Florentino Pérez ya se puede ir olvidando de sus sueños galácticos. Su equipo de los millones y de los Bales terminará siendo eminentemente macaronésico. Un delantero de Madeira y otro de Gran Canaria serán los que acabarán levantando al público de sus asientos en el Bernabéu. De entrada, Jesé está llamado a cambiar ese juego previsible y aburrido que ha estilado el Madrid en los últimos años, sobre todo cuando tuvo la mala suerte de estar en manos de aquel teatrero portugués de mirada de torva que le negó todas las oportunidades al grancanario. A la técnica que se le supone al fútbol canario se une ahora el músculo y la velocidad de jugadores como Silva o Jesé. La llegada del primero a Chamartín el próximo verano sí que volvería definitivamente macaronésico al Real Madrid que quiso ser galáctico.
No negaré nunca que el único equipo que me quita el sueño es la Unión Deportiva Las Palmas. Y estos días, además, se ha empeñado en volver a dejarnos aliquebrados y estupefactos a los que aún creemos que el fútbol es algo más que una mera controversia de intereses. Lo de menos es Lobera, Juanito, Aranda y compañía. Vuelven a jugar con la ilusión de quienes año tras año confiamos en que llegarán jugadores y técnicos que entenderán lo que significa vestirse de amarillo. Lo único que me tranquiliza es que está Juan Carlos Valerón; pero mucho me temo que si sigue notando el mar de fondo que nos está llegando a todos se marchará con su talento a otra parte. Todo ese rodeo viene para que entiendan por qué me alegra tanto lo de Jesé. En medio de este páramo de decepciones ya solo soy de los equipos en los que juegue gente de la tierra. He cambiado el Liverpool por el Manchester City, y en el caso del Madrid lo tengo fácil porque siempre fue el otro equipo que seguía desde niño. Todos hablan de las semejanzas de Jesé y Cristiano sin darse cuenta de que vienen de islas muy cercanas y de paisajes e historias tremendamente hermanadas. Solo espero que el canario no imite la soberbia que a veces pierde al Balón de Oro. Talento tiene de sobra. Ahora solo falta que le acompañe la suerte y la cabeza.
Artículo publicado hoy en Canarias 7
viernes, 7 de febrero de 2014
jueves, 23 de enero de 2014
El 7 del Werder Bremen
Su padre había llegado de Sevilla hacía treinta años. Se había casado con una alemana y había logrado abrir una pequeña tienda de comestibles en un barrio obrero de las afueras de Bremen. Desde que él era niño estuvo empeñado en que fuera futbolista. Le hablaba siempre de un tal Scotta, un argentino que jugó en el Sevilla que tenía un disparo potente y casi imparable. Siempre que tenía un rato libre lo llevaba al parque para que aprendiera a disparar como aquel argentino que había visto jugar en Nervión en los años setenta.
En el colegio se convirtió en el jugador más temido por su disparo, pero también contaba con un regate capaz de dejar sentados a varios rivales con un par de escorzos. Todos decían que llegaría lejos. Y así fue. A los diecinueve años su padre estaba en el palco del Weserstadion viendo cómo saltaba al campo con el número 7 del Werder Bremen a la espalda. Lo único que no llevaba bien es que su hijo vistiera los mismos colores que el Betis. Jugó dos temporadas prodigiosas en el equipo alemán. Ya se hablaba de que podía ser llamado a la selección y se decía que el Bayern Munich lo había incluido en la lista de sus futuros fichajes. Había marcado muchos goles de falta y de fuera del área gracias a su potente disparo hasta que empezó con sus obsesiones. No lo comentó con nadie, pero empezó a sentir pena por el balón. Se empeñó en que sufría con cada golpe y no hacía más que acariciarlo suavemente cuando pasaba a su lado. Perdió la titularidad y le terminaron dando la baja a mitad de la tercera temporada. Su padre no sabía dónde meterse. Hablaban con él, pero nunca le contó a nadie que había escuchado los lamentos quejumbrosos del balón después de uno de sus disparos despiadados. Ni siquiera es capaz de ver un partido de fútbol por la tele. Está todo el día encerrado en su cuarto. Tiene quince balones, cada uno con su propio nombre. Los acaricia, les dice frases cariñosas y les pido perdón todo el rato por sus errores del pasado. En su casa aún retumban los silbidos y los insultos de aquel último partido en que estando solo dentro de área cogió el balón con la mano y se marchó corriendo hacia el vestuario. A los periodistas les dijo luego que solo quería salvarlo. Odiaba el fútbol desde niño, pero nunca encontró la manera de decírselo a su padre.
