domingo, 17 de septiembre de 2017

Los que cambian los destinos

Un hombre puede inventar un sueño o inventar un mundo. En el fútbol también puede inventar un gol desde la nada, o más que desde la nada, desde la potencia, la calidad y la confianza en que la suerte está a favor de quien la busca. Todo eso lo sabía Rémy, un jugador que, como Muhammad Ali, se mueve como una mariposa pero pica como una avispa. Parece desgarbado pero es un tanque imparable que no da tregua a la duda cuando hay que tirar a la puerta. Ya hablamos de Calleri hace unos días, pero es que ahora tenemos dos arietes de los que ganan partidos creyendo en su propio talento y en su potencia. Y junto a ellos está ese fenómeno llamado Jonathan Viera. Todo lo que toca lo convierte en magia, pero habría que conseguir que jugara de medio campo hacia delante para que esa magia se concretara siempre en ocasiones de gol o en jugadas más determinantes.
Hay historias que se cruzan una y otra vez como para que recordemos que todo es cíclico y que todo cambia de arriba abajo al mismo tiempo. Si la vida es movimiento, el fútbol es un vértigo imparable. Lo sabemos los que hemos visto muchas veces las camisetas del Athletic y de Las Palmas en los estadios, ese fulgor distinto a otros encuentros por ser casi siempre un encuentro de canteras y de identidades, y también de formas de entender el fútbol, que hacen que los partidos se mantengan en la memoria de una forma diferente. Y siempre nos aparece Iríbar como un arquero enorme e infranqueable al que, sin embargo, Germán Dévora le buscaba siempre el hueco casi imposible para batirle con goles que mantenemos en la memoria más épica de nuestro equipo, como también mantenemos aquel malhadado día del descenso después de diecinueve años en Primera como el más funesto de nuestros recuerdos. Pero el fútbol es ese sentimiento contradictorio, muchas veces más cercano al oxímoron que a las certezas, que cambia todos los argumentos y las previsiones desde que el balón comienza a rodar por el terreno de juego.
La Unión Deportiva llegaba a este partido después de haber cambiado un rumbo ciertamente peligroso en Málaga, y además ese cambio se intuía que no iba a ser flor de un día, que había mimbres como para empezar a soñar nuevamente (aunque los sueños del fútbol también son tan etéreos y tan efímeros como esas pompas de jabón que hacen los niños los domingos en Triana). Con un partido casi se había desatado la euforia, pero todos sabíamos que el Athletic sí se convertiría en una piedra de toque para saber hasta qué punto ese viraje era realmente una realidad más o menos consolidada o una necesidad de nuestros propios sueños de grandeza inmediata. No hay que lanzar las campanas al vuelo, pero con cada nuevo partido se va viendo un equipo más o menos ordenado y jugando con cierta solvencia. Ese juego ya no es el mismo que el del pasado año. Ahora se busca más el pase largo o la acción individual de cualquiera de esos jugadores capaces de ganar los partidos con una sola jugada, aunque entonces y ahora el factor diferencial, lo que hace que sigamos creyendo a pies juntillas en este esquipo, se llama Jonathan Viera. Pero hace un momento citaba a Iríbar. Siempre mantengo que los equipos se arman desde la portería, y en la Unión Deportiva contamos este año con ese portero que llevábamos soñando desde hacía mucho tiempo. Si Chichizola no detiene todo lo que detuvo antes del gol amarillo, ese gol hubiera quedado en mera anécdota. Y no solo es lo que detiene. También está la sensación de seguridad que transmite al equipo. Ahora contamos con la confianza y con la suma de seis puntos en dos partidos. Dejamos de vivir en el alambre, y ya intuimos que el camino tiene pinta de ser más venturoso y más transitable que el que atisbábamos hace algo más de una semana. Ahora sí estamos deseando que todo comience cuanto antes. Que continúe el espectáculo.




