lunes, 5 de marzo de 2018

Las inercias y los lunes

La euforia suele ser un estado transitorio, casi una locura, pasajera y efímera, hasta que despiertas y te encuentras un escenario distinto al de los vítores y los aplausos. Nunca se puede estar en la cima todo el tiempo: o te congelas o te asas de calor, o sencillamente te aburres. La Unión Deportiva se subió a una ola euforizante tras el empate ante el que posiblemente sea el mejor equipo del planeta, y ante el que sin duda sí es el mejor jugador del momento. Pero tras esa ola llegaron varias bajamares y pleamares, y de repente nos vimos jugando otra vez un lunes, en Galicia, y contra el Celta de Vigo. Si ganábamos salíamos del descenso, pero lo que nos preocupaba era la actitud de los jugadores, si iban a salir como el día del Barça o como el día del Leganés o del Girona. Y salieron como queremos que salgan a jugar los partidos. Nos adelantamos en el marcador y no nos encerramos atrás. Perdimos en lo físico, en un final de la segunda parte en donde no pudimos aguantar el ritmo de partido y nos vimos superados casi al final, después de que nos adelantáramos con un golazo de Erik Expósito, justo donde su bisabuelo había marcado noventa años antes; pero no estaban los argumentos para realismos mágicos y perdimos el partido, que no las opciones de salvación.
Vi el encuentro en una terraza del Parque Santa Catalina con Juancho Armas Marcelo. Juancho jugó en el Juvenil A de la Unión Deportiva, en el amateur del Real Madrid y fue campeón de España universitario con la Complutense de Madrid. Cuando nos reunimos nos gusta hablar tanto de fútbol como de literatura, y si quieren saber de la épica de Las Palmas lean su novela Cuando éramos los mejores, con el gran Correa como personaje reconocible de los años gloriosos de la Unión Deportiva. Mirábamos a los extranjeros de los cruceros atentos a lo que hacía Las Palmas y el gol de Erik casi hizo retumbar el suelo que se esconde en ese espacio emblemático de la capital que contara Orlando Hernández en su Catalina Park.
Queda un mundo, y no solo suman nuestros resultados. En estos momentos, son tan importantes nuestros guarismos como los del Levante, el Deportivo y el Málaga, y hay que reconocer que estos tres equipos nos lo están poniendo fácil. Seguimos teniendo la salvación a tiro de piedra, y ya da lo mismo que venga el Villarreal que el Real Madrid. Garantizando la seguridad defensiva, esa salvación que muchos dimos por imposible hace unas semanas aún puede conseguirse, pero otra cosa será el futuro, en Primera o en Segunda. Quien manda en Las Palmas debería mantenerse al margen de las decisiones deportivas y dejar que sean los que saben de fútbol quienes confeccionen la plantilla y planteen un proyecto de futuro. Este año, suceda lo que suceda, creo que está para aprender y no para sacar pecho si nos salvamos de la quema o para hundirnos si descendemos. Lo que más me preocupa es el proyecto, si vamos a ser un equipo de cantera o de mercenarios, si vamos a jugar al toque o al pelotazo y si, por fin, se instalará la coherencia en la casa amarilla. De momento estamos inmersos en una lucha en donde solo nos queda apretar los dientes, mantener la portería a cero y volver a sumar puntos cuanto antes. La afición tendrá mucho que ver en ese reto. El Gran Canaria debe ser una plaza inexpugnable, una cita de energías y de ánimos positivos como lo ha sido cada vez que ha llegado una cita importante en los últimos años.