En el colegio se convirtió en el jugador más temido por su disparo, pero también contaba con un regate capaz de dejar sentados a varios rivales con un par de escorzos. Todos decían que llegaría lejos. Y así fue. A los diecinueve años su padre estaba en el palco del Weserstadion viendo cómo saltaba al campo con el número 7 del Werder Bremen a la espalda. Lo único que no llevaba bien es que su hijo vistiera los mismos colores que el Betis. Jugó dos temporadas prodigiosas en el equipo alemán. Ya se hablaba de que podía ser llamado a la selección y se decía que el Bayern Munich lo había incluido en la lista de sus futuros fichajes. Había marcado muchos goles de falta y de fuera del área gracias a su potente disparo hasta que empezó con sus obsesiones. No lo comentó con nadie, pero empezó a sentir pena por el balón. Se empeñó en que sufría con cada golpe y no hacía más que acariciarlo suavemente cuando pasaba a su lado. Perdió la titularidad y le terminaron dando la baja a mitad de la tercera temporada. Su padre no sabía dónde meterse. Hablaban con él, pero nunca le contó a nadie que había escuchado los lamentos quejumbrosos del balón después de uno de sus disparos despiadados. Ni siquiera es capaz de ver un partido de fútbol por la tele. Está todo el día encerrado en su cuarto. Tiene quince balones, cada uno con su propio nombre. Los acaricia, les dice frases cariñosas y les pido perdón todo el rato por sus errores del pasado. En su casa aún retumban los silbidos y los insultos de aquel último partido en que estando solo dentro de área cogió el balón con la mano y se marchó corriendo hacia el vestuario. A los periodistas les dijo luego que solo quería salvarlo. Odiaba el fútbol desde niño, pero nunca encontró la manera de decírselo a su padre.
sábado, 11 de enero de 2014
Los porteros
Quizá los porteros sean las figuras más literarias de un campo de fútbol. Recuerdo La soledad del portero ante el penalti de Peter Handke, un cuento futbolero de Benedetti y hasta un poema de Rafael Alberti dedicado a un guardameta húngaro llamado Platko. Los equipos se construyen a partir de grandes porteros; pero ellos son los únicos que casi siempre se acercan a recoger el balón del fondo de la portería. Los demás compañeros miran para otro lado, se echan las manos a la cabeza, lloran o corren lo antes que pueden hacia el centro del campo. Los que realmente quedan en evidencia son los que se muestran incapaces de evitar ese pequeño naufragio que es siempre el gol cuando se recibe en contra. La Unión Deportiva tiene un porterazo llamado Mariano Barbosa. Lo demostró esta noche contra la Ponferradina. No es perfecto, ni mucho menos; pero tiene empaque, agilidad y carácter, y además logra que Las Palmas sume puntos que jamás merecería la inexplicable indolencia con la que salta a veces al campo. Hoy, por ejemplo, fue uno de esos partidos que preferimos olvidar los que creemos que hay plantilla de sobra para jugar bien y para salir a ganar todos los encuentros. Faltó actitud y concentración, o esa intensidad que demostró un equipo mucho más modesto pero con más hambre de triunfos. No perdimos por goleada porque tuvimos la suerte de contar con un portero que paraba de forma casi milagrosa cualquier balón que le llegaba.
Los guardametas andan solos en medio del griterío de los estadios. Por eso ven primero que nadie los desajustes y los desastres. También son los que ven desde más lejos los goles de su propio equipo. Y además son los únicos que pueden utilizar las manos. Suelen ser misántropos y silenciosos, y muchas veces incluso algo estrafalarios o supersticiosos. Les debemos parte de la escenografía que tanto nos engancha a este extraño deporte. No tienen ni dónde esconderse ni con quiénes compartir las euforias o los errores más o menos evitables. Realmente son los que aciertan o fallan sin tapujos y los únicos que se enfrentan a su destino sin más coartada que sus propios reflejos.
