lunes, 23 de abril de 2018

El luto y el dinosaurio

Como en el texto de Monterroso, un día te levantas y el dinosaurio todavía está al acecho, no se ha movido, no ha pasado el tiempo, o ese tiempo te devuelve a un pretérito lejano que creías que ya había pasado para siempre. Hace un año, todos creíamos que el dinosaurio, aquellos días de Segunda A y Segunda B, pero Segunda al fin y al cabo, se habían marchado para siempre, que por fin estábamos entre los grandes y que íbamos a estar muchos años codeándonos con ellos, llenando el estadio, jugando con canteranos, disfrutando como se disfrutó del buen juego y de los resultados en los años sesenta o setenta; pero todo aquello se quedó en nada y, de repente, la carroza se convirtió en calabaza, y las banderas y las bufandas de los aficionados en bolsas de basura y en un negro que no se parece nada a aquel amarillo casi anaranjado con el que vestía la Unión Deportiva de cuando yo era niño y todavía creía que los malos no eran los que ganaban las batallas.

Esta batalla la ganaron los que no quisieron escuchar a los aficionados, y ahora, ya derrotados y descendidos, perdemos todos, los que todavía no entendemos por qué se han podido tomar las peores decisiones posibles en las mejores circunstancias, todo ese despropósito que nos ha llevado al fracaso y que ha supuesto una quiebra entre quienes mandan en el club y los aficionados (que son los que realmente mandan aunque alguien se crea el dueño sentado en la mendacidad del palco, pero lo más vergonzoso es que en el palco no estaba quien ha tomado las decisiones que nos han llevado a este desastre).

Todo lo que nos queda de aquí al final de la temporada es como una gota malaya que nos irá martirizando jornada tras jornada. Querríamos ilusionarnos con la próxima temporada, pero no solo ha sido el descenso de categoría lo que nos ha dejado aliquebrados: nos ha noqueado todavía más la traición a un proyecto, al juego bonito, a la cantera y, sobre todo, al aficionado. Ningún equipo del mundo puede vivir de espaldas a sus aficionados.

El partido contra el Alavés ya lo hemos jugado a espaldas de una afición que no merecía un desprecio como el que ha sufrido esta temporada. Fueron muchos años esperando, muchos desengaños, infinitas frustraciones. No se puede jugar de una manera tan vergonzante con la ilusión y el amor a unos colores de tanta gente. Mañana, como decía Scarlett O`Hara, será otro día, pero los días que vienen se escriben siempre en las decisiones que tomamos antes de acostarnos. Está el azar, pero miren al Sporting de Gijón, la fidelidad de su afición, el más que probable regreso a Primera o su despedida el pasado año de la categoría. Lo nuestro es otra historia. Aquí se ha ninguneado al aficionado sistemáticamente tomando decisiones que no entendía nadie. Y luego, como para desviar la atención, nos traen a un entrenador que jamás entenderá lo que significa la Unión Deportiva para muchos de nosotros. No solo descendemos sino que además pisotean nuestra imagen cada semana que pasa. Y la entrada de Jairo y de Nacho Gil en la segunda parte fue un insulto a nuestra historia, a nuestra cantera y a ese cemento que sabe mucho de fútbol, como decía Ángel Cappa, creo que mucho más de lo que se imagina Jémez. Un estadio casi vacío, unos aficionados gritando claramente lo que sentían y un descenso impensable hace un año. Comenzó a diluviar. Solo quedaba la lluvia. Todo lo demás ya era un páramo.

viernes, 20 de abril de 2018

Los espejos del esperpento

La Unión Deportiva Las Palmas es ahora mismo un esperpento, un reflejo en un espejo cóncavo como aquellos en los que se reflejaba Ramón María del Valle Inclán en el callejón del Gato. Nuestro reflejo es grotesco, distorsionado y desconocido si lo comparamos con la imagen que devolvían los espejos cuando Quique Setién era el entrenador amarillo. Contra el Betis ese esperpento se manifiesta aún más exagerado, sobre todo si miramos la clasificación o si vemos la manera de jugar que tiene el equipo verdiblanco y el caos futbolístico de la Unión Deportiva. Pero ni Setién ni nadie debería ser imprescindible en ninguna parte, nadie, ni siquiera Maradona o Messi. Un equipo de fútbol es una suma de inteligencias, de esfuerzos y de voluntades, un proyecto común, un fin que se busca planteando unos objetivos y diseñando una estrategia a corto o a largo plazo. Las Palmas no solo perdió a Setién, también perdió el romeo, el norte, la inteligencia, la coherencia, el respeto de los aficionados, la entrega de los jugadores, todo eso que luego hace que el proyecto triunfe o fracase más allá de los resultados.