jueves, 1 de marzo de 2018

La felicidad del niño con la camiseta amarilla

No pedíamos más. Pudimos haber ganado, pero ese empate vale más que un punto. Ha vuelto a unir a la afición con el equipo, y el equipo, por fin, se ha creído grande, capaz de ganarle a cualquiera. Uno es lo que se cree, eso queda claro, y esa camiseta amarilla volvió a ser épica, distinta, reconocible. Vi la cara de felicidad de un niño con la camiseta de la Unión Deportiva cuando acabó el partido. Me recordó a mí hace muchos años. A su lado iba otro niño con la camiseta de Messi. El niño del Barça iba cabizbajo, casi derrotado, y el niño de amarillo paseaba ufano cerca de él. No tenía que decirle nada. Ya sus jugadores habían hablado en el campo. Podía nombrar a Gálvez, a Aguirregaray, a Etebo o a Calleri. Quizá fueron los mejores, pero esta vez hay que hablar de todo el equipo, felicitar a todos los que jugaron. Les agradecemos esos minutos de felicidad después de tanto tiempo. Y encima, bajando en la guagua, marcó el Alavés contra el Levante. Ese gol se cantó en la 91 casi tan alto como el de Calleri. Todo salió perfecto. Ahora tenemos que recordar este partido para saber que le podemos ganar a cualquiera, que tenemos que salir sin complejos contra todos los rivales y que la salvación depende de nosotros: esa es la mejor noticia después de haber estado tanto tiempo en el pozo del desastre y de la indiferencia.
La lógica no se impone siempre, y la exactitud de las matemáticas, el uno más uno, lo inevitable, no cuenta en el fútbol. Hasta que comienza el partido te aferras a esa mínima probabilidad, y la vas alimentando muchas horas antes, visualizas ese encuentro, lo comparas con otros momentos memorables, y casi llegas a sentir la alegría de lo que sueñas aun sabiendo que es casi imposible, porque a estas alturas ya sabemos que los prolegómenos y los preliminares son a veces más placenteros que los acontecimientos, o que en los finales, ganes o pierdas, se apaga mansamente la luz del escenario. Pero ese escenario, ya sin nadie, que fue el césped del Gran Canaria, nos hizo revivir los viejos tiempos, que tendrían que ser también los venideros, los de la victoria y los de un equipo con solera y con galones de sobra para mantenerse en Primera.
Camino del estadio de Gran Canaria, los aficionados amarillos nos mirábamos como si necesitáramos de otro aliado para seguir manteniendo vivo nuestro anhelo. Todos estábamos allí porque confiábamos en el milagro, en jugarle de tú a tú al equipo de Messi para contárselo algún día a nuestros nietos. Cuando empezó el partido ya fuimos viendo nuestras posibilidades, asumiendo nuestros muchos defectos y confiando en el talento de los nuestros. Ni siquiera con el equipo y el juego que propuso Setién pudimos hacer nada contra ese equipo galáctico, talentoso y exquisito que sigue la estela de Cruyff y de Guardiola como una hoja de ruta que conduce a la gloria y a la leyenda. Y luego está Messi. Todos los demás jugadores se apagan cuando él juega, es un lujo ver a Messi tan cerca, y de alguna manera sabes que estás viendo algo casi sagrado en la historia del fútbol, uno de esos fenómenos que a lo mejor no tendrá continuidad nunca más, casi un dios de este deporte, aunque yo sea de los que se quedó prendado de Maradona para siempre, porque Diego salió directamente de las chabolas de Villa Fiorito al Olimpo de las grandes gestas, y porque era menos Dios que Messi, más humano, menos regular, pero creo que mucho más imaginativo y sorprendente. Pero comparar a Maradona y Messi es como comparar a Mozart con Beethoven, un trabajo baldío y sin sentido. Ayer, el equipo de Messi, y el propio Messi, no pudieron con la Unión Deportiva Las Palmas, y eso es lo que nos deja ese halo de alegría de las noches memorables. Pero nuestra competición sigue teniendo cuatro equipos y hay que intentar salvarnos siendo el primero de esa popa alejada de los fastos de las estrellas. Balaídos es el próximo destino. Salgamos a ganar. Sumemos tres puntos para vernos un poco más cerca de la orilla y para que el foco no nos deje lejos de donde se citan las leyendas.

Los imposibles y los días de gloria

Si el fútbol no fuera un deporte de imposibles no hubiera enganchado a nadie en estos dos siglos. Yo vi perder varias veces al Barcelona en el Insular, con Cruyff, con Neeskens, con Schuster, y hasta vi cómo derrotábamos al Barça de Maradona (aunque luego perdiéramos la semifinal de Copa en los penaltis) en un encuentro que hubiéramos ganado por goleada si Masciarelli hubiera estado más acertado todas las veces que se quedó solo delante de Urruticoechea. Aquel día Félix Marrero, con el apoyo de Benito, frenó al astro argentino cuando estaba en su mejor momento. Ya sé que ha llovido mucho desde entonces y que hemos pasado de dos o tres extranjeros a distancias siderales en el presupuesto y en las plantillas. Así y todo siguen jugando once contra once y el estado de ánimo, la motivación o el saltar al campo pensando que eres el mejor del mundo puede llamar al milagro y a esos imposibles de los que hablaba al principio. En una situación casi tan desesperada como la que vivimos ahora le dimos la vuelta al marcador y le marcamos tres goles al Madrid de la Quinta del Buitre en diez minutos. Ya sé que no se vive del pasado, pero ese pasado existe para que recordemos el simbolismo de nuestra camiseta, lo que representa ese escudo y lo que genera en muchos aficionados de todas las edades sembrados por todo el planeta.