lunes, 11 de septiembre de 2017

Una victoria balsámica

Había que ganar. Se acaba una de esas inexplicables inercias que nos tenía cerca de la zozobra. Más de un año después volvimos a ganar fuera de casa marcando tres goles y serenando esas aguas que ya estaban bajando algo revueltas en los alrededores del equipo amarillo. Hay mucho que cambiar y hay que ser humildes y autocríticos para hacerlo. Esta victoria es lo que deseábamos todos los seguidores amarillos, pero espero que ahora no saquen pecho los que saben que hay procederes que no deben permitirse en un equipo que aspira a ser grande y modélico. Somos letales en la delantera, y seguimos contando con ese fenómeno llamado Jonathan Viera que modifica los destinos cuando quiere. Celebremos este cambio de ciclo como merece. De no haber ganado hoy hubiéramos entrado en una de esas corrientes en las que resulta tremendamente difícil mantenerse a flote.
Hace cuarenta años, cuando casi todas las camisetas eran de tela y solo podíamos ver los partidos en los estadios, uno no se podía imaginar todo el entramado mediático que tiene ahora mismo el fútbol. Entonces se apostaba improvisando resultados en el colegio: ponías cinco duros que si ganabas se convertían en un potosí que te daba para muchos festines de golosinas o para comprar unos guantes como los que se ponía Carnevali. Nada que ver con estas apuestas de ahora. Recuerdo también un programa, creo que en Radio Cadena Española, que se llamaba Paso a la cantera. Lo presentaba el periodista, fallecido hace años, Alfredo Volpini. También tenías que adivinar los resultados de la Unión Deportiva, y el premio era un balón firmado por los jugadores o unas entradas para ir al Insular. Por la casa de mis padres debe haber algún balón de aquellos con las rúbricas de Roque Díaz, Juani, Farías o Felipe. También íbamos al estudio de Primero Mayo a entrevistar a los jugadores cuando acertabas esos resultados. Todo aquello era más sencillo, menos mediático, sin alardes ni grandes sueños de grandeza, sin tatuajes por todo el cuerpo y sin todo ese negocio que creo que acabará matando justamente lo más que nos acercaba a este deporte.
Todo eso viene a cuento porque últimamente parece que acabamos de descubrir América o de ver hundirse el Titanic después de cada partido. Está todo sobredimensionado y apenas queda serenidad y cordura para vivir el fútbol como lo que debería ser, un divertimento y un motivo para olvidar los tedios rutinarios durante un rato, para regresar a la infancia o para sentirnos los más felices del mundo si nuestro equipo juega de maravilla y golea. Y si pierde, tampoco pasa nada, nuestra vida sigue y no se arreglarán nuestros problemas con lo que suceda en el césped de ningún estadio.
En Málaga se encontraban dos equipos con vidas paralelas, dos de aquellas escuadras que salían en las estampas de los años setenta; pero los dos, con subidas y bajadas, a veces tan meteóricas y exageradas, que casi generan vértigo al recordarlas. Esas vidas paralelas presentaban a los dos conjuntos con dos derrotas seguidas y con la necesidad, como decían los cronistas de antes, de una victoria balsámica que hiciera olvidar esa zozobra del comienzo de la liga. Esta vez la suerte estuvo de nuestro lado, la suerte y el potencial ofensivo que ha logrado Las Palmas con Calleri (me pongo en pie al pronunciar su nombre) y Rémy.
Hace unos días escuché una frase que es como un mantra para los alpinistas: “La cima es solo la mitad del camino”. También le oí una vez a César Pérez de Tudela que el alpinismo es una metáfora de la vida en donde hay que saber subir pero también hay que saber bajar. En eso se parece mucho al fútbol. Veníamos bajando y hacía falta dar los pasos correctos para no despeñarnos. Ahora, una vez detenida esa caída que venía del pasado año, aprendamos a subir nuevamente sabiendo dónde ponemos los pies y la cabeza. Y digo la cabeza, porque creo que ahí está la clave de la Unión Deportiva Las Palmas. Piernas y talento tenemos de sobra.