Los guardametas andan solos en medio del griterío de los estadios. Por eso ven primero que nadie los desajustes y los desastres. También son los que ven desde más lejos los goles de su propio equipo. Y además son los únicos que pueden utilizar las manos. Suelen ser misántropos y silenciosos, y muchas veces incluso algo estrafalarios o supersticiosos. Les debemos parte de la escenografía que tanto nos engancha a este extraño deporte. No tienen ni dónde esconderse ni con quiénes compartir las euforias o los errores más o menos evitables. Realmente son los que aciertan o fallan sin tapujos y los únicos que se enfrentan a su destino sin más coartada que sus propios reflejos.
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Un derbi en medio del océano
El fútbol te enseña que la derrota no es más que un mal trago pasajero que se olvida en el siguiente partido. Unas veces estás arriba y otras te asomas al abismo de esas clasificaciones que casi no ocupan espacio en los periódicos deportivos. La Unión Deportiva y el Tenerife saben mucho de esos vaivenes del destino. Las épocas gloriosas de un equipo suelen coincidir con las debacles del otro. Parecen dos púgiles evitando siempre el gran combate. Sin embargo, de vez en cuando coinciden en el mismo tiempo, en la misma categoría y en un sueño más o menos parecido. Hoy es uno de esos días en los que la suerte de uno se convertirá inevitablemente en la desgracia del otro. Un empate no sería más que una agonía insufrible para ambos porque en los derbis solo se gana o se pierde. Todo lo demás carece de importancia.
Da lo mismo que digas que ya no sigues el fútbol como antes o que se ha convertido en un vergonzante negocio. A medida que se acerca la hora del partido rememoras los encuentros improvisados de cuando eras niño, aquellas rivalidades entre calles, barrios o pueblos cercanos. Ahora juegan otros; pero en el fondo sigues siendo el mismo futbolero que desea cantar el gol de la victoria en el último minuto. Esta es otra Liga, y no es un tópico. Sucede como en el Celtic contra el Rangers, como en el Newel’s contra Rosario Central, como con Peñarol y Nacional o como con el Sevilla y el Betis. Lo que pasa es que ninguno de esos derbis tienen mar de por medio estando tan cercanos. Aquí hablamos de islas, con todo lo que cualquier insular sabe que eso conlleva. Casi nos tocamos en la distancia, y cuando coincidimos por esos mundos somos como hermanos; pero esas fraternidades se pierden por completo cuando se cruzan los colores blanquiazules y amarillos. Borremos a los exaltados del mapa, no nos valen para lo que hablo porque no representan a ninguno de los dos equipos, y quedémonos con esa emoción que nos tiene todo el partido en vilo, como si nos jugáramos un puesto para una final de la Champions.
Todos recordamos algún derbi. Yo nunca olvidaré el de las paradas de Manolo López en la Copa. Vivía entonces en Madrid y recuerdo salir a las calles de Malasaña con la bufanda de Las Palmas. No era el único loco. Les juro que me tropecé a otros como yo, en un día entre semana, en invierno, coreando el Pío Pío por las calles del Foro. Hoy, escribía Machado, es siempre todavía. Nos queda la épica inolvidable de ese pasado, o la desazón de alguna derrota como aquella que nos devolvió a Segunda División sin saber que tardaríamos tanto tiempo en encontrar el camino de vuelta. Ahora ese camino parece que, después de muchos años, se atisba en el horizonte de ese espacio verde por el que deambulan tantos anhelos cada semana. En unos tiempos en los que algunos se olvidan de la esencia del fútbol y la confunden con un show de gominas y merchandising, nos aferramos todavía más a lo cercano, a lo que realmente nos ató de por vida a un deporte que sin esa épica sería tan insulso como uno de esos partidos de cricket en los que nunca entendemos absolutamente nada. Y no nos engañemos: aquí no vale eso de que gane el mejor. Aquí todos queremos que gane la Unión Deportiva Las Palmas.
Da lo mismo que digas que ya no sigues el fútbol como antes o que se ha convertido en un vergonzante negocio. A medida que se acerca la hora del partido rememoras los encuentros improvisados de cuando eras niño, aquellas rivalidades entre calles, barrios o pueblos cercanos. Ahora juegan otros; pero en el fondo sigues siendo el mismo futbolero que desea cantar el gol de la victoria en el último minuto. Esta es otra Liga, y no es un tópico. Sucede como en el Celtic contra el Rangers, como en el Newel’s contra Rosario Central, como con Peñarol y Nacional o como con el Sevilla y el Betis. Lo que pasa es que ninguno de esos derbis tienen mar de por medio estando tan cercanos. Aquí hablamos de islas, con todo lo que cualquier insular sabe que eso conlleva. Casi nos tocamos en la distancia, y cuando coincidimos por esos mundos somos como hermanos; pero esas fraternidades se pierden por completo cuando se cruzan los colores blanquiazules y amarillos. Borremos a los exaltados del mapa, no nos valen para lo que hablo porque no representan a ninguno de los dos equipos, y quedémonos con esa emoción que nos tiene todo el partido en vilo, como si nos jugáramos un puesto para una final de la Champions.