Estos días me acusan de ser crítico con Las Palmas en mis comentarios. Ojalá pudiera escribir algo distinto y no ver cómo salimos a empatar, con esa camiseta de la que hablo, contra el Leganés, y encima terminando sin ningún jugador canario en el terreno de juego, cuando nos estamos jugando la vida y el descenso. Se equivoca quien cree que los que criticamos lo que se hace mal somos unos desleales seguidores de la Unión Deportiva. También se equivocan los que creen que estamos deseando que pierda. No querré nunca que pierda Las Palmas ni en los amistosos de cualquier torneo de verano y aguachirle. Si le ganáramos al Barça podríamos salir del descenso, y sí, ya sé que hoy por hoy ese equipo es casi inalcanzable, sobre todo si Messi decide jugar a la pelota como sabe. Pero hasta que comience el partido tenemos que recordar las viejas gestas, y yo invitaría a los responsables de la Unión Deportiva a que le pusieran a los jugadores, justo antes de saltar al campo, los vídeos que existen de aquellas noches memorables. También entonces el Barça era un equipo de otra galaxia y nosotros estábamos lejos de sus oropeles, sus figuras y su presupuesto. He visto de todo en el fútbol, y me gustaría ver cómo la Unión Deportiva le gana al Barça de Messi, Piqué, Busquets y Luis Suárez. No es imposible, y si lo es, el fútbol, mientras sea fútbol, siempre deja una rendija por la que colarnos en la gloria de los días inolvidables.

viernes, 9 de febrero de 2018

Iribar, Aguirregaray y las matemáticas

Me imagino al abuelo de Aguirregaray hablándole de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Y luego casi logro ver a su padre describiéndole la sobriedad de Iribar, los regates de Chechu Rojo o las faltas que tiraba Dani a la escuadra. Está claro que los ancestros de Aguirregaray no son de Huelva ni de La Gomera, y por eso intuyo que al verse jugando en el nuevo San Mamés volvería sobre la marcha a su infancia uruguaya y al eco de las palabras de esos antepasados vascos y futboleros. Y digo esto porque para mí el jugador más vasco de los que jugaron en Bilbao fue el lateral uruguayo. En los primeros siete minutos cortó un balón en su área anticipándose al delantero que se quedaba solo y se inventó un regate como los que me imagino que le contarían sus antepasados cuando hablaban de Panizo o de Manu Sarabia. Ya nos sorprendió en el partido contra el Málaga, pero en San Mamés ratificó esa impresión inicial. Y al igual que él, todo el equipo se mantuvo firme y seguro durante casi todo el encuentro.
Menos mal que los jugadores de Las Palmas que saltaron al campo nunca vieron jugar a Iribar. Es verdad que Germán le logró marcar goles inolvidables o que Mamé León lo regateó en el antiguo San Mamés en una victoria épica, pero les aseguro que para los niños de mi generación ver a Iribar vestido de negro en el Estadio Insular impresionaba y casi nos hacía creer que sería imposible encontrar un hueco por donde marcar un gol ante un hombre tan alto y tan bien colocado bajo los palos. Kepa, el actual portero del Athletic, no le va a la zaga, pero los mitos ya no son los mismos, y en la tele todos los jugadores se vuelven pequeños. Por eso los jugadores amarillos no se impresionaron cuando vieron al Chopo entregándole un trofeo a Adúriz al principio del partido. Jugaron sin complejos, sin desmoronarse en la segunda parte, teniendo opciones todo el tiempo y siendo competitivos, que no es poco después de muchos partidos viendo al conjunto amarillo como un alma en pena por el césped de los estadios que visitaba. Sumamos un punto, que no es mucho, pero que ahora mismo puede ser un potosí si seguimos ganando los partidos de casa.
La vida es un argumento que cambia en un parpadeo. El fútbol no voy a decir que sea un reflejo de la vida, pero sí diría que es un espejo en el que se termina reflejando la sociedad que tenemos en cada momento. Vivimos días trepidantes, consumistas, desmemoriados, exaltados y, sobre todo, caóticos. Pues es eso es también el fútbol, caótico y desmemoriado, un mercadeo de intereses cada día más vergonzante en donde un día te dicen que tu equipo se nutre de canteranos y al siguiente te encuentras que esos canteranos son casi todos uruguayos, nigerianos o argentinos. Y te acostumbras a ese destino proteico o tiras la toalla. Sabina cantaba que no hay más ley que la fiebre del oro en las minas del rey Salomón. Y eso es lo que también sucede en el fútbol; pero nosotros, los que vimos jugar a Germán y a Iribar, no podemos dejar de seguir a la Unión Deportiva por más que llueva, se arruine, descienda o traicione sus principios. También aprendemos que en el fútbol las matemáticas nunca son exactas. Ahora hay que ganarle al Sevilla el próximo sábado. Ya no somos aquel equipo de alfeñiques que se desmoronaba con el primer ventanero en contra.

