sábado, 24 de septiembre de 2016

Los días del circo

Uno mira el fútbol muchas veces como si pudiera mover el balón o regatear desde la grada o el sillón de casa. Todo parece fácil. No hace frío ni calor, no duelen los balonazos en la cara y nunca nos cansamos. Pero son otros los que están en el campo. Y esos otros son los que soñamos siempre que jueguen como cada uno de nosotros. Durante años mis intenciones soñadoras se venían abajo con el primer despeje a tierra de nadie o cuando mi equipo se encerraba atrás antes de que pitara el árbitro. Yo soy de los que aprendió a soñar viendo la realidad delante. Me explico: cuando era niño, lo que hacían Germán o Brindisi superaba todo lo que yo pudiera pergeñar en mi magín de infancia.
El otro día, antes de la debacle de Anoeta, me decía un buen amigo que tenía que pellizcarse para creer lo que veía en la clasificación. Le pasaba como en esas pesadillas en las que de repente nos falta una asignatura para terminar el bachillerato o la carrera. Temía que todo fuera irreal; pero no, era tan cierto como que hoy jugábamos con el Real Madrid sin tener que mirar hacia ninguna altura inalcanzable para verlo cerca.
Y vaya si jugamos, como hacía años que no veía a Las Palmas, con Tana extendiendo en el césped el mapa genético del fútbol canario y con Viera inventando como solo lo saben hacer los grandes genios. Tocamos la pelota desde el minuto uno al noventa, pero hubo veinte minutos, los últimos veinte de la primera parte, en que casi le pregunto a mi compañero de asiento si era real lo que estaba viendo.
El otro día llegaba con mi hija a mi pueblo de infancia. Caminábamos entre edificios y yo le dije que cuando era pequeño ese lugar era un gran solar en el que una vez se había instalado un circo con elefantes, leones y monos que estiraban las manos entre los barrotes de las jaulas. Es verdad que hasta yo mismo me planteo a veces si aquello no es más que una ilusión de mis recuerdos. Algo parecido me pasó ayer cuando vi que Las Palmas le jugaba de tú a tú al actual campeón de Europa. Vivamos estos momentos con la ilusión que merecen. Hoy hemos habitado el mejor de los sueños futbolísticos durante noventa minutos. Que siga la fiesta. Que no se acabe la música y que este circo no deje nunca de ilusionarnos y de subirnos al séptimo cielo. Hoy es uno de esos días que se recordará para siempre. Nos lo contaremos dentro de unos años y nos parecerá mentira. Da lo mismo que no ganáramos en el terreno de juego. Hay partidos que luego se ganan en el recuerdo, en la estela de emociones que se fueron grabando casi sin que nos diéramos cuenta. Pudimos haber ganado, pero este empate consigue que nadie apague los focos de nuestros mejores sueños.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Detalles y vestigios