sábado, 26 de agosto de 2017

Las improvisaciones

No, no siempre resulta fácil agradar a los demás. Tampoco convencer. Uno no sabe a veces qué es lo que hace para que las cosas rueden de maravilla o para que todo se refrene o se quede en intentos baldíos, en esas derrotas de las que tenemos que recuperarnos cuanto antes. Escribe Kipling que el fracaso o el éxito son igual de impostores y que uno debe estar siempre por encima de esas contingencias y proseguir con su lucha diaria por alcanzar las metas, aunque las metas haya que alejarlas muchas veces para que sea el camino, como escribía Kavafis, el sentido de todo esto.
Con esta introducción poética-filosófica trato de entender lo que le sucede a la Unión Deportiva Las Palmas, por qué nos movemos en un tiovivo tan peligroso y por qué, históricamente, hemos sido capaces de lograr gestas casi imposibles y de fracasar luego en lo que estaba al alcance de la mano. Parece que por fin se rearmará el centro del campo con las llegadas de Samper, Aquilani y, sobre todo, con la recuperación de Vicente Gómez, un jugador ante el que siempre me quito el sombrero. Y es evidente que no era el Atlético el mejor equipo para salir de una crisis, y mucho menos sin tener armada esa sala de máquinas en la que se genera el fútbol se juegue a lo que se juegue. Enfrente teníamos a la efectividad y a la antítesis de lo que nosotros proponemos, y nuevamente nos vapulearon sin piedad. Muchos temíamos que la inercia de la segunda vuelta del pasado año siguiera en agosto, y así ha sido, como hace un año seguimos al comienzo de Liga con la inercia positiva que traíamos de la anterior temporada. Pero no solo son inercias. Nos sigue fallando la contundencia y la colocación defensiva y, aunque me repita, carecemos de centro del campo, y presentarte en una Liga como la española con esas carencias es casi un suicidio futbolístico.
Solo llevamos dos jornadas de Liga, pero creo que un equipo debe llegar armado y con su sentido de juego definido antes de que comience la temporada. Siempre cuesta más remontar que remar a favor del viento, y la confianza, como en todo en la vida, se presenta como un arma casi victoriosa incluso cuando hay que derrotar a los pronósticos. La confianza y la planificación, que ya luego es la suerte la que determina el resultado, aunque la suerte, como el destino, la escribamos cada uno de nosotros en esas previsiones y con esas fuerzas que sacamos cuando todo nos sale de maravilla y parece que el balón se ha puesto de nuestra parte. Empieza otra Liga después de que juegue la selección la próxima semana. Es tiempo de rearmarnos y de conjurarnos para volver a creer en que somos nosotros los únicos hacedores de nuestros propios milagros. Y, por desgracia, también somos los que hemos dejado que se vaya alejando un sueño que hace un año casi nos obligaba a pellizcarnos para creernos que era cierto.