lunes, 5 de febrero de 2018

El clavo ardiendo

La derrota era el final; el empate, casi un epílogo, y lo poco que nos quedaba era la suerte del último minuto. Y llegó esa suerte, porque el partido contra el Málaga lo decidió la suerte y el empuje de una afición que se merece que Las Palmas desafíe todas las estadísticas y todas las lógicas para quedarse entre los grandes. No lo merecen quienes han tomado las decisiones que nos tienen al borde del abismo, pero sí ese niño y ese padre que vi bajar la calle Juan de Quesada a las seis de la tarde, los dos con la bufanda amarilla, creyendo en el milagro y en que sus gritos de ánimo servirían para algo. No me gustó que Jémez dijera que quería un equipo de mercenarios: un mercenario, señor Jémez, se vende por dinero, no entiende de sentimientos ni de compromisos, y yo sigo creyendo, disculpe que sea un iluso, en que a los jugadores que no sientan los colores de un equipo se les reconoce desde que saltan al campo.
Casi ha desaparecido la cantera y durante buena parte del partido jugamos al patadón, como si fuéramos un conjunto entrenado por Maguregui o por Clemente, con Chichizola lanzando pelotazos que no llegaban a ningún destino. Ahora podría escribir que todo es maravilloso y que nos sentimos los aficionados más felices del planeta. Y claro que me siento feliz escribiendo estas líneas, pero no me gusta lo que veo en el césped, y espero que poco a poco logremos conciliar el buen juego con la victoria, porque no siempre tendremos esa suerte del último minuto. Sí es cierto que esta victoria sirve para que sigamos creyendo en lo que hace apenas unas jornadas nos parecía imposible, y es verdad, a qué negarlo, que cuando gana la Unión Deportiva uno se siente mucho más dichoso. Seguimos en Primera y tenemos la salvación a tres puntos. Queda un mundo, pero por lo menos ya sabemos que ese mundo puede ser también el nuestro.
Casi nadie elegiría un lunes laborable para su día de gloria, y menos un lunes laborable frío y lluvioso, pero así está el fútbol y así lo están matando poco a poco, alejándolo cada vez más del mito, de la épica y de la cercanía al ídolo reconocible, y lo alejan sobre todo de la infancia, porque a esa hora un niño no puede ir a compartir el destino de su equipo. También lo alejan de la fidelidad a unos colores o a unos jugadores. Me imagino a esos niños que coleccionaron las estampas de la Unión Deportiva al comienzo de la temporada buscando los nombres conocidos en el campo, porque, de repente, cuatro meses después del primer partido, uno no conoce ni a sus propios jugadores, y así, ya digo, nos alejarán cada vez más, a los niños y a los que nos nutrimos con el eco de la infancia para seguir aguantando soporíferos partidos.
Pero llegado el momento uno es capaz de confundir los molinos con gigantes para que no se acabe la fiesta, y nos olvidamos de los horarios y de las apuestas, de las audiencias y de toda esa codicia que arrasa con lo que realmente merecía la pena. Solo queríamos ganar el partido contra el Málaga. Si no hubiéramos ganado sabíamos que se terminaba un sueño. Hace semanas éramos muchos los que dábamos por perdido ese sueño, pero ya digo que al final uno se agarra al clavo ardiendo de cualquier circunstancia para que no lo descabalguen en mitad del camino.
Ayer me decía mi amigo Francisco Santana Cruz que cuando hizo la mili en Vitoria se iba a San Mamés a ver a la Unión Deportiva, y que el estadio bilbaíno estaba lleno hasta la bandera cuando jugaba el equipo amarillo. Allí decían que solo llenaban el estadio con Real Madrid, el Barcelona, la Real Sociedad y la Unión Deportiva Las Palmas. Con nosotros no buscaban la rivalidad ni la lucha por el título de Liga: lo que les llevaba al estadio era el estilismo de nuestro fútbol, la magia de nuestra cantera, el toque sutil que hacía que el balón volara sobre el barro bilbaíno. El próximo viernes regresaremos a San Mamés sin ser ya ni una sombra de todo lo que fuimos, sin el aire de cantera de aquel fútbol que sí ha logrado conservar el Athletic; pero ahora toca salvarnos y ganar en Bilbao, aunque sea otra vez en el último minuto del partido. Ojalá nos aplaudan como entonces.