Quique Setién es un hombre moderado, tranquilo, de movimientos ajedrecísticos más que de golpes en el pecho como aquellos que daba Carlos Aimar cuando los jugadores saltaban al campo. Mira los partidos y parece que observa un tablero de ajedrez. Pero es cierto que en ese sentido casi matemático del juego es más Bobby Fischer que Spaski, más Kasparov que Karpov. Dentro del tablero es un osado que sigue ese manido lema que defiende el ataque como la mejor de las defensas.
El fútbol también enseña que no vale la pena lamentar lo perdido. Cada partido es un mundo nuevo, y cada semana un principio que deja atrás las euforias y las decepciones, las grandes gestas y los fracasos que parecían inasumibles. Olvidan los jugadores y olvidan los aficionados. Todos saben, por experiencias repetidas, que no hay pena que dure cien partidos, ni gesta que no se lleve el viento del olvido. Recibíamos al Málaga. No me gustaba nada ese encuentro. Hubiera preferido jugar contra uno de los grandes después del robo en Sevilla, uno de esos equipos que logran avivar el ambiente y que consiguen que los jugadores salten al campo como si les fuera la vida en cada balón dividido. El Málaga es un conjunto bien armado que no hace ruido, pero que estoy seguro de que estará al final de la temporada de media tabla para arriba. Nosotros salimos a jugar a lo que sabemos, aun asumiendo que los rivales ya empiezan a conocer nuestros automatismos. Sin embargo esta temporada nuestra manera de jugar maneja muchas más variables y somos más verticales y efectivos, más guerreros en la presión y más certeros cuando toca salir al contraataque en tres o cuatro pases. Los rivales pueden conocer nuestras consignas tácticas esenciales, pero luego se ven sorprendidos por la calidad de quienes se mueven dentro del terreno de juego vestidos de amarillo. Esta es tierra de poetas y de futbolistas virgueros que no dudan en regatear a su propia sombra si de esa manera embellecen aún más la jugada de su vida.
Contra el Málaga, sobre todo en la segunda parte, vimos que este equipo es capaz de resistir y de defender ordenadamente. Todo ataque, como también saben los buenos ajedrecistas, comienza por una buena defensa de tus posiciones. Si no hubiera mediado el robo de Sevilla ahora estaríamos en lo más alto de la clasificación; pero la vida nos enseña que a veces hay que dar muchas vueltas para llegar a un destino. Recuerdo que tras el gol de Casemiro el pasado año contra el Real Madrid, en lugar de hundirnos levantamos el vuelo y ya no nos detuvo nadie hasta que terminó la temporada. La próxima semana, pase lo que pase en Anoeta, vendrá el actual campeón de Europa y nosotros estaremos rondando esa zona a la que solo llegan los equipos de campanilla. Si esa historia nos la cuentan hace un año, pongamos que tras aquella derrota en los últimos segundos contra el Real Madrid, la hubiéramos considerado casi un imposible. Estos jugadores reflejan en su sombra la silueta de grandeza de todos los que un día hicieron grande a la Unión Deportiva. Volvemos a ser grandes nuevamente. No es un sueño. Miren la clasificación ahora mismo. Estamos casi en lo más alto. Ya, ya sé que parece mentira. Qué les voy a contar que ustedes no sepan. Ustedes también atravesaron desiertos que parecían interminables. Disfruten y sigan soñando fuerte. Esos jugadores merecen que creamos en todas las utopías.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Trazos fuertes y atracos

