domingo, 28 de agosto de 2016

Regresos, alegrías y bufandas

De nuevo fuimos al ropero a coger la bufanda los que vamos con bufanda al estadio y las camisetas amarillas los que tiñen de ese color las gradas del Gran Canaria. El comienzo de la Liga, de cualquier Liga, siempre es un aventura que aguardamos desde muchas semanas antes, una evidencia después de dos meses con anuncios de fichajes, partidos de pretemporada y cualquiera de esos grandes campeonatos que vemos en la tele con una pasión distinta a la pasión que encontramos desde la cercanía de las gradas. Ayer, además, ese comienzo lo vivíamos con el comodín de los tres puntos ganados en un estadio tan difícil como Mestalla. Había sonrisas, mucha ilusión y esa sensación, casi siempre contenida, de que este año sí que va a ser nuestro gran año. Lo son todos, pero debemos reconocer que este es distinto, como aquellos años de Germán y Guedes, como los de Brindisi y Morete, se notaba en el ambiente, en las miradas luminosas de los aficionados y en esos niños que ya no le piden a los Reyes el equipaje del Real Madrid o del Barça sino el de la Unión Deportiva Las Palmas.
Hasta hace unos años, los partidos con el Granada se jugaban en Segunda B. Esas son las vueltas de la vida, lo que uno aprende con el paso del tiempo, lo que sabes que al final acabará sucediendo más tarde o más temprano. Porque también muchos años antes, en los setenta, estaban los dos en Primera y se hacían notar, aquel Granada de José Luis, Izcoa, Castellanos o Parits. En Granada fue también donde se hizo realmente grande Vicente González, futbolista de Agaete que venía de jugar en el Barcelona y que acabó recalando en México, toda una referencia futbolística para los grancanarios que lo vieron jugar en los años sesenta y setenta.
Uno agradece la presencia de entrenadores que no se conforman solo con el resultado, sobre todo cuando los equipos no están separados por muchos millones de euros en los presupuestos. Esa igualdad genera casi siempre un gran espectáculo, pero me gusta además que mi equipo no renuncie a esa condición casi innegociable de la belleza y el divertimento ni siquiera cuando se enfrenta a esos equipos de campanillas a los que a veces los millones no les valen para dar con el buen juego. De Setién me gusta su apuesta por un estilo en el que, buscando esa belleza y ese arabesco, no descuida la presión ni la defensa. Lo ha demostrado durante años el Barcelona, como lo demostró antes la selección holandesa de los setenta o el Milán de Arrigo Sachi: jugar de fábula al fútbol no implica un suicidio previo; todo lo contrario: los grandes equipos que han marcado una época, sobre todo en el fútbol moderno, han sabido apuntalar primero su estrategia defensiva. Lo primero es tener el balón y ya luego viene todo lo demás, esa sensación de que parece fácil jugar al fútbol, de que casi no requiere ningún esfuerzo. Eso es lo que consiguen Setién y Sarabia en la Unión Deportiva.
El Granada parecía un equipo endeble, pero nos dio un buen susto al final de la primera parte con el empate. Otras temporadas, ese gol psicológico, como el primero en Valencia el pasado lunes, nos hubiera hundido. Algo que destaco de la Unión Deportiva este año es su personalidad y su entereza al margen del resultado: creen en lo que hacen y se nota, además, que el equipo es una piña: bastó con ver cómo salió Livaja del campo entre abrazos de compañeros y gestos de complicidad de todo el equipo. Ganamos cinco a uno; pero no me quedo con el resultado sino con la cantidad de ocasiones que generamos. Tocamos con criterio, movemos de banda a banda, iniciamos de nuevo cuando no hay espacios y terminamos llegando al área pequeña muchas veces. Ya dije hace unas semanas que este año tocaba soñar fuerte. Vienen buenos tiempos. Se nota que esto no es casual ni flor de un día.
Tenemos talento de sobra, pero esa no es una noticia solo de este año. En esta ocasión creo que se junta el talento con el trabajo y la eficacia de la inteligencia. Esa confluencia nos puede dar muchas alegrías. De momento, ya me voy preparando para seguir soñando en Sevilla frente a Sampaoli, Vitolo y compañía. Más madera. Sin complejos y contra otro equipo que busca todo el rato el marco contrario. Dos insistencias similares en un mismo terreno de juego, una con más garra y la otra con más técnica, pero con un mismo camino innegociable desde que empieza el encuentro. Disfrutemos de esta alegría y de estos días memorables.