Todos recordamos algún derbi. Yo nunca olvidaré el de las paradas de Manolo López en la Copa. Vivía entonces en Madrid y recuerdo salir a las calles de Malasaña con la bufanda de Las Palmas. No era el único loco. Les juro que me tropecé a otros como yo, en un día entre semana, en invierno, coreando el Pío Pío por las calles del Foro. Hoy, escribía Machado, es siempre todavía. Nos queda la épica inolvidable de ese pasado, o la desazón de alguna derrota como aquella que nos devolvió a Segunda División sin saber que tardaríamos tanto tiempo en encontrar el camino de vuelta. Ahora ese camino parece que, después de muchos años, se atisba en el horizonte de ese espacio verde por el que deambulan tantos anhelos cada semana. En unos tiempos en los que algunos se olvidan de la esencia del fútbol y la confunden con un show de gominas y merchandising, nos aferramos todavía más a lo cercano, a lo que realmente nos ató de por vida a un deporte que sin esa épica sería tan insulso como uno de esos partidos de cricket en los que nunca entendemos absolutamente nada. Y no nos engañemos: aquí no vale eso de que gane el mejor. Aquí todos queremos que gane la Unión Deportiva Las Palmas.
sábado, 30 de noviembre de 2013
Páez
Páez estaba en aquellas alineaciones que a uno le ataron al fútbol de por vida. Formaba parte de un centro del campo en el que el balón pasaba por Germán, por Brindisi, por Jorge, por Pepe Juan, por Noly, por Félix, por Quique Wolff y por tantos y tantos que supieron entender cómo queríamos que jugaran al fútbol los amarillos. Paradójicamente ese fútbol lo iban inventando en cada partido para que luego nuestra memoria fuera incorporando variantes y gestas a partes iguales. Me alegra y comparto el reconocimiento de la Unión Deportiva al concederle la insignia de oro y brillantes. Los clubes se hacen grandes cuando saben cuidar a quienes los engrandecieron en los pequeños detalles. Porque, además, Federico Páez es una de esas personas que no ha sabido nunca separar el fútbol de la vida o, para ser más precisos, separar la vida de la Unión Deportiva Las Palmas.
domingo, 17 de noviembre de 2013
Los eternos debutantes
Ayer, antes del partido de la Unión Deportiva contra el Mirandés, yo le comentaba a un amigo que había que ganar por goleada para disipar dudas; pero este amigo, que sabe un rato de fútbol, me recordaba lo igualada que estaba la Segunda División y lo peligroso que era el equipo burgalés fuera de casa. Ganamos tres a uno, pero pudimos haber empatado e incluso haber perdido el encuentro. Nada que ver esta categoría con el sopor de esa Primavera División tan previsible y tan entregada al poder del dinero y de los grandes fichajes. Aquí cualquiera le gana a cualquiera, y en esas batallas Las Palmas creo que tiene mucho que decir. Ningún equipo se distanciará del resto, pero estando donde estamos ahora mismo, y teniendo en cuenta que contamos con un equipo que está empezando a acoplarse, las expectativas son tremendamente halagüeñas, aun contando con esa inverosimilitud que tantas veces mueve las rachas de los equipos. Lo que le falta a Las Palmas es mantener una regularidad y no empezar un partido a ritmo de chachachá para luego ir echándose hacia atrás cuando marca hasta terminar bailando a ritmo de bolero lento o de peligroso réquiem. En esos casos ni siquiera nos salva el contraataque. Ese ritmo creo que marcará el futuro del equipo amarillo. La diferencia, entre otras muchas, está en Juan Carlos Valerón. Ayer veía imágenes de Di Stéfano jugando con cuarenta en el Espanyol. No era una saeta que corría por el campo, pero marcaba los tiempos, daba los pases que anticipaban goles y sabía colocar al equipo para que no se rompiese con cualquiera de esos inesperados giros que a veces acontecen en los encuentros. También metía goles. Como Valerón, como todos esos visionarios del balón que encuentran en el terreno de juego lo que los demás a veces no somos capaces de ver ni en sueños. Y además, esos jugadores terminan haciendo buenos a todos los que les rodean. Ahí están Vicente Gómez o Tana, que llevaban años esperando encontrarse con la mano sabia de un maestro para poder demostrar todo el talento que atesoran. Me quedo con la sonrisa casi juvenil de Valerón cuando marcó sus dos goles, con esa alegría que uno espera de cualquier debutante. Los grandes genios saben que el único partido que vale es el que están jugando.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Los porteros que salían en las estampas
El primero era siempre el último. Casi nadie quería estar ahí cuando éramos niños. Todos queríamos correr por el campo y meter goles por la escuadra; pero luego, cuando íbamos al Estadio Insular, nos terminábamos colocando en la portería. Si hubiéramos jugado en campos de césped todos habríamos elegido el número uno para tirarnos sin miedo o para volar como veíamos que lo hacía Daniel Carnevali cuando improvisaba algunas de sus felinas palomitas.