Cuando se escribe a mano, las letras se dibujan diferentes en cada trazo. A veces salen torcidas y otras veces nos parecemos a aquellos copistas medievales que se recreaban en los detalles como si cada letra fuera una gran obra de arte. La llegada de los ordenadores hace que pocas veces se diferencien unas letras de otras. Todo parece clónico y trazado de manera idéntica. En el fútbol sucede algo parecido. Sin darnos cuenta, fuimos dejando que los pases, los regates y las jugadas se trazaran de forma casi uniforme y monótona, primando lo físico, apartando el talento y dejando, por tanto, que el que más tiene sea el que gane siempre. Todo eso se acaba cuando aparece algún romántico y apuesta por un fútbol que parece escrito a mano, distinto, sorprendente, con la vitola y el sello de cada jugador, y con un estilo que deje absoluta libertad al jugador creativo y virguero. Todo eso sucedió en la primera parte en Sevilla. Después resistimos como jabatos, con orgullo, con casta, como resisten los equipos pequeños el embate de los grandes. Pero como tantas veces en la Liga española y en la historia de la Unión Deportiva llegó un árbitro a bajarnos del séptimo cielo en el que habitábamos hacía dos semanas.
Hoy partíamos con las bajas de nuestro futbolista de referencia, Jonathan Viera, y del fichaje estrella, Kevin Price Boateng. En otras circunstancias casi hubiéramos dado el partido por perdido de antemano; pero la Unión Deportiva es ahora mismo un verso suelto en medio de ese fútbol mecanizado del siglo XXI. Cuenta con un entrenador que sabe lo que quiere y que elige a quienes juegan no en función del caché o del físico sino mirando primero su capacidad creativa y su compromiso con los colores que defiende. Y luego está Roque Mesa. Inconmensurable. Un metrónomo, un futbolista que desde la llegada de Setién y Sarabia juega como esos jugadores tocados por la magia de los dioses del fútbol. Destaco a Roque, pero habría que resaltar a todo el equipo. Me siento orgulloso de cada uno de ellos. En el fútbol la letra es una especie de estela que dejan los pases inolvidables o los goles que recordamos eternamente, lo que se traza distinto sobre un terreno de juego, los desmarques, los cambios de sentido y los regates inesperados de quienes saben que ganar no es el único verbo importante. Y todo ello lo vimos en la primera parte del partido contra el Sevilla, con ese golazo de Tana que perdurará en nuestra memoria.
Pero ya digo que una cosa son los sueños y otra los árbitros: penalti inexistente en el minuto 88 cuando ganábamos 0-1. Nos expulsan a un jugador en la misma jugada. Empata el Sevilla tras ese penalti. Luego córner fuera de tiempo y con ese jugador menos de la UD los sevillistas rematan en la última jugada del partido. Orgulloso de la Unión Deportiva, pero con el mal cuerpo de la injusticia. Hoy seremos muchos los aficionados amarillos que nos acostamos con ese resquemor de lo injusto en las entrañas. Me imagino a los chiquillos que estaban viendo el partido pendientes de las camisetas amarillas. Cuando yo era niño no entendí nunca por qué los árbitros castigaban siempre a los más débiles. Vale, pueden decir que fue un error humano, pero también hay dos jueces de línea y un cuarto árbitro. Es imposible que ninguno de ellos viera el piscinazo vergonzante de Vitolo. En Inglaterra el Leicester pudo ser campeón porque los árbitros no miran escudos ni presupuestos. Aquí no creo que nos dejen ni jugar la Europa League.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Felipe, aquel ídolo de los otros días de gloria