Nota: Tras finalizar el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona la Unión Deportiva Las Palmas es líder de Primera División por delante del Real Madrid y del referido Barcelona. Creo que no estábamos en esa posición desde la temporada 1978-1979, en los años de Carnevali, Roque, Felipe, Jorge, Brindisi, Félix, Noly, Morete, Maciel y compañía, los últimos años de gloria después de aquellos inolvidables de Tonono, Guedes y Germán. Muchas décadas viendo la gloria desde muy lejos. Da lo mismo lo que dure. Estos días serán inolvidables.


lunes, 22 de agosto de 2016

Los ojos del murciélago

No es cierto que los murciélagos sean ciegos. Tienen ojos y ven como la mayoría de nosotros. Pero no podrían volar en la oscuridad solo con los ojos. También cuentan con la orientación de su propio eco y con una especie de brújula que les indica hacia dónde deben dirigir sus vuelos para no estrellarse contra un muro o contra esas torres que rodean a velocidad de vértigo. En el escudo del Valencia reina el murciélago, pero esta noche esa brújula interna y ese eco que ayuda a elegir los caminos fueron amarillos. Yo creo que a estas alturas los jugadores de la Unión Deportiva están tan unidos al balón que ya saben hacia dónde se dirige desde que lo golpea un compañero. Como si escucharan su eco. Como si todo lo demás quedara lejos del terreno de juego. Este año, además, sí hemos podido empezar la temporada con los automatismos que tanto nos costó conseguir la pasada campaña. Setién y Sarabia han tenido toda la pretemporada para trabajar el sistema, los movimientos y las estrategias que ya dejaron medio avanzadas el pasado año en los jugadores que repiten. Pero sobre todo han tenido tiempo para transmitir a los jugadores que pueden ser los mejores si ellos quieren. Bastaba con ver el empuje de Viera, la precisión de Roque Mesa, la efectividad de Livaja o la confianza recuperada de ese jugadorazo que es Kevin Prince Boateng para entender lo que puede hacer la Unión Deportiva esta temporada.
También nos harían falta esos ojos de murciélago para ver un partido un lunes a las nueve de la noche (aunque peor lo tienen los aficionados peninsulares). En esos días y con esos horarios solo los equipos que juegan a divertirse y a divertirnos nos mantienen despiertos. Las Palmas es uno de esos equipos, lo demostró desde la primera jugada del partido y lo mantuvo hasta que el árbitro pitó el final del encuentro. Nunca se da un balón por perdido, se presiona con inteligencia y no se regala ese preciado botín con pelotazos o con despejes al otro campo una vez se recupera. Desde que el balón transita entre sombras amarillas se le mima y se le trata con esa delicadeza con la que se debe tratar lo que realmente amamos más allá de las palabras. Se dice siempre que se da lo que se recibe, en el amor, en la amistad y creo que también en el fútbol. Los equipos que juegan a hacer bello todo lo que intentan terminan teniendo esa suerte que los ilusos llaman de los campeones y que no es más que el premio de quienes son fieles a un estilo y a una manera de entender el juego más allá de la especulación o de lo meramente pragmático. Siempre decimos que la Liga es larga, pero esa amplitud de horizontes hay que trazarla teniendo en cuenta al mismo tiempo el carpe diem de lo que nunca regresa: jugar cada balón como si fuera el último minuto, buscar en cada ocasión lo bello y lo sorprendente, y no pensar en el minuto siguiente si se puede honrar a ese dios del fútbol que regala ocasiones a los más valientes y a los que aspiran a la gloria cada segundo y con cada remate que intentan.
Quienes llegan tarde el primer día de clase tienen la posibilidad de atisbar mejor que los otros los roles y los papeles que jugarán muchos de sus compañeros. Ya Las Palmas saltó al campo intuyendo quiénes serán los más aplicados, los más temerosos, los que asumirán riesgos y los que ganarán casi siempre. El Valencia hace años que es un gran equipo con gestores empeñados en destrozar su propio juguete. No quisiera que Las Palmas entrara nunca en esa dinámica del dinero sin ton ni son y de los representantes que juegan a intercambiar estampas como quien vende acciones en la bolsa o naranjas en el mercado de un pueblo. Por suerte Las Palmas tiene un proyecto y, sobre todo, cuenta con un estilo que nos enorgullece y nos hace robarles horas al sueño cuando juega a la hora de los murciélagos. Nosotros miramos y ellos juegan, pero cuando ellos juegan como nosotros llevábamos soñando desde hacía décadas entonces sí que acontece ese milagro que nos despabila y nos emociona a las once de la noche o las diez de la mañana. Y podíamos haber perdido o haber empatado. Pero no, ya dije al principio que la victoria es casi siempre para quien no traiciona ni uno solo de sus pasos.


