro pite el final del partido con el equipo ascendido a Primera División después de tantos años y tantas decepciones repetidas. Ahora mismo no creo que anide el desánimo ni en el más pesimista de los aficionados. Estamos pendientes de ciento ochenta minutos. Y no me digan que es lo mismo que otros años. Todo parece que se repite, pero nada es lo mismo. Tenemos mejor plantilla que antes, el sabio aprendizaje de las derrotas y un estadio que aguarda, espero que ya sin pistas de atletismo, esa primavera del fútbol que es jugar con los grandes equipos que nuestros hijos solo han podido ver desde la asepsia de las pantallas o los videojuegos.
Nos volvemos a citar ante la historia. Cuarenta años después de que nos dejara Tonono, a la sombra de la imagen imborrable de Juan Guedes dando un paso al hueco, ante el escorzo inesperado de Germán o con los goles por la escuadra de Brindisi o de Contreras. Y también estarán las sombras de Silva y de Mujica. Y el alma de todos los amarillos que ya no están físicamente, pero que permanecen en nuestra memoria como si no hubieran abandonado nunca su sitio en el estadio, aquel asiento de cemento en el Insular o las butacas del Gran Canaria. Va por ellos. Por los que vieron a este equipo cuando era grande, por los que se fueron y no pudieron verlo regresar a Primera y por todos esos niños que no se creen que nosotros derrotábamos al Real Madrid o al Barcelona con esta misma ilusión y con estas mismas ganas con las que ahora queremos lograr el ascenso.

martes, 9 de junio de 2015

Tonono

El partido fue en color, en el Estadio Insular, con aquel amarillo intenso de las grandes noches, el llenazo en las gradas y en los arenales del Paseo de Chil, el eco de la corneta de Fernando el Bandera, el olor a hierba y aquella luminosidad inolvidable de los focos. En el campo estaban todos nuestros héroes. Yo tenía entonces ocho años, la edad en la que se forjan los mitos y los futbolistas que admiramos se convierten en leyenda. Recuerdo a Germán, a Carnevali o a Quique Woolf. El nombre de Sinibaldi también ayudaba a que acrecentáramos esa leyenda. Pocas veces he escuchado pronunciar un nombre de un entrenador con tanta reverencia y tanta veneración por parte de los aficionados. Nos jugábamos el descenso después de haber estado a punto de ganar la Liga un par de años antes. Enfrente estaba el Celta de Vigo. Ganamos tres a uno. Recuerdo el golazo de Woolf y el estruendo del Insular. Uno no sabe por qué hay partidos que se quedan para siempre en la memoria. Aquella noche fue especial, emocionante. Se salvó el equipo, se despedía Sinibaldi y todos sabían que había mimbres en la cantera para mantenernos muchos más años en Primera División. Había dos grandes mitos en aquel equipo: Tonono y Germán. El tercer gran mito, Juan Guedes, había fallecido unos años antes. Esos tres nombres son los que conforman la gran leyenda de la Unión Deportiva Las Palmas. Aquella noche había dos de ellos en el campo. No sabíamos que era la última vez que jugarían juntos.
Unos días más tarde fallecía Tonono. Voy a confiar en la memoria. Ya luego iré al libro que ha escrito Pepe Hernández para confrontar los datos y saber mucho más de aquel jugador de Arucas que idolatrábamos todos los que acudíamos cada quince días, a las ocho y media de la noche, al Estadio Insular. Recuerdo que estaba en la plaza de San Roque, en Guía, cuando alguien dijo que había muerto Tonono. Era lunes, o así quiero recordarlo, y ese día era el que emitían lo que ahora viene a ser Estudio Estadio. Entonces había una sola cadena de televisión en Canarias. El programa comenzaba con un presentador compungido y con la foto de Tonono en blanco y negro ocupando el fondo de la pantalla. Todos los futboleros del país vivieron con estupefacción la muerte del líbero de la Unión Deportiva y de la selección española. Los niños no entendíamos aún que cuando llega la muerte ningún jugador vuelve a saltar al campo. Rememoro los días posteriores. No se hablaba de otra cosa en cualquier rincón del pueblo. Y luego vino el homenaje contra el Peñarol de Montevideo, y las heridas reabiertas por la muerte Juan Guedes. El blanco y negro de aquellos días en la tele y en los periódicos contrastaba con el recuerdo de la hierba verde, los focos y el amarillo intenso que vestía Tonono cuando se anticipaba a todos los delanteros o cuando ordenaba al equipo que empujara hacia delante. Recuerdo que todos nos sentíamos seguros desde que el balón llegaba a nuestra área. El Omega sabía unos segundos antes dónde iría a parar el esférico. A veces el fútbol no es más que una intuición, y los grandes jugadores son aquellos que ven la jugada una milésima de segundo antes de que el balón llegue a sus botas. En cada calle y en cada pueblo de la isla había un niño que recibía el nombre de Tonono. Solía ser el capitán del equipo, el mejor defensa, el más regular y, por supuesto, el más carismático. Han pasado cuarenta años y aquellos niños de entonces seguimos pendientes de las jugadas y de los resultados de la Unión Deportiva. Siempre digo que nos alimenta ese pasado grandioso y esa memoria de partidos como el del Celta cuando no sabíamos que era la última vez que Antonio Afonso Moreno iba a saltar al estadio en el que le vimos tantas veces como si viéramos a una divinidad que de repente salía de la bocana del vestuario. Los niños de aquellos años nunca sabemos diferenciar lo que fue real de lo que fue un sueño. Aquella muerte todavía nos sigue pareciendo mentira al paso de tantos años. Cierro los ojos y veo a Tonono en el área de la Grada Naciente. Y vuelvo al olor cercano del césped, al eco de la corneta de Fernando el Bandera, al griterío de las gradas, y entonces es cuando reaparece aquel equipaje azul y amarillo que, siendo de tela, brillaba mucho más que cualquiera de esos tejidos sintéticos con los que ahora intentan disfrazar el fútbol cada semana.