No podía llegar en mejor momento el homenaje. Hace años, los más jóvenes no entendían que habláramos todo el rato de los tiempos en los que ganábamos a los grandes, jugábamos competiciones europeas y llegamos a una final de la Copa del Rey. Siempre digo que me hubiera gustado haber vivido el mejor momento de la Unión Deportiva, el de los canteranos que estuvieron a punto de ganar la Liga, el de Germán, Tonono, Castellano, Guedes, León y compañía. No lo viví aunque sí lo conozco como si lo hubiera vivido. Tenía dos años en esos momentos, pero luego mi abuelo y mi padre me contaron una y mil veces con todo lujo de detalles aquellos pases al hueco de Germán para que corrieran León o Gilberto II o me hablaban de la jerarquía de Juan Guedes empujando al equipo e imponiendo el ritmo pausado hasta que veía un hueco y de repente aceleraba como hacía Classius cuando dejaba de bailar como una mariposa para picar igual que una avispa. Vi jugar a casi todos menos a Juan Guedes.
Después llegaron años de transición y de estar al borde del descenso hasta que aparece Miguel Muñoz y, como Molowny en los sesenta, vuelve a cambiar la historia. Creo que ahora Setién está a punto de sumarse a esos dos nombres en la historia de la Unión Deportiva. Muñoz tenía un equipazo con jugadores como Carnevali, Brindisi, Morete, Juani y compañía, pero tomó un par de decisiones que cambiaron el destino de dos jugadores que luego llegaron a ser internacionales varias veces: puso de lateral a un extremo como Gerardo Miranda y de líbero, ahí es nada, a un delantero como Felipe. Acertó en los dos casos. Gerardo se fue pronto al Barcelona, pero Felipe se acabó convirtiendo en uno de los grandes jugadores de la Unión Deportiva. No fue internacional más veces por aquella especie de fobia que tenía Kubala a los jugadores de Las Palmas y porque coincidió en el tiempo con José Ramón Alexanco, pero recuerdo el Don Balón de aquellos años y el equipo ideal de cada semana: Felipe aparecía casi siempre en el puesto de líbero: su experiencia como delantero le hacía colocarse en el lugar preciso, aunque lo que más recuerdo era cuando salía desde atrás jugando el balón, siempre con la cabeza levantada, regateando o haciendo paredes con Brindisi, con Noly, con Jorge o con Félix. El balón se lo pasaba Guillermo Hernández o Roque Díaz, o sacaba en corto Carnevali, y Felipe lo llevaba hasta el otro campo poniendo en pie al Insular varias veces cada partido.
Siempre digo que yo tenía dos ídolos de niño. Germán, Guedes y Tonono eran mitos, y los mitos están en un escalón superior, casi intocable; pero de los jugadores que veía jugar cada semana con diez u once años siempre elegía a Felipe y a Brindisi. El jugador de La Orotava se merece como pocos el homenaje que le brindará la Unión Deportiva en los próximos días. Y lo que uno agradece al destino es que un jugador como Felipe, un profesional discreto que al retirarse volvió a su pueblo como quien regresa con una misión cumplida, vea llegar a ese pueblo al equipo líder de la Liga más importante del mundo. Se merecía un reconocimiento como ese el eterno líbero, aquel jugador con el flequillo cubriéndole la frente que cortaba certero los avances del contrario y que salía al ataque levantando la cabeza y poniendo en pie al Estadio Insular en unos días de gloria parecidos a los que ahora vivimos.