La historia, además, ha hecho que también coincidiera el enfrentamiento contra el Betis con el partido más inolvidable para mi generación, aquella final de Copa con un equipo de canarios y de internacionales contrastados que llegaban a Las Palmas después de jugar Mundiales o de destacar en otros equipos. Si esos foráneos no aportan, si no han demostrado nada antes, prefiero siempre que sea un canterano el que defienda los colores de la Unión Deportiva, aunque esos canteranos también han de estar formados futbolística y, sobre todo, mentalmente, para saber qué supone vestir de azul y amarillo en Gran Canaria.

Quien quiere ganar, casi siempre gana. No es una perogrullada. Lo sabemos porque hace un año y medio éramos como ese Betis que nos ha ganado en el descuento. Nadie abandonaba el estadio de Gran Canaria y los jugadores seguían seleccionando los pases, combinando, creyendo en que la coherencia y el respeto al balón tendrían premio antes de que el árbitro pitara el final del partido. Estamos a trece puntos, que son catorce realmente, de la salvación. Si alguien me vuelve a vender el humo de sus fracasos y se agarra a las matemáticas le diría que se envalentonara en su casa o que le contara sus trolas a los que no han visto un partido de fútbol en su vida. Hablo de Paco Jémez, ese entrenador que está destrozando la poca imagen que le quedaba a la Unión Deportiva. Le pondría, aprovechando la efeméride, vídeos de Miguel Muñoz para ver si por fin entiende que entrena a un equipo que tiene su orgullo, su historia y una afición que no merece esos desplantes en las ruedas de prensa. Usted nunca puede decir que no lleva a un jugador de nuestro equipo porque no le da la gana. Eso es una falta de respeto, una insolencia, un ultraje a nuestra historia y a nuestro escudo, un tirar la toalla cuando ya no nos quedaban ni esas matemáticas que se quiebran con las incapacidades deportivas.

Cuando un escritor escribe una novela y ve que no camina hacia ninguna parte trata de rehacerla o la empieza de nuevo, es lo mismo que hace un carpintero cuando construye una mesa. Lo que jamás se debe hacer es seguir insistiendo en el error, en los callejones sin salida y en los fracasos consolidados. Lo peor no es descender, mucho peor es comprobar que no hay enmienda, que se echan la culpa unos a otros y que no vemos un atisbo de luz en ningún horizonte cercano.

En el espejo creo que también quedan las imágenes de todos los que se creyeron a salvo de sus ignominias y de sus malas andanzas: lo que creían que era perfecto ha ido mutando en el terreno de juego hasta dejar una imagen esperpéntica y alejada de aquella excelencia de los días en que la Unión Deportiva generaba ilusiones y trazaba un fútbol bello desde que el balón echaba a rodar en el campo. No ha llegado de repente este diluvio, se ha ido forjando poco a poco, y lo extraño es que no hubiera llegado mucho antes: los ayestaranes y los jémez no nacen por generación espontánea, casi podríamos decir que son un reflejo del espíritu de quien los elige. El noventa por ciento de los aficionados a la Unión Deportiva jamás hubiera dejado marchar a Setién ni habría fichado a esos entrenadores, pero el noventa por ciento de los aficionados ya no importa nada en la Unión Deportiva. Solo queremos que esto termine cuanto antes y que esa imagen se borre para siempre en una nueva temporada; pero mucho me temo que viendo lo que está planteando quien toma las decisiones finales de su propia “empresa” (y esa palabra es la clave que nos aleja del romanticismo del pasado) tendremos esperpento para muchos años.