viernes, 19 de agosto de 2016

Soñar fuerte

Los que tienen miedo a soñar casi siempre se quedan en la orilla. Los otros, los que anhelan nuevos paisajes, no llegan siempre, y a veces incluso esa llegada no era la meta. Pero lo intentan. Y los intentos no se conciben sin una voluntad decidida y un ánimo a prueba de cualquier desfallecimiento. Casi siempre es el camino, ese partido a partido que nombran los entrenadores, lo que da sentido al fútbol y a la vida, aquel poema de Kavafis en el que el destino de Ulises no era llegar a Ítaca sino el propio viaje, la aventura de cada semana y cada día. El fútbol es un viaje que comienza temporada a temporada, semana a semana, y ahora estamos en ese momento en el que todos los barcos sueñan con llegar al mismo puerto de la gloria en el solsticio de junio, antes de que quememos esas mismas naves en la hoguera del olvido para empezar de nuevo la temporada siguiente.
El otro día le escuchaba decir a Antonio Banderas que en la vida no basta solo con soñar si se quieren alcanzar grandes gestas. También ha de soñarse fuerte lo que uno desea, sin miedo, sin límites y, sobre todo, sin complejos que pongan freno a toda esa energía que aportan los sueños cuando uno se los cree y va en busca de ellos con todas las consecuencias. Hace un año, por estas fechas, si un aficionado del Leicester City hubiera escrito que su equipo iba a ganar la Liga inglesa habría recibido toda clase de burlas o habría sido tildado de fanático o de loco cegado por el color de la camiseta del equipo de su infancia. Alguien tuvo que soñar fuerte para alcanzar ese logro que ahora todos califican como uno de los mayores milagros de la historia del fútbol. Ese campeón de la Liga inglesa había estado a punto de descender el pasado año y no había nada a priori que hiciera presagiar ese éxito que vuelve a demostrarnos que en el fútbol no hay lógica que no se venga abajo si se juntan el deseo, la voluntad, la clase y la entrega hasta el último segundo de cada partido. Es un juego, y como tal juego no debemos ponerle más límites que los de nuestros propios deseos. Vale, ahora me pueden tildar de loco fanático de la Unión Deportiva Las Palmas si yo escribo que podemos ganar la Liga o la Copa este año, o clasificarnos para la Champions. Me da lo mismo lo que piensen. Me niego a no soñar todo lo fuerte que pueda antes de la primera jornada. Ya habrá tiempo para que llegue el tío Paco con sus pragmatismos y sus rebajas. Como aficionado tengo todo el derecho del mundo a plantear esos objetivos grandiosos que uno sueña desde niño. También soñaba con ver alguna vez a España campeona del Mundo y ahora mismo puedo pellizcarme cada vez que Iniesta bate a Stekelenburg y enseña el nombre de Jarque en su camiseta.
Este año, además, no me preocupaban los fichajes del equipo. Miento, solo me preocupaba un fichaje, que realmente que eran dos: Quique Setién-Eder Sarabia. Quería que garantizaran el estilo, lo que logramos en muchos partidos de la temporada pasada, esa intención irrenunciable de jugar con el balón y de hacer bello lo efectivo. Sabía que luego los nombres irían apareciendo procedentes de la cantera o de otros equipos. Me bastaba con saber lo que había sucedido el pasado año con jugadores como Tana, Roque o Vicente Gómez. Por una vez, mi equipo no iba depender de los nombres sino de una filosofía reconocible que buscábamos desde hacía décadas los que seguíamos creyendo en la esencia de un fútbol que llevaron a su máximo esplendor un grupo de canteranos en los años sesenta, con Germán, Tonono y Guedes a la cabeza. Esa es la única coherencia que yo pido siempre a los amarillos. Apenas los vi jugar, pero de ahí viene todo, o ahí confluyó todo, la técnica de Padrón el Sueco, de Alfonso Silva y de Mujica y la que vendría luego de la mano de Alexis Trujillo, Valerón, Orlando o Toni Robaina. Quique Setién era el entrenador que estábamos esperando desde hacía mucho tiempo, el fichaje deseado, ese estilo que queremos que se extienda a toda la cantera para que el jugador canario vuelva a reconocerse en el espejo de su propia mirada futbolística. No dejemos que un par de malos partidos o ese azar de los resultados desarbolen esta nave que está a punto de partir soñando fuerte, creyéndose lo que no se ha creído desde hace décadas, como mismo lo creemos los aficionados aunque muchos no se atrevan a decirlo. Defendamos el estilo como decía Benedetti que había que defender a la alegría, como una bandera, como un destino.