domingo, 28 de agosto de 2016

Regresos, alegrías y bufandas

De nuevo fuimos al ropero a coger la bufanda los que vamos con bufanda al estadio y las camisetas amarillas los que tiñen de ese color las gradas del Gran Canaria. El comienzo de la Liga, de cualquier Liga, siempre es un aventura que aguardamos desde muchas semanas antes, una evidencia después de dos meses con anuncios de fichajes, partidos de pretemporada y cualquiera de esos grandes campeonatos que vemos en la tele con una pasión distinta a la pasión que encontramos desde la cercanía de las gradas. Ayer, además, ese comienzo lo vivíamos con el comodín de los tres puntos ganados en un estadio tan difícil como Mestalla. Había sonrisas, mucha ilusión y esa sensación, casi siempre contenida, de que este año sí que va a ser nuestro gran año. Lo son todos, pero debemos reconocer que este es distinto, como aquellos años de Germán y Guedes, como los de Brindisi y Morete, se notaba en el ambiente, en las miradas luminosas de los aficionados y en esos niños que ya no le piden a los Reyes el equipaje del Real Madrid o del Barça sino el de la Unión Deportiva Las Palmas.
Hasta hace unos años, los partidos con el Granada se jugaban en Segunda B. Esas son las vueltas de la vida, lo que uno aprende con el paso del tiempo, lo que sabes que al final acabará sucediendo más tarde o más temprano. Porque también muchos años antes, en los setenta, estaban los dos en Primera y se hacían notar, aquel Granada de José Luis, Izcoa, Castellanos o Parits. En Granada fue también donde se hizo realmente grande Vicente González, futbolista de Agaete que venía de jugar en el Barcelona y que acabó recalando en México, toda una referencia futbolística para los grancanarios que lo vieron jugar en los años sesenta y setenta.
Uno agradece la presencia de entrenadores que no se conforman solo con el resultado, sobre todo cuando los equipos no están separados por muchos millones de euros en los presupuestos. Esa igualdad genera casi siempre un gran espectáculo, pero me gusta además que mi equipo no renuncie a esa condición casi innegociable de la belleza y el divertimento ni siquiera cuando se enfrenta a esos equipos de campanillas a los que a veces los millones no les valen para dar con el buen juego. De Setién me gusta su apuesta por un estilo en el que, buscando esa belleza y ese arabesco, no descuida la presión ni la defensa. Lo ha demostrado durante años el Barcelona, como lo demostró antes la selección holandesa de los setenta o el Milán de Arrigo Sachi: jugar de fábula al fútbol no implica un suicidio previo; todo lo contrario: los grandes equipos que han marcado una época, sobre todo en el fútbol moderno, han sabido apuntalar primero su estrategia defensiva. Lo primero es tener el balón y ya luego viene todo lo demás, esa sensación de que parece fácil jugar al fútbol, de que casi no requiere ningún esfuerzo. Eso es lo que consiguen Setién y Sarabia en la Unión Deportiva.
El Granada parecía un equipo endeble, pero nos dio un buen susto al final de la primera parte con el empate. Otras temporadas, ese gol psicológico, como el primero en Valencia el pasado lunes, nos hubiera hundido. Algo que destaco de la Unión Deportiva este año es su personalidad y su entereza al margen del resultado: creen en lo que hacen y se nota, además, que el equipo es una piña: bastó con ver cómo salió Livaja del campo entre abrazos de compañeros y gestos de complicidad de todo el equipo. Ganamos cinco a uno; pero no me quedo con el resultado sino con la cantidad de ocasiones que generamos. Tocamos con criterio, movemos de banda a banda, iniciamos de nuevo cuando no hay espacios y terminamos llegando al área pequeña muchas veces. Ya dije hace unas semanas que este año tocaba soñar fuerte. Vienen buenos tiempos. Se nota que esto no es casual ni flor de un día.
Tenemos talento de sobra, pero esa no es una noticia solo de este año. En esta ocasión creo que se junta el talento con el trabajo y la eficacia de la inteligencia. Esa confluencia nos puede dar muchas alegrías. De momento, ya me voy preparando para seguir soñando en Sevilla frente a Sampaoli, Vitolo y compañía. Más madera. Sin complejos y contra otro equipo que busca todo el rato el marco contrario. Dos insistencias similares en un mismo terreno de juego, una con más garra y la otra con más técnica, pero con un mismo camino innegociable desde que empieza el encuentro. Disfrutemos de esta alegría y de estos días memorables.

Nota: Tras finalizar el partido entre el Athletic de Bilbao y el Barcelona la Unión Deportiva Las Palmas es líder de Primera División por delante del Real Madrid y del referido Barcelona. Creo que no estábamos en esa posición desde la temporada 1978-1979, en los años de Carnevali, Roque, Felipe, Jorge, Brindisi, Félix, Noly, Morete, Maciel y compañía, los últimos años de gloria después de aquellos inolvidables de Tonono, Guedes y Germán. Muchas décadas viendo la gloria desde muy lejos. Da lo mismo lo que dure. Estos días serán inolvidables.