viernes, 18 de agosto de 2017

Los peligros del páramo

No es verdad que no tropecemos dos veces con la misma piedra o que el azar convierta en real lo que parecía una quimera. El mismo lugar y el mismo equipo, idéntico comienzo, pero ni nosotros ni ellos, parafraseando al poeta, éramos los mismos. Los dos conjuntos ya no se parecen a los de agosto del pasado año: uno por defecto y otro por exceso, uno porque no se ajustaba su clasificación con el presupuesto, y el otro, el nuestro, porque creo que no supo manejarse en las alturas. Este nuevo Valencia cuenta con uno de los entrenadores más solventes y fiables del mundo del fútbol, alguien que no se casa con nadie y que sabe que solo desde el orden se puede aspirar luego a la floritura y al arabesco.
Resulta paradójico que el único partido que ganamos el pasado año lejos de Gran Canaria fuera el primero, y además en Mestalla, y con un juego que no se parecía al que preconizaba Setién. Aquel fue un partido de zarpazos y de efectividad plena. Este de ahora fue extraño desde el principio, pero quien llegaba en la primera media hora era el Valencia, y el hueco, la vía de agua, se abría justo donde tenía que estar Roque Mesa o un jugador con solvencia que le sustituyera. Desde allí no partían las jugadas, realmente no partían de ninguna parte, y desde allí, desde ese hueco vacío, nos marcaron el primer gol de la temporada.
Y luego está el árbitro, como estuvo en aquellos partidos de Sevilla y Villarreal en el inicio de la pasada temporada. La expulsión de Halilovic condicionó el resto del encuentro, y fue una expulsión injusta, una agresión inexistente, otra de esas decisiones que acaban determinando el resultado. También es verdad que al equipo se le ve como si no fuera capaz de liberar las piernas y el talento, sin los necesarios tránsitos, sin un juego fluido y sin aquellas combinaciones que nos levantaban del asiento hace un año. No vienen partidos fáciles. Y creo que debo escribir sobre Vitolo. No lo vi. No estuvo como uno esperaba. No fue ese jugador que veíamos el pasado año con la selección y con el Sevilla. Espero que no sea otra decepción como Jesé y que nos ayude a ganar partidos antes de marcharse en enero. Es cierto que no le llegaban balones, pero entonces es que tenemos dos problemas, o más de dos si le sumamos los desastres arbitrales.
Nos queda todo el año y toda la Liga por delante. Fuera cual fuera el resultado no debíamos olvidar nunca que estábamos en agosto. Y eso haremos. Ya saben que este es un mundo de subidas y bajadas, un tiovivo en el que solo se mantiene el equilibrio si se aprende a mantener la calma todo el tiempo. El equipo tuvo al Valencia encerrado en su campo durante buena parte del segundo tiempo, pero estamos en agosto y esa baja de un jugador tanto tiempo se terminó notando en el estado físico de los jugadores, y además te cansas mucho más cuando el balón no circula con fluidez, ni con primeros toques, desde el centro del campo. Ya sé que acabo de escribir que estamos en agosto y que es solo el primer partido, pero hay que cambiar muchas cosas si queremos ser competitivos y no vernos a las primeras de cambio en los puestos bajos de la tabla. El calendario, desde luego, no ayuda. Pero las soluciones son nuestras. Todos veíamos ese páramo peligroso en el centro del campo, y sin centro del campo no hay fútbol, y mucho menos un fútbol como el que queremos que juegue Las Palmas.