lunes, 5 de marzo de 2018

Las inercias y los lunes

La euforia suele ser un estado transitorio, casi una locura, pasajera y efímera, hasta que despiertas y te encuentras un escenario distinto al de los vítores y los aplausos. Nunca se puede estar en la cima todo el tiempo: o te congelas o te asas de calor, o sencillamente te aburres. La Unión Deportiva se subió a una ola euforizante tras el empate ante el que posiblemente sea el mejor equipo del planeta, y ante el que sin duda sí es el mejor jugador del momento. Pero tras esa ola llegaron varias bajamares y pleamares, y de repente nos vimos jugando otra vez un lunes, en Galicia, y contra el Celta de Vigo. Si ganábamos salíamos del descenso, pero lo que nos preocupaba era la actitud de los jugadores, si iban a salir como el día del Barça o como el día del Leganés o del Girona. Y salieron como queremos que salgan a jugar los partidos. Nos adelantamos en el marcador y no nos encerramos atrás. Perdimos en lo físico, en un final de la segunda parte en donde no pudimos aguantar el ritmo de partido y nos vimos superados casi al final, después de que nos adelantáramos con un golazo de Erik Expósito, justo donde su bisabuelo había marcado noventa años antes; pero no estaban los argumentos para realismos mágicos y perdimos el partido, que no las opciones de salvación.
Vi el encuentro en una terraza del Parque Santa Catalina con Juancho Armas Marcelo. Juancho jugó en el Juvenil A de la Unión Deportiva, en el amateur del Real Madrid y fue campeón de España universitario con la Complutense de Madrid. Cuando nos reunimos nos gusta hablar tanto de fútbol como de literatura, y si quieren saber de la épica de Las Palmas lean su novela Cuando éramos los mejores, con el gran Correa como personaje reconocible de los años gloriosos de la Unión Deportiva. Mirábamos a los extranjeros de los cruceros atentos a lo que hacía Las Palmas y el gol de Erik casi hizo retumbar el suelo que se esconde en ese espacio emblemático de la capital que contara Orlando Hernández en su Catalina Park.
Queda un mundo, y no solo suman nuestros resultados. En estos momentos, son tan importantes nuestros guarismos como los del Levante, el Deportivo y el Málaga, y hay que reconocer que estos tres equipos nos lo están poniendo fácil. Seguimos teniendo la salvación a tiro de piedra, y ya da lo mismo que venga el Villarreal que el Real Madrid. Garantizando la seguridad defensiva, esa salvación que muchos dimos por imposible hace unas semanas aún puede conseguirse, pero otra cosa será el futuro, en Primera o en Segunda. Quien manda en Las Palmas debería mantenerse al margen de las decisiones deportivas y dejar que sean los que saben de fútbol quienes confeccionen la plantilla y planteen un proyecto de futuro. Este año, suceda lo que suceda, creo que está para aprender y no para sacar pecho si nos salvamos de la quema o para hundirnos si descendemos. Lo que más me preocupa es el proyecto, si vamos a ser un equipo de cantera o de mercenarios, si vamos a jugar al toque o al pelotazo y si, por fin, se instalará la coherencia en la casa amarilla. De momento estamos inmersos en una lucha en donde solo nos queda apretar los dientes, mantener la portería a cero y volver a sumar puntos cuanto antes. La afición tendrá mucho que ver en ese reto. El Gran Canaria debe ser una plaza inexpugnable, una cita de energías y de ánimos positivos como lo ha sido cada vez que ha llegado una cita importante en los últimos años.