lunes, 22 de agosto de 2016

Los ojos del murciélago

No es cierto que los murciélagos sean ciegos. Tienen ojos y ven como la mayoría de nosotros. Pero no podrían volar en la oscuridad solo con los ojos. También cuentan con la orientación de su propio eco y con una especie de brújula que les indica hacia dónde deben dirigir sus vuelos para no estrellarse contra un muro o contra esas torres que rodean a velocidad de vértigo. En el escudo del Valencia reina el murciélago, pero esta noche esa brújula interna y ese eco que ayuda a elegir los caminos fueron amarillos. Yo creo que a estas alturas los jugadores de la Unión Deportiva están tan unidos al balón que ya saben hacia dónde se dirige desde que lo golpea un compañero. Como si escucharan su eco. Como si todo lo demás quedara lejos del terreno de juego. Este año, además, sí hemos podido empezar la temporada con los automatismos que tanto nos costó conseguir la pasada campaña. Setién y Sarabia han tenido toda la pretemporada para trabajar el sistema, los movimientos y las estrategias que ya dejaron medio avanzadas el pasado año en los jugadores que repiten. Pero sobre todo han tenido tiempo para transmitir a los jugadores que pueden ser los mejores si ellos quieren. Bastaba con ver el empuje de Viera, la precisión de Roque Mesa, la efectividad de Livaja o la confianza recuperada de ese jugadorazo que es Kevin Prince Boateng para entender lo que puede hacer la Unión Deportiva esta temporada.
También nos harían falta esos ojos de murciélago para ver un partido un lunes a las nueve de la noche (aunque peor lo tienen los aficionados peninsulares). En esos días y con esos horarios solo los equipos que juegan a divertirse y a divertirnos nos mantienen despiertos. Las Palmas es uno de esos equipos, lo demostró desde la primera jugada del partido y lo mantuvo hasta que el árbitro pitó el final del encuentro. Nunca se da un balón por perdido, se presiona con inteligencia y no se regala ese preciado botín con pelotazos o con despejes al otro campo una vez se recupera. Desde que el balón transita entre sombras amarillas se le mima y se le trata con esa delicadeza con la que se debe tratar lo que realmente amamos más allá de las palabras. Se dice siempre que se da lo que se recibe, en el amor, en la amistad y creo que también en el fútbol. Los equipos que juegan a hacer bello todo lo que intentan terminan teniendo esa suerte que los ilusos llaman de los campeones y que no es más que el premio de quienes son fieles a un estilo y a una manera de entender el juego más allá de la especulación o de lo meramente pragmático. Siempre decimos que la Liga es larga, pero esa amplitud de horizontes hay que trazarla teniendo en cuenta al mismo tiempo el carpe diem de lo que nunca regresa: jugar cada balón como si fuera el último minuto, buscar en cada ocasión lo bello y lo sorprendente, y no pensar en el minuto siguiente si se puede honrar a ese dios del fútbol que regala ocasiones a los más valientes y a los que aspiran a la gloria cada segundo y con cada remate que intentan.
Quienes llegan tarde el primer día de clase tienen la posibilidad de atisbar mejor que los otros los roles y los papeles que jugarán muchos de sus compañeros. Ya Las Palmas saltó al campo intuyendo quiénes serán los más aplicados, los más temerosos, los que asumirán riesgos y los que ganarán casi siempre. El Valencia hace años que es un gran equipo con gestores empeñados en destrozar su propio juguete. No quisiera que Las Palmas entrara nunca en esa dinámica del dinero sin ton ni son y de los representantes que juegan a intercambiar estampas como quien vende acciones en la bolsa o naranjas en el mercado de un pueblo. Por suerte Las Palmas tiene un proyecto y, sobre todo, cuenta con un estilo que nos enorgullece y nos hace robarles horas al sueño cuando juega a la hora de los murciélagos. Nosotros miramos y ellos juegan, pero cuando ellos juegan como nosotros llevábamos soñando desde hacía décadas entonces sí que acontece ese milagro que nos despabila y nos emociona a las once de la noche o las diez de la mañana. Y podíamos haber perdido o haber empatado. Pero no, ya dije al principio que la victoria es casi siempre para quien no traiciona ni uno solo de sus pasos.