El efecto Sparwasser

No siempre sucede, pero a veces de lo que creíamos que eran errores aparecen los mejores aciertos de nuestras vidas. No es un contrasentido. Si cada uno de nosotros mira al pasado descubrirá que muchas veces lo que creíamos que nos condenaba fue lo que finalmente nos terminó salvando. Creo que a la actual Unión Deportiva Las Palmas le puede estar pasando algo parecido. Perdimos a Setién y esa es una pena que nos quedará a muchos para siempre. Creíamos que teníamos fichado a un entrenador italiano durante muchos meses y al final, casi improvisando, tuvimos que poner al frente del equipo al entrenador que ya estaba programando la pretemporada con Las Palmas Atlético. Yo les confieso que desconfiaba de la eficacia del entrenador italiano. Ni conocía el idioma, ni sabía nada de Gran Canaria, ni tampoco creo que supiera del ADN del futbolista canario y de la psicología de esos jugadores y de la propia isla, tan extraña, tan surrealista, que muchas veces creo que sale adelante por esa suerte del error bien empleado que contaba hace un momento.
Me quedé más tranquilo cuando anunciaron a Manolo Márquez. Primero porque conocía de sobra el sistema de Quique Setién, y segundo porque conoce mejor que nadie a los canteranos. Y además me parece un hombre honesto, preparado y discreto. Su paso por Las Palmas, si le acompaña la suerte, puede ser exitoso, por el equipo que tenemos, sobre todo del medio campo hacia delante, y por ese empuje de los canteranos que ayude a reavivar las ilusiones que nos fue matando el malhadado final de temporada del pasado año (esto fue escrito cuando todavía estaba Boateng, ahora sigo pensando lo mismo, pero con la marcha del internacional ghanés y con la de Vitolo en enero sí es cierto que tal vez hay que rebajar un poco esas pretensiones de grandeza).
Hablo del efecto Sparwasser porque ese jugador de Alemania Oriental que marcó el gol que derrotó a la Alemania favorita del Mundial 74, a la Federal y posterior campeona del mundo, siempre confesó que la clave de aquel gol había estado en el control defectuoso del balón. En lugar de pararlo con la cabeza o el pecho le dio con la nariz, y ese golpeo hizo que Beckenbauer y Berti Vogts se fueran al lado equivocado y lo dejaran solo delante de Sepp Maier. A Las Palmas creo que también le está pasando eso. Llega Vitolo tras una operación que parecía de ciencia ficción futbolística, aparece un delantero centro como Calleri que llevábamos buscando desde que se fue Willian José (si el año pasado hubiéramos tenido un jugador como Calleri nuestra historia hubiera sido otra muy distinta) y, de momento, tenemos a Viera (hoy por hoy es el estandarte del equipo, el que pone la magia). Halidovic está empezando a demostrar su clase, Vicente Gómez está a punto de recuperarse y hay que anotar algunos nombres de canteranos como Borja Herrera y Fabio que pueden ser importantes. Me preocupa la defensa y la ausencia de alguien que supla con garantías a Roque Mesa. El portero sí nos ha llegado por ese mismo efecto Sparwasser del que hablaba hace un momento, y si juega como en el Carranza Chichizola es una garantía para la portería amarilla.
No tenemos un arranque fácil, pero no debemos olvidar nunca que la Liga, como la vida, es larga, y que al final nos enfrentaremos contra todos los equipos. Creo que del año pasado debemos aprender a contener las euforias y a no perder nunca la motivación si llegaran las derrotas. Pase lo que pase hay que aprender a vivir el fútbol con mesura y encarando cada partido como si fuera el más importante de la temporada. Hace unas semanas creíamos que no teníamos ni equipo, ni proyecto, ni entrenador, y ahora escuchas a todo el mundo con las euforias desatadas. Así es el fútbol. Pasión sin términos medios. Principios y finales inesperados. Y sí, también un gran negocio, pero nosotros seguimos viendo las camisetas con los ojos de los niños que siguen soñando con las grandes gestas de su equipo. Un año más, nuestra alegría dependerá en buena medida de las luces o las sombras de la Unión Deportiva Las Palmas. Pero sí es cierto que casi todo lo que rodea al mundo del fútbol, sobre todo con las insolencias y con esos dinerales bochornosos que se están pagando cuando hay gente que no tiene ni para comer cerca de nuestras casas, es como para salir corriendo.


martes, 23 de mayo de 2017

La camiseta


Quienes me conocen saben que esta camiseta es especial. Me la han regalado Emilio y Carmen. A Emilio lo conocí hace dos veranos y escribí sobre él. Carmen, su madre, le regaló hace un tiempo un balón firmado por los jugadores e intuía, y no se equivocaba, que a mí esta camiseta de la Unión Deportiva me haría la misma ilusión que a Emilio. Hoy me han dado este regalo y me siento casi como Emilio con su balón. A pesar del nefasto final de temporada, estoy seguro de que el paso de Quique Setién por la Unión Deportiva se recordará, cuando pasen los años, como un momento grandioso del equipo amarillo. Nos volvimos a ilusionar con el buen fútbol y vivimos muchos partidos inolvidables. Los veinte toques y la pared final con espuela y remate acrobático de Boateng en Villarreal, la segunda parte del Bernabéu y muchos pequeños detalles, deslumbramientos que nos parecían increíbles cuando veíamos que el balón se movía por el campo como una estela de sueños.
Hoy me han regalado una camiseta firmada por Setién y por los jugadores que hicieron posible la consecución de ese logro. La guardaré como oro en paño y me la pondré en una de esas finales o partidos decisivos que seguimos soñando los aficionados amarillos. Ese sueño y esa fidelidad a esta camiseta nos seguirá llevando al estadio la próxima temporada. Y la siguiente. Y también la otra que venga. Siempre seguiremos la pista de ese escudo y de esos colores que elegimos en la infancia.