Siempre que salía del estadio me repetía a mí mismo que al día siguiente jugaría de portero en los partidos con los amigos. Pero la realidad no se parecía a lo que había visto, y nunca aguanté más de dos encuentros seguidos recibiendo pelotazos y siendo el último, el que veía venir a los delanteros completamente solos, y el que no encontraba ninguna brizna de hierba en donde amortiguar las caídas dentro del área.
Los campos eran pedregales o canchas de cemento. Me gustaba aquella parafernalia de ponerme los guantes y las rodilleras, pero no había nada que evitara los raspones y aquel dolor tremendo que dejaba el balón de reglamento cuando estaba mojado y te golpeaba inesperadamente en la cara. Con los años sí es verdad que uno termina jugando de portero muchos días de su vida; pero ya no es tan romántico el espectáculo, ni tampoco hay nadie que te aplauda cuando logras evitar que te derroten en el último momento o en la última jugada. De aquellos tiempos recordaré siempre un partidazo de Arconada en el Insular que yo creo que nos colocó a todos en la portería durante varias semanas. Lo detenía absolutamente todo, y eso que Las Palmas ganó por dos a cero en la que fue la última temporada de Quique Wolf. Y también me viene a la memoria la sobriedad de Iribar, qué porterazo, y qué suerte teníamos los niños de entonces por poder verlos tan cerca que casi nos parecía mentira que no fueran estampas. Porque entonces todos los grandes jugadores que salían en las estampas aparecían cada sábado a las ocho y media de la noche por Fedora, como en el cine, con la misma magia que lograba que se terminaran cumpliendo todos los sueños.
Siempre que salía del estadio me repetía a mí mismo que al día siguiente jugaría de portero en los partidos con los amigos. Pero la realidad no se parecía a lo que había visto, y nunca aguanté más de dos encuentros seguidos recibiendo pelotazos y siendo el último, el que veía venir a los delanteros completamente solos, y el que no encontraba ninguna brizna de hierba en donde amortiguar las caídas dentro del área.
Los campos eran pedregales o canchas de cemento. Me gustaba aquella parafernalia de ponerme los guantes y las rodilleras, pero no había nada que evitara los raspones y aquel dolor tremendo que dejaba el balón de reglamento cuando estaba mojado y te golpeaba inesperadamente en la cara. Con los años sí es verdad que uno termina jugando de portero muchos días de su vida; pero ya no es tan romántico el espectáculo, ni tampoco hay nadie que te aplauda cuando logras evitar que te derroten en el último momento o en la última jugada. De aquellos tiempos recordaré siempre un partidazo de Arconada en el Insular que yo creo que nos colocó a todos en la portería durante varias semanas. Lo detenía absolutamente todo, y eso que Las Palmas ganó por dos a cero en la que fue la última temporada de Quique Wolf. Y también me viene a la memoria la sobriedad de Iribar, qué porterazo, y qué suerte teníamos los niños de entonces por poder verlos tan cerca que casi nos parecía mentira que no fueran estampas. Porque entonces todos los grandes jugadores que salían en las estampas aparecían cada sábado a las ocho y media de la noche por Fedora, como en el cine, con la misma magia que lograba que se terminaran cumpliendo todos los sueños.
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