jueves, 1 de marzo de 2018

La felicidad del niño con la camiseta amarilla

No pedíamos más. Pudimos haber ganado, pero ese empate vale más que un punto. Ha vuelto a unir a la afición con el equipo, y el equipo, por fin, se ha creído grande, capaz de ganarle a cualquiera. Uno es lo que se cree, eso queda claro, y esa camiseta amarilla volvió a ser épica, distinta, reconocible. Vi la cara de felicidad de un niño con la camiseta de la Unión Deportiva cuando acabó el partido. Me recordó a mí hace muchos años. A su lado iba otro niño con la camiseta de Messi. El niño del Barça iba cabizbajo, casi derrotado, y el niño de amarillo paseaba ufano cerca de él. No tenía que decirle nada. Ya sus jugadores habían hablado en el campo. Podía nombrar a Gálvez, a Aguirregaray, a Etebo o a Calleri. Quizá fueron los mejores, pero esta vez hay que hablar de todo el equipo, felicitar a todos los que jugaron. Les agradecemos esos minutos de felicidad después de tanto tiempo. Y encima, bajando en la guagua, marcó el Alavés contra el Levante. Ese gol se cantó en la 91 casi tan alto como el de Calleri. Todo salió perfecto. Ahora tenemos que recordar este partido para saber que le podemos ganar a cualquiera, que tenemos que salir sin complejos contra todos los rivales y que la salvación depende de nosotros: esa es la mejor noticia después de haber estado tanto tiempo en el pozo del desastre y de la indiferencia.
La lógica no se impone siempre, y la exactitud de las matemáticas, el uno más uno, lo inevitable, no cuenta en el fútbol. Hasta que comienza el partido te aferras a esa mínima probabilidad, y la vas alimentando muchas horas antes, visualizas ese encuentro, lo comparas con otros momentos memorables, y casi llegas a sentir la alegría de lo que sueñas aun sabiendo que es casi imposible, porque a estas alturas ya sabemos que los prolegómenos y los preliminares son a veces más placenteros que los acontecimientos, o que en los finales, ganes o pierdas, se apaga mansamente la luz del escenario. Pero ese escenario, ya sin nadie, que fue el césped del Gran Canaria, nos hizo revivir los viejos tiempos, que tendrían que ser también los venideros, los de la victoria y los de un equipo con solera y con galones de sobra para mantenerse en Primera.
Camino del estadio de Gran Canaria, los aficionados amarillos nos mirábamos como si necesitáramos de otro aliado para seguir manteniendo vivo nuestro anhelo. Todos estábamos allí porque confiábamos en el milagro, en jugarle de tú a tú al equipo de Messi para contárselo algún día a nuestros nietos. Cuando empezó el partido ya fuimos viendo nuestras posibilidades, asumiendo nuestros muchos defectos y confiando en el talento de los nuestros. Ni siquiera con el equipo y el juego que propuso Setién pudimos hacer nada contra ese equipo galáctico, talentoso y exquisito que sigue la estela de Cruyff y de Guardiola como una hoja de ruta que conduce a la gloria y a la leyenda. Y luego está Messi. Todos los demás jugadores se apagan cuando él juega, es un lujo ver a Messi tan cerca, y de alguna manera sabes que estás viendo algo casi sagrado en la historia del fútbol, uno de esos fenómenos que a lo mejor no tendrá continuidad nunca más, casi un dios de este deporte, aunque yo sea de los que se quedó prendado de Maradona para siempre, porque Diego salió directamente de las chabolas de Villa Fiorito al Olimpo de las grandes gestas, y porque era menos Dios que Messi, más humano, menos regular, pero creo que mucho más imaginativo y sorprendente. Pero comparar a Maradona y Messi es como comparar a Mozart con Beethoven, un trabajo baldío y sin sentido. Ayer, el equipo de Messi, y el propio Messi, no pudieron con la Unión Deportiva Las Palmas, y eso es lo que nos deja ese halo de alegría de las noches memorables. Pero nuestra competición sigue teniendo cuatro equipos y hay que intentar salvarnos siendo el primero de esa popa alejada de los fastos de las estrellas. Balaídos es el próximo destino. Salgamos a ganar. Sumemos tres puntos para vernos un poco más cerca de la orilla y para que el foco no nos deje lejos de donde se citan las leyendas.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Los imposibles y los días de gloria

Si el fútbol no fuera un deporte de imposibles no hubiera enganchado a nadie en estos dos siglos. Yo vi perder varias veces al Barcelona en el Insular, con Cruyff, con Neeskens, con Schuster, y hasta vi cómo derrotábamos al Barça de Maradona (aunque luego perdiéramos la semifinal de Copa en los penaltis) en un encuentro que hubiéramos ganado por goleada si Masciarelli hubiera estado más acertado todas las veces que se quedó solo delante de Urruticoechea. Aquel día Félix Marrero, con el apoyo de Benito, frenó al astro argentino cuando estaba en su mejor momento. Ya sé que ha llovido mucho desde entonces y que hemos pasado de dos o tres extranjeros a distancias siderales en el presupuesto y en las plantillas. Así y todo siguen jugando once contra once y el estado de ánimo, la motivación o el saltar al campo pensando que eres el mejor del mundo puede llamar al milagro y a esos imposibles de los que hablaba al principio. En una situación casi tan desesperada como la que vivimos ahora le dimos la vuelta al marcador y le marcamos tres goles al Madrid de la Quinta del Buitre en diez minutos. Ya sé que no se vive del pasado, pero ese pasado existe para que recordemos el simbolismo de nuestra camiseta, lo que representa ese escudo y lo que genera en muchos aficionados de todas las edades sembrados por todo el planeta.