martes, 17 de mayo de 2016

Finales, principios y permanencias

Si en noventa minutos puede suceder de todo en un terreno de juego, imaginen entonces lo que acontece en 38 partidos, en más de tres mil minutos, contra unos trescientos jugadores, ante una treintena de árbitros y delante de decenas de miles de espectadores. Si seguimos sumando también podremos encontrar días de lluvia y de solajero, goles a favor y en contra en el último segundo, penaltis señalados que jamás se cometieron, penas máximas de libro que no fueron pitadas, paradones y cantadas de nuestros porteros, goles por la escuadra o balones que atravesaron la raya de la portería con una lentitud casi de caracol. También sumaremos noches en que salimos del estadio con esa alegría de las goleadas y del buen juego de nuestro equipo y tardes aciagas en las que parecía que solo nos quedaba resignarnos y esperar el descenso. Todo eso es lo que suele vivir durante una temporada un equipo como el nuestro que no está llamado a conquistar la Liga de antemano, aunque después de lo del Leicester en Inglaterra ya no habrá sueño que no se pueda trazar el año que viene.
Comenzamos con un entrenador que nos había devuelto a Primera después de muchos años deambulando sin norte por estadios medio vacíos a los que casi no llegaba el eco mediático. Pero no tuvo suerte Paco Herrera cuando se vio con los morlacos de Primera. Muchos no entendimos en un primer momento su destitución. Ahora, qué duda cabe, aplaudimos aquella decisión aunque sin ponerle un pero a la caballerosidad, la honradez y el buen hacer de Herrera. La llegada de Setién y de Eder Sarabia sí la aplaudí desde un primer momento. Y lo hice por su propuesta futbolística, por su coherencia y por ese estilo que a los que nos gusta el fútbol nos parece que siempre ha de ser innegociable. Recuperó a jugadores que, de no haber llegado, ahora mismo podrían estar buscando equipos en Segunda o Segunda B y que hoy son codiciados por muchos de los grandes. Eso solo lo puede hacer un entrenador que sepa mucho de este deporte y que, además, sea un motivador casi milagrero, capaz de sacar el talento de quienes creían que ya estaban en esa cuesta abajo que suele acompañar a los que no encuentran quien les enseñe una puerta de salida por la que volver a esos estadios en los que soñaban con mostrar su talento.
Pero lo más importante es justamente que no hay jugadores importantes. Aparece siempre un equipo, intercambiable, cada uno con lo mejor que puede aportar pero trabajando todos con un objetivo y con unos automatismos casi idénticos. Y no es que Setién robotice a los jugadores: todo lo contrario, una vez logrado el orden ya deja que se despliegue libremente el talento. Todo pasa por el centro del campo y, sobre todo, por el balón; pero el balón y ese medio campo pasa todas las veces por el cerebro. Se piensa y se crea, se defiende y se inventa, y se divierten ellos jugando y nosotros cuando los vemos frotándonos los ojos por si esto no fuera más que un sueño.
Este año le dijimos adiós a Juan Carlos Valerón, pero él también contará con esa permanencia en la Unión Deportiva que aporte valores, experiencias y credibilidad al vestuario. Hay una suma de muchos factores que no creo que nadie, a estas alturas, se atreva a confundir con la suerte. En una Liga no se tiene suerte. Todo es constancia y creencia en lo que se hace. Hubo días en los que muchos cuestionaron el juego que proponía Setién. Me alegra haber sido uno de los que apostó por él en todo momento, incluso si esa apuesta conllevaba el descenso. No quiero más apagafuegos pasajeros. Deseo que Las Palmas defienda un estilo y sea fiel al mismo cueste lo que cueste. Lo normal es que el estilo, si se complementa con orden y con disciplina, nos dé muchas alegrías. De momento, escribo feliz y relajado este balance final de temporada. Ha sido un honor contar lo que he ido viviendo en casi todos los partidos, en esa suma de tantas contingencias y de tantos momentos que denominamos temporada y que acaba en mayo o junio como acaba para nosotros cada año en diciembre. Muchos siglos antes de que naciera el fútbol, escribió Ovidio que la gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia. Yo añadiría que también por el estilo y por la búsqueda de la belleza. Así es como nos hemos mantenido en Primera. Y creo que ese sueño, como los juguetes que realmente valían la pena en la infancia, todavía tiene cuerda para rato.