sábado, 20 de mayo de 2017

Los finales equivocados

Fragilidad y derrota. Bochorno. Nueva decepción. Un corolario que nadie hubiera imaginado hace seis meses. La vueltas que da la vida y las inexplicables revolturas del fútbol. ¿Impotencia? Sí, como si nos estuvieran robando el tiempo. ¿Vergüenza? El consuelo que nos queda es que Las Palmas se haya despedido de fucsia y no de amarillo.
Pero hay que tener cuidado con las inercias porque son más determinantes de lo que creemos. Las inercias y las confianzas. El fútbol es confianza, creencia de que eres realmente mejor de lo que todos piensan, afán de superación, amor a tu camiseta y compromiso con lo que haces. La pasada temporada terminamos en subida y seguimos subiendo luego hasta el mes de diciembre. Este año la caída ha sido imparable, tan imparable que estamos en Primera por los pocos puntos que bastaban para salvarse, por el nivel tan bajo que había en la categoría y por el compromiso y la ilusión que traíamos del pasado. Todo salió mal. Todo salió peor de lo que cualquiera de nosotros hubiera imaginado cuando nos comíamos las uvas del Nuevo Año. Ni sigue Setién, ni queda nada de aquel juego que nos deslumbraba. El equipo acabó como esos juguetes rotos que ya no tienen más arreglo que el olvido o el milagro de un tiempo que los reviva de nuevo. Hay mil maneras de despedirse dignamente, pero la Unión Deportiva no ha encontrado ninguna de ellas. Cada partido ha ido empeorando esa despedida. Uno prefiere un final con silencios, sin estridencias, y ya no digo un final brillante, porque hace muchos meses que perdimos la fe en la brillantez pasada que nos brindó este equipo. Lo mejor es que todo esto terminara cuanto antes. Es lo que agradecemos cuando estamos leyendo un mal libro o cuando vemos una pésima película. Es cierto que cuando leíamos las primeras páginas todos soñamos con una obra maestra, pero las obras maestras requieren muchos compromisos, pocas vanidades y ninguna soberbia. Solo se crece desde la humildad y desde el aprendizaje diario. Los humanos que se endiosan se idiotizan, o pierden esa grandeza que justamente tenían por escapar de los egos y de las arrogancias. Ganamos el primer partido fuera de casa y en ese momento no sabíamos que comenzaba y terminaba el sueño al mismo tiempo, y que lejos de casa no íbamos a ganar ningún otro partido.
Yo pensaba que a lo mejor contra el Deportivo podíamos cerrar el círculo con una victoria postrera, pero está claro que desde que el vestuario se quebró, y que desde que Setién anunció que se iba, ya todo estaba perdido. Ahora solo queda el olvido, el paso de ese tiempo que logre atemperar la decepción tremenda que sentimos. Un sueño roto. Un barco a la deriva. Nos volveremos a ilusionar. Siempre ha sido así, pero primero tendremos que digerir todo el desastre de los últimos partidos y recoger muchos cristales rotos que seguirán abriendo heridas. Qué lástima que todo lo bueno lo echemos a perder de una forma lastimosa. Qué pena que nada haya sido como casi todos soñábamos hace unos meses. Está claro que no aprendemos a escribir finales. Y quien no sabe escribir finales termina matando casi todos los principios. No era esto lo que uno querría haber escrito para la última crónica de una temporada que soñábamos grandiosa y que termina como esas mansiones oscuras y tristes que encontramos a veces en medio de las tierras baldías.