domingo, 28 de enero de 2018

Como un equipo llamado Wanda

Nos aferramos a todos los milagros si no queda más remedio que creer en los milagros para salir de la ciénaga y del fracaso. Recuerdo que el pasado 6 de enero titulé mi crónica diciendo que lo de la Unión Deportiva ya no lo arreglaban ni los Reyes Magos ni la Virgen del Pino, o sea que negaba cualquier milagro y ya solo asumía el descenso como único animal de compañía en este juego de las cábalas futbolísticas. El seis a cero contra el Girona, ese baldón que no se borrará nunca de la historia amarilla, casi me dio la razón unos días más tarde. Ya entonces todos hablábamos de un equipo moribundo, sin alma, y por supuesto condenado a las galeras que quedan lejos de los focos y de los oropeles de la Liga de las estrellas.
Recuerdo que aquel 6 de enero, la comida familiar casi se convirtió en un pequeño duelo de sobremesa asumiendo ese fracaso. Mi padre, aficionado viejo, callaba, mi hermano y yo dábamos por hecho el descenso, pero la pareja de mi hermana se aferraba a esos milagros y a esos imposibles. Yo en el fútbol escribo más como forofo que como periodista, más como poeta que como cronista, y creo que es donde más aparece el niño que fui un día siguiendo el rastro de mis ídolos en las estampas o en el césped del Insular. Escribo como un aficionado, para lo bueno y para lo malo, con todo lo bueno y malo que tiene ese punto de vista. El padre de mis sobrinas, en cambio, un aficionado de Las Palmas parecido a Sergio Maccanti por su fe y su confianza en el equipo, apelaba a su condición de economista y me hablaba de números y de estados de ánimo. No se equivocaba. Bastó una pírrica victoria ante el Valencia para que le diera razón. Pasamos de la noche al día en un solo partido. Y así es el fútbol, el bendito fútbol tan lleno de imposibles en el que el Leganés elimina al Real Madrid en cuartos de final de Copa, en el Bernabéu, y en el que nosotros ya nos planteábamos hasta llegar al Wanda y ganarle al Atleti de Simeone para seguir sumando y acercándonos a esa salvación que sigue estando al alcance con toda la segunda vuelta por delante.
Me he acordado de aquella conversación con Gilberto Brito todos estos días previos al partido, y reconozco que albergaba muchas esperanzas a medida que se acercaban las horas del comienzo del encuentro. Era la primera vez que jugábamos en el Wanda Metropolitano y Las Palmas siempre escribió páginas memorables en los estadios del Atlético de Madrid, sobre todo en el Manzanares. Recordé también aquella película con un pez encerrado dentro de una pecera y con un botín que todo el mundo buscaba infructuosamente. Me recordó a la Unión Deportiva, primero porque muchas cosas de este año se parecen a una comedia de los Monty Python, y segundo porque los peces que están en las peceras confunden a veces ese espacio con todo el océano si no han conocido otras aguas; pero si vienen de otras aguas solo sueñan con salir de ese espacio claustrofóbico y acristalado en el que se nublan todas las esperanzas. Así estábamos nosotros, encerrados en esa pecera del fracaso pero sabiendo que podemos volver a nadar en el océano interminable de los días de gloria y de aplausos.
El partido contra el Málaga es más que una final. Hemos jugado otros encuentros como ese en nuestra historia. Hay que romper definitivamente el cristal de la pecera que nos tiene dando vueltas como sonámbulos desnortados que no sabían ni hacia dónde llevar la pelota desde que empezaban los partidos. Los economistas, o los que saben de números, tienen al final una fe más cercana a la del carbonero que los que nos movemos solo por lo que vamos sintiendo en cada momento. Ellos suelen mantener la calma mejor que nosotros, y ahora mismo me agarro a esas matemáticas como un clavo ardiendo.
Lo del Wanda fue un sueño que se vino abajo desde que marcó el primer gol el Atlético de Madrid, pero nuestra Liga es otra, y el enfrentamiento contra el Málaga sí que será ese partido clave con el que seguir soñando o con el que asumir que solo nos queda ver desde la pecera cómo los otros se siguen divirtiendo lejos de donde pensábamos que íbamos a estar durante muchos años.