domingo, 8 de mayo de 2016

Una tarde de mayo de 2016

Hoy cerramos una herida abierta desde 1983, desde aquel día del descenso que cambió nuestra historia. Nunca fuimos los mismos desde entonces, jamás volvimos a jugar al fútbol como habíamos jugado los veinte años anteriores a aquella tarde funesta. Ni en la peor de las pesadillas se podía imaginar el éxodo que nos ha llevado por campos de tierra y amenazas de desaparición. En esa debacle que parecía no tener final perdimos hasta el Estadio Insular.
Ahora, por fin, podemos escribir una historia nueva, y además la trazamos contra el Athletic de Bilbao, el otro equipo de cantera, el ejemplo que debemos seguir para que no vuelva a repetirse esa odisea de la que hemos terminado aprendiendo a fuerza de palos y de desconsuelos. Se fue Valerón, pero al mismo tiempo se queda. No es un contrasentido, es parte de la magia de ese hombre que siempre hizo lo que parecía imposible en un terreno de juego. Se queda transmitiendo valores y como ese espejo necesario cuando se ensirocan los egos y los vestuarios.
Nadie olvidará lo que vivimos hoy en el Gran Canaria. Ese estadio ya empieza a ser tan mítico como el Insular. Le faltaban el Real Madrid, el Atlético o el Barça, pero sobre todo le faltaban momentos como los que vivimos ayer tarde cuando Valerón se encaminaba hacia el banquillo y se nos puso la piel de gallina a los que amamos el fútbol que el Flaco interpreta como nadie. Le aplaudimos y nos levantamos en el minuto 21, en el momento del cambio y al final del partido. Acertaron los que le dieron un micrófono para que se despidiera de todos nosotros. Es un hombre parco en palabras, pero cada una de esas palabras palpitaba con la misma magia que sus pases al hueco o sus controles casi funambulistas.
Setién quiere una plantilla corta para poder subir jugadores de la cantera. Así fue cuando éramos los mejores y así creo que será más allá de los resultados en los próximos años. El Athletic era para mí José Ángel Iríbar, aquel portero que cuando era niño me impresionaba vestido de negro como Yashin y con aquella altura ante la que uno intuía que difícilmente podríamos marcar un gol. Era seguro y volaba de palo a palo sin ningún aspaviento y sin adornarse con palomitas. Muchos amigos son todavía del Athletic por ese recuerdo de Iríbar. Por eso ayer el partido fue todavía más legendario. Vimos saltar juntos al campo a Germán y a Iríbar y, sobre la marcha, los que ya peinamos canas, llegamos a oler el césped del Insular y aquel olor a puros y a jareas que formaba parte del bullicio.
El Athletic era de los pocos equipos que dejaban ver sus camisetas en las gradas del Insular. Hoy sucedió lo mismo en el Gran Canaria, y agradezco a esos aficionados que tanto saben de fútbol que se sumaran como cualquiera de nosotros al homenaje que le tributamos al Mago de Arguineguín. Queda un partido para terminar la temporada. Esta tarde vimos dos grandes equipos sobre el terreno de juego, y uno de ellos era el nuestro, y eso se lo debemos a Quique Setién y a Eder Sarabia, que ahora sí tendrán tiempo para planificar y para elegir jugadores. No me atrevo a hacer valoraciones para la próxima temporada. Un amigo me habló el otro día del milagro del Leicester y yo le respondí que si nos gusta el fútbol es justamente por esos milagros y porque quien escribe los guiones se supera cada año que pasa. Por eso soñamos a lo grande desde que nos dan un poco de cuerda y de tiki-taka. De momento disfrutemos de esta permanencia. No solo nos mantenemos. También sabemos que hay un proyecto fiable y que volvemos a formar parte de la elite. Gracias a todos los que han tenido que ver con esa cura inesperada y casi milagrosa. Ayer cicatrizó una herida que llevaba abierta más de treinta años. Una tarde de mayo de 2016.