Estos días me acusan de ser crítico con Las Palmas en mis comentarios. Ojalá pudiera escribir algo distinto y no ver cómo salimos a empatar, con esa camiseta de la que hablo, contra el Leganés, y encima terminando sin ningún jugador canario en el terreno de juego, cuando nos estamos jugando la vida y el descenso. Se equivoca quien cree que los que criticamos lo que se hace mal somos unos desleales seguidores de la Unión Deportiva. También se equivocan los que creen que estamos deseando que pierda. No querré nunca que pierda Las Palmas ni en los amistosos de cualquier torneo de verano y aguachirle. Si le ganáramos al Barça podríamos salir del descenso, y sí, ya sé que hoy por hoy ese equipo es casi inalcanzable, sobre todo si Messi decide jugar a la pelota como sabe. Pero hasta que comience el partido tenemos que recordar las viejas gestas, y yo invitaría a los responsables de la Unión Deportiva a que le pusieran a los jugadores, justo antes de saltar al campo, los vídeos que existen de aquellas noches memorables. También entonces el Barça era un equipo de otra galaxia y nosotros estábamos lejos de sus oropeles, sus figuras y su presupuesto. He visto de todo en el fútbol, y me gustaría ver cómo la Unión Deportiva le gana al Barça de Messi, Piqué, Busquets y Luis Suárez. No es imposible, y si lo es, el fútbol, mientras sea fútbol, siempre deja una rendija por la que colarnos en la gloria de los días inolvidables.

lunes, 19 de febrero de 2018

La lógica del mercenario

Sandro Ramírez ni siquiera llegó a jugar en la Unión Deportiva, ni David Silva. Se los llevan desde niños, desde que marcan tres o cuatro goles en un partido de infantiles. Roque Mesa volvió al Gran Canaria, pero con la camiseta del Sevilla y después de estar unos meses en el Swansea, Vitolo jugaba el pasado año por estas fechas en el Sevilla, jugó luego en la Unión Deportiva y ahora lleva la camiseta rojiblanca del Atlético de Madrid. Y Viera, cómo no iba pasar lo que ha pasado con Viera, se va a China como hace unos años se fue a Valencia, a Vallecas o a Lieja. Este es el fútbol del siglo veintiuno, una gran casa de apuestas en la que solo ganan los que especulan.

El Sevilla es un ejemplo de adaptación a ese nuevo escenario futbolístico
El Sevilla es un ejemplo de adaptación a ese nuevo escenario futbolístico. Ha ganado varios títulos en los últimos años, pero sabe que cada éxito es una desaparición de media plantilla. No se queja. Hace caja y ficha nuevamente con criterio, con un cierto riesgo y con una planificación deportiva. Ahí está la diferencia con la Unión Deportiva. Nosotros vendemos a grandes jugadores y luego traemos mediocridades que no rinden y que se llevan ese dinero que, como mal menor, podían destinar a la cantera. Hace muchos años, antes de que existiera el equipo amarillo, los jugadores del Victoria o del Marino se iban como Viera. Entonces solían recalar en Madrid, tan lejos en aquel tiempo como ahora China. Siempre ha sido así, al igual que Las Palmas se lleva a los jugadores del Guía o del Santa Brígida sin que estos equipos puedan hacer nada por retenerlos.

Escribo todo esto porque el partido contra el Sevilla, en lugar de ser otra final, era el de la nueva despedida de Jonathan Viera, nuestro último refugio, el gran jugador, por el que valía la pena estar noventa minutos viendo un encuentro, el virguero, el creativo, el distinto, aunque contra el Sevilla fuera la sombra de sí mismo, acelerado y con la cabeza más cerca de Beijing que de Arucas. Nunca estuvimos del todo en el abismo porque estaba Jonathan Viera. Ahora solo nos queda el músculo y la fuerza, y ese es un mal consuelo con tantos meses por delante y con una plantilla, según definió nuestro entrenador, de mercenarios.