viernes, 19 de agosto de 2016

Soñar fuerte

Los que tienen miedo a soñar casi siempre se quedan en la orilla. Los otros, los que anhelan nuevos paisajes, no llegan siempre, y a veces incluso esa llegada no era la meta. Pero lo intentan. Y los intentos no se conciben sin una voluntad decidida y un ánimo a prueba de cualquier desfallecimiento. Casi siempre es el camino, ese partido a partido que nombran los entrenadores, lo que da sentido al fútbol y a la vida, aquel poema de Kavafis en el que el destino de Ulises no era llegar a Ítaca sino el propio viaje, la aventura de cada semana y cada día. El fútbol es un viaje que comienza temporada a temporada, semana a semana, y ahora estamos en ese momento en el que todos los barcos sueñan con llegar al mismo puerto de la gloria en el solsticio de junio, antes de que quememos esas mismas naves en la hoguera del olvido para empezar de nuevo la temporada siguiente.
El otro día le escuchaba decir a Antonio Banderas que en la vida no basta solo con soñar si se quieren alcanzar grandes gestas. También ha de soñarse fuerte lo que uno desea, sin miedo, sin límites y, sobre todo, sin complejos que pongan freno a toda esa energía que aportan los sueños cuando uno se los cree y va en busca de ellos con todas las consecuencias. Hace un año, por estas fechas, si un aficionado del Leicester City hubiera escrito que su equipo iba a ganar la Liga inglesa habría recibido toda clase de burlas o habría sido tildado de fanático o de loco cegado por el color de la camiseta del equipo de su infancia. Alguien tuvo que soñar fuerte para alcanzar ese logro que ahora todos califican como uno de los mayores milagros de la historia del fútbol. Ese campeón de la Liga inglesa había estado a punto de descender el pasado año y no había nada a priori que hiciera presagiar ese éxito que vuelve a demostrarnos que en el fútbol no hay lógica que no se venga abajo si se juntan el deseo, la voluntad, la clase y la entrega hasta el último segundo de cada partido. Es un juego, y como tal juego no debemos ponerle más límites que los de nuestros propios deseos. Vale, ahora me pueden tildar de loco fanático de la Unión Deportiva Las Palmas si yo escribo que podemos ganar la Liga o la Copa este año, o clasificarnos para la Champions. Me da lo mismo lo que piensen. Me niego a no soñar todo lo fuerte que pueda antes de la primera jornada. Ya habrá tiempo para que llegue el tío Paco con sus pragmatismos y sus rebajas. Como aficionado tengo todo el derecho del mundo a plantear esos objetivos grandiosos que uno sueña desde niño. También soñaba con ver alguna vez a España campeona del Mundo y ahora mismo puedo pellizcarme cada vez que Iniesta bate a Stekelenburg y enseña el nombre de Jarque en su camiseta.
Este año, además, no me preocupaban los fichajes del equipo. Miento, solo me preocupaba un fichaje, que realmente que eran dos: Quique Setién-Eder Sarabia. Quería que garantizaran el estilo, lo que logramos en muchos partidos de la temporada pasada, esa intención irrenunciable de jugar con el balón y de hacer bello lo efectivo. Sabía que luego los nombres irían apareciendo procedentes de la cantera o de otros equipos. Me bastaba con saber lo que había sucedido el pasado año con jugadores como Tana, Roque o Vicente Gómez. Por una vez, mi equipo no iba depender de los nombres sino de una filosofía reconocible que buscábamos desde hacía décadas los que seguíamos creyendo en la esencia de un fútbol que llevaron a su máximo esplendor un grupo de canteranos en los años sesenta, con Germán, Tonono y Guedes a la cabeza. Esa es la única coherencia que yo pido siempre a los amarillos. Apenas los vi jugar, pero de ahí viene todo, o ahí confluyó todo, la técnica de Padrón el Sueco, de Alfonso Silva y de Mujica y la que vendría luego de la mano de Alexis Trujillo, Valerón, Orlando o Toni Robaina. Quique Setién era el entrenador que estábamos esperando desde hacía mucho tiempo, el fichaje deseado, ese estilo que queremos que se extienda a toda la cantera para que el jugador canario vuelva a reconocerse en el espejo de su propia mirada futbolística. No dejemos que un par de malos partidos o ese azar de los resultados desarbolen esta nave que está a punto de partir soñando fuerte, creyéndose lo que no se ha creído desde hace décadas, como mismo lo creemos los aficionados aunque muchos no se atrevan a decirlo. Defendamos el estilo como decía Benedetti que había que defender a la alegría, como una bandera, como un destino.