Pongámonos en pie

Los finales no siempre son imprevistos. No recuerdo a Guedes, pero siempre será el mito, vi jugar a Tonono cuando era muy pequeño y a Germán no tuve la suerte de seguirlo en sus grandes momentos. No había nacido cuando jugaron Padrón “El Sueco”, Ángel Arocha, Timimi, Miguel “El Palmero”, Pacuco Jorge, Rosendo Hernández, Lobito Negro, Alfonso Silva, Mujica, Luis Molowny, Felo, Vicente González o Correa. Betancort fue el mejor portero canario de la historia. David Silva me parece un jugador excepcional con un currículum que será difícil que vuelva a igualar algún futbolista de las islas. Jesé y Pedro son grandes jugadores, lo mismo que lo fueron Felipe, Barrios, Gerardo, Juanito, Narciso, Alexis, Orlando, Socorro o Toni Robaina. Siempre ha habido mucho talento en estas islas, pero para mí no ha habido ninguno como El Flaco.
Juan Carlos Valerón ha dibujado en cada pase, cada control y cada regate lo que yo dibujaría si me pidieran que representara el fútbol canario. Y además es noble, humilde, como casi todos los grandes que realmente son grandes más allá de lo que hacen. Se va dejando esa estela de los mitos que se quedan para siempre en el recuerdo. Esta tarde, en el estadio de Gran Canaria, viviremos uno de esos momentos gloriosos que jamás olvidaremos. Valerón es de los jugadores que se han quedado en los fotogramas de nuestra memoria. No recuerdas una jugada concreta. Es una suma de genialidades lo que hace grande a un futbolista. Vamos a tener la suerte de despedirlo en casa, vestido de amarillo y con un estadio que se pondrá en pie como pocas veces lo habrá hecho. Creo que deberíamos retirar la camiseta con el número 21 y colgarla bien visible en el Gran Canaria como hacen en la NBA con los jugadores que han marcado una época. El paso del tiempo se lleva por delante todo lo que algún día fue joven, novedoso o sorprendente; pero ese mismo tiempo, como decía Borges en la literatura, es el gran antólogo, el que coloca todo en su sitio y el que realmente escribe las páginas gloriosas de lo que vamos viviendo. Aplaudamos a ese genio que salió de Arguineguín casi sin hacer ruido y que se retira sin más estridencias que los aplausos que ha recibido en todos los campos que ha visitado en los últimos veinte años. Mañana dará la vuelta al mundo esa retirada de un genio irrepetible. Pongámonos en pie donde quiera que estemos cuando abandone el campo. Que resuene su nombre en todas partes. A partir de ahora será la memoria la que se encargará de hacerlo cada día más grande.