No generamos oportunidades, no jugamos a nada y además renegamos de todo lo que nos había hecho grandes, de nuestra forma de entender el fútbol, del toque, del arte y de la pausa. Sin Viera, mucho me temo que no habrá ningún titular canario en la Unión Deportiva en los próximos partidos, y esa sí es para mí la peor de las noticias, venirnos abajo y además renunciar a todo lo que fuimos. Marcamos de penalti en el minuto ochenta y uno de partido y nos anularon un gol válido en el último segundo que nos hubiera dado un punto. Hasta los árbitros se equivocan en contra de la Unión Deportiva. Todo lo demás es como un carnaval grotesco, un equipo disfrazado de amarillo que no tiene casi nada nuestro. Lo dijo Jémez, y si vas al RAE la primera acepción de mercenario que te encuentras es la siguiente: dicho de un soldado o de una tropa: Que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero. En eso estamos. Con eso contamos. Y no era eso lo que queríamos los aficionados, asistir a nuestra caída con jugadores de fuera. Vicente Gómez está viendo los partidos desde la grada. Ni siquiera tiene hueco en el banquillo. Prefieren a Nacho Gil y a Jairo.

viernes, 9 de febrero de 2018

Iribar, Aguirregaray y las matemáticas

Me imagino al abuelo de Aguirregaray hablándole de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Y luego casi logro ver a su padre describiéndole la sobriedad de Iribar, los regates de Chechu Rojo o las faltas que tiraba Dani a la escuadra. Está claro que los ancestros de Aguirregaray no son de Huelva ni de La Gomera, y por eso intuyo que al verse jugando en el nuevo San Mamés volvería sobre la marcha a su infancia uruguaya y al eco de las palabras de esos antepasados vascos y futboleros. Y digo esto porque para mí el jugador más vasco de los que jugaron en Bilbao fue el lateral uruguayo. En los primeros siete minutos cortó un balón en su área anticipándose al delantero que se quedaba solo y se inventó un regate como los que me imagino que le contarían sus antepasados cuando hablaban de Panizo o de Manu Sarabia. Ya nos sorprendió en el partido contra el Málaga, pero en San Mamés ratificó esa impresión inicial. Y al igual que él, todo el equipo se mantuvo firme y seguro durante casi todo el encuentro.
Menos mal que los jugadores de Las Palmas que saltaron al campo nunca vieron jugar a Iribar. Es verdad que Germán le logró marcar goles inolvidables o que Mamé León lo regateó en el antiguo San Mamés en una victoria épica, pero les aseguro que para los niños de mi generación ver a Iribar vestido de negro en el Estadio Insular impresionaba y casi nos hacía creer que sería imposible encontrar un hueco por donde marcar un gol ante un hombre tan alto y tan bien colocado bajo los palos. Kepa, el actual portero del Athletic, no le va a la zaga, pero los mitos ya no son los mismos, y en la tele todos los jugadores se vuelven pequeños. Por eso los jugadores amarillos no se impresionaron cuando vieron al Chopo entregándole un trofeo a Adúriz al principio del partido. Jugaron sin complejos, sin desmoronarse en la segunda parte, teniendo opciones todo el tiempo y siendo competitivos, que no es poco después de muchos partidos viendo al conjunto amarillo como un alma en pena por el césped de los estadios que visitaba. Sumamos un punto, que no es mucho, pero que ahora mismo puede ser un potosí si seguimos ganando los partidos de casa.
La vida es un argumento que cambia en un parpadeo. El fútbol no voy a decir que sea un reflejo de la vida, pero sí diría que es un espejo en el que se termina reflejando la sociedad que tenemos en cada momento. Vivimos días trepidantes, consumistas, desmemoriados, exaltados y, sobre todo, caóticos. Pues es eso es también el fútbol, caótico y desmemoriado, un mercadeo de intereses cada día más vergonzante en donde un día te dicen que tu equipo se nutre de canteranos y al siguiente te encuentras que esos canteranos son casi todos uruguayos, nigerianos o argentinos. Y te acostumbras a ese destino proteico o tiras la toalla. Sabina cantaba que no hay más ley que la fiebre del oro en las minas del rey Salomón. Y eso es lo que también sucede en el fútbol; pero nosotros, los que vimos jugar a Germán y a Iribar, no podemos dejar de seguir a la Unión Deportiva por más que llueva, se arruine, descienda o traicione sus principios. También aprendemos que en el fútbol las matemáticas nunca son exactas. Ahora hay que ganarle al Sevilla el próximo sábado. Ya no somos aquel equipo de alfeñiques que se desmoronaba con el primer ventanero en contra.