sábado, 20 de enero de 2018

El escudo de la afición

La afición de Las Palmas no se merecía la agonía de todos estos meses, y mucho menos el ridículo de hace una semana en Montilivi; pero a veces son los grandes golpes los que consiguen que se reaccione y que se busque lo que tenía que haberse buscado hacía mucho tiempo. Hemos sido críticos, y yo mantengo esa crítica porque, por desgracia, estaba cargada de razones, de decisiones que no entendíamos y de desatinos ciertamente increíbles, algunos rozando el esperpento; pero luego está la afición, esa afición que siente los colores y el escudo, la que ha llevado al equipo en volandas durante todo el partido contra el Valencia, la que no fallará, la que sigue creyendo en el milagro de la salvación y la que se agarra a las matemáticas como si lo hiciéramos a un clavo ardiendo, porque nos da lo mismo quemarnos si los jugadores lo dan todo el campo, porque asumiríamos incluso el descenso si vemos que esos profesionales no dan ningún balón por perdido y si los que toman decisiones se muestran coherentes y no se hacen el harakiri que se han venido haciendo todos esos meses.
La primera parte se pareció a muchas de las primeras partes que hemos vivido esta temporada, pero hubo una diferencia, y fue la suerte, las oportunidades del Valencia que en otros partidos se habían convertido en goles en contra, ese azar que también juega los encuentros, sobre todo cuando te mueves en un alambre que apenas soporta el peso de nuestras zozobras. Pero quedaba la segunda la parte, la malhadada segunda parte de casi todos los partidos, pero esta vez esos segundos cuarenta y cinco minutos no nos vinimos abajo ni perseguimos las sombras que perseguimos, como fantasmas tristes, en muchos estadios. La afición lo sabía y no dejó que se asomara esa sombra en el Gran Canaria, y esta vez, por fin, el entrenador actuó con el criterio que todos esperamos a la hora de colocar a los jugadores en el campo y de elegir a los profesionales que estén más en forma y que más puedan ayudar a ganar los partidos.
Minutos antes del encuentro, bueno, durante toda la semana, he estado recibiendo mensajes de un amigo al que habría que hacerle un monumento por su optimismo, por su capacidad para encajar golpes y por su creencia en que los aficionados juegan a veces tanto como los jugadores que saltan al césped. Hablo de Sergio Maccanti, ojalá tenga razón y su fe ciega nos lleve a sumar todos los puntos necesarios para remontar y quedarnos en Primera.
Comenzamos perdiendo en los primeros compases, pero la afición, lejos de venirse abajo, alentó al equipo y gritó y saltó hasta que los jugadores volvieron a creer en sí mismos. Y en medio de todo estaba el escudo. Lo que más temíamos era el daño que se le estaba haciendo a ese escudo, al que lucieron Tonono, Guedes, Germán o Brindisi, ese escudo no merecía el oprobio que estaba sufriendo en los últimos partidos. Podemos perder o ganar, lo que no permitiremos es que se deje ese escudo a merced de la desgana, la irresponsabilidad y la desidia. Creo que esta semana, tras haber tocado fondo, por fin lo han entendido los arrogantes, los que trasnochaban y los que se creían los dueños de la finca. Quedan muchas jornadas y la salvación sigue estando lejos, como un horizonte que se pierde en la bruma, pero si se juega como se jugó contra el Valencia a lo mejor conseguimos que se disipe toda esa neblina. De momento agradecemos el compromiso, la lucha y la entrega que hemos visto en el Gran Canaria. Nosotros seguiremos soñando. No vuelvan a dejar en mal lugar ninguno de nuestros sueños imposibles. Tampoco actúen ahora como arrogantes y soberbios para callarnos la boca a los que hemos criticado lo que tuvimos que criticar si queríamos seguir siendo creíbles y coherentes. Como comprenderán, aquí perdemos todos si desciende el equipo amarillo. Y aquí estaremos todos si vuelve el criterio y la entrega, y si esto, como el día del Betis, no es flor de un día. Espero que los jugadores jueguen los partidos lejos del Gran Canaria sin dejar de escuchar a todos esos aficionados que se dejaron el alma para que ganáramos contra el Valencia. El escudo de la Unión Deportiva es su afición. No merece bajar a Segunda. Que el eco de los últimos minutos en el Gran Canaria no se quede nunca en el olvido.