sábado, 7 de mayo de 2016

Un hombre de palabra

A veces se cumplen los sueños. La vida cuenta con esas vías extrañas que no conocemos y que, de repente, nos cambian el guion de nuestra propia existencia de arriba abajo. Los seguidores amarillos llevábamos décadas soñando con un juego como el que proponen Quique Setién y Eder Sarabia. Casi nos daba lo mismo estar en Segunda o en Primera. Lo que queríamos era ver a nuestros canteranos y a jugadores que entendieran el fútbol como lo entendemos quienes vimos jugar a Germán o a Brindisi. Setién los tuvo que ver también de cerca alguna vez, como vería al Ajax de Cruyff o al Brasil del 82. Vino con una idea romántica del fútbol y demostró que a veces las intenciones de los soñadores se imponen a los delirios de los pragmáticos. Él sabe, además, que no hay sueño que no se logre sin esfuerzo y sin constancia. Desde que le dimos tiempo comenzó a dibujar en el terreno de juego las jugadas que nosotros habíamos imaginado mil veces en nuestra cabeza. Y además lo hacía jugando en Primera División, entre los grandes de la Liga más grande del mundo, ante millones de personas de todo el planeta, donde se gestan las leyendas y donde se consiguen esos aficionados que se vuelven fieles para siempre.
Era lógico que Quique Setién recibiera ofertas o que el mismísimo Julio Maldonado, “Maldini”, uno de los hombres que más saben de este deporte, lo propusiera como sustituto de Vicente del Bosque en la selección española. Uno hubiera entendido que se hubiera marchado siguiendo el camino de cualquiera de esas ofertas astronómicas que le han llegado estos días; pero este señor es un hombre de palabra, en el terreno de juego y también lejos de la cancha, uno de esos románticos que aún cree que la belleza y la honradez son las únicas que pueden derribar las montañas del tedio y las de ese negocio que muchos confunden con el fútbol y con lo que significa el fútbol para quienes amamos este deporte. Este año ha sido grande y confío en que los próximos sean todavía más gloriosos. Me gusta lo que dijo Setién el otro día, que quiere que a este equipo se le recuerde por cómo juega y no por cómo gana. Así es como se gestan los mitos, con los hombres de palabra que además saben soñar sin ponerle límites a ningún mapa que se trace entre dos porterías y un centro del campo.