lunes, 19 de febrero de 2018

La lógica del mercenario

Sandro Ramírez ni siquiera llegó a jugar en la Unión Deportiva, ni David Silva. Se los llevan desde niños, desde que marcan tres o cuatro goles en un partido de infantiles. Roque Mesa volvió al Gran Canaria, pero con la camiseta del Sevilla y después de estar unos meses en el Swansea, Vitolo jugaba el pasado año por estas fechas en el Sevilla, jugó luego en la Unión Deportiva y ahora lleva la camiseta rojiblanca del Atlético de Madrid. Y Viera, cómo no iba pasar lo que ha pasado con Viera, se va a China como hace unos años se fue a Valencia, a Vallecas o a Lieja. Este es el fútbol del siglo veintiuno, una gran casa de apuestas en la que solo ganan los que especulan.

El Sevilla es un ejemplo de adaptación a ese nuevo escenario futbolístico
El Sevilla es un ejemplo de adaptación a ese nuevo escenario futbolístico. Ha ganado varios títulos en los últimos años, pero sabe que cada éxito es una desaparición de media plantilla. No se queja. Hace caja y ficha nuevamente con criterio, con un cierto riesgo y con una planificación deportiva. Ahí está la diferencia con la Unión Deportiva. Nosotros vendemos a grandes jugadores y luego traemos mediocridades que no rinden y que se llevan ese dinero que, como mal menor, podían destinar a la cantera. Hace muchos años, antes de que existiera el equipo amarillo, los jugadores del Victoria o del Marino se iban como Viera. Entonces solían recalar en Madrid, tan lejos en aquel tiempo como ahora China. Siempre ha sido así, al igual que Las Palmas se lleva a los jugadores del Guía o del Santa Brígida sin que estos equipos puedan hacer nada por retenerlos.

Escribo todo esto porque el partido contra el Sevilla, en lugar de ser otra final, era el de la nueva despedida de Jonathan Viera, nuestro último refugio, el gran jugador, por el que valía la pena estar noventa minutos viendo un encuentro, el virguero, el creativo, el distinto, aunque contra el Sevilla fuera la sombra de sí mismo, acelerado y con la cabeza más cerca de Beijing que de Arucas. Nunca estuvimos del todo en el abismo porque estaba Jonathan Viera. Ahora solo nos queda el músculo y la fuerza, y ese es un mal consuelo con tantos meses por delante y con una plantilla, según definió nuestro entrenador, de mercenarios.

No generamos oportunidades, no jugamos a nada y además renegamos de todo lo que nos había hecho grandes, de nuestra forma de entender el fútbol, del toque, del arte y de la pausa. Sin Viera, mucho me temo que no habrá ningún titular canario en la Unión Deportiva en los próximos partidos, y esa sí es para mí la peor de las noticias, venirnos abajo y además renunciar a todo lo que fuimos. Marcamos de penalti en el minuto ochenta y uno de partido y nos anularon un gol válido en el último segundo que nos hubiera dado un punto. Hasta los árbitros se equivocan en contra de la Unión Deportiva. Todo lo demás es como un carnaval grotesco, un equipo disfrazado de amarillo que no tiene casi nada nuestro. Lo dijo Jémez, y si vas al RAE la primera acepción de mercenario que te encuentras es la siguiente: dicho de un soldado o de una tropa: Que por estipendio sirve en la guerra a un poder extranjero. En eso estamos. Con eso contamos. Y no era eso lo que queríamos los aficionados, asistir a nuestra caída con jugadores de fuera. Vicente Gómez está viendo los partidos desde la grada. Ni siquiera tiene hueco en el banquillo. Prefieren a Nacho Gil y a Jairo.

viernes, 9 de febrero de 2018

Iribar, Aguirregaray y las matemáticas

Me imagino al abuelo de Aguirregaray hablándole de Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gaínza. Y luego casi logro ver a su padre describiéndole la sobriedad de Iribar, los regates de Chechu Rojo o las faltas que tiraba Dani a la escuadra. Está claro que los ancestros de Aguirregaray no son de Huelva ni de La Gomera, y por eso intuyo que al verse jugando en el nuevo San Mamés volvería sobre la marcha a su infancia uruguaya y al eco de las palabras de esos antepasados vascos y futboleros. Y digo esto porque para mí el jugador más vasco de los que jugaron en Bilbao fue el lateral uruguayo. En los primeros siete minutos cortó un balón en su área anticipándose al delantero que se quedaba solo y se inventó un regate como los que me imagino que le contarían sus antepasados cuando hablaban de Panizo o de Manu Sarabia. Ya nos sorprendió en el partido contra el Málaga, pero en San Mamés ratificó esa impresión inicial. Y al igual que él, todo el equipo se mantuvo firme y seguro durante casi todo el encuentro.
Menos mal que los jugadores de Las Palmas que saltaron al campo nunca vieron jugar a Iribar. Es verdad que Germán le logró marcar goles inolvidables o que Mamé León lo regateó en el antiguo San Mamés en una victoria épica, pero les aseguro que para los niños de mi generación ver a Iribar vestido de negro en el Estadio Insular impresionaba y casi nos hacía creer que sería imposible encontrar un hueco por donde marcar un gol ante un hombre tan alto y tan bien colocado bajo los palos. Kepa, el actual portero del Athletic, no le va a la zaga, pero los mitos ya no son los mismos, y en la tele todos los jugadores se vuelven pequeños. Por eso los jugadores amarillos no se impresionaron cuando vieron al Chopo entregándole un trofeo a Adúriz al principio del partido. Jugaron sin complejos, sin desmoronarse en la segunda parte, teniendo opciones todo el tiempo y siendo competitivos, que no es poco después de muchos partidos viendo al conjunto amarillo como un alma en pena por el césped de los estadios que visitaba. Sumamos un punto, que no es mucho, pero que ahora mismo puede ser un potosí si seguimos ganando los partidos de casa.
La vida es un argumento que cambia en un parpadeo. El fútbol no voy a decir que sea un reflejo de la vida, pero sí diría que es un espejo en el que se termina reflejando la sociedad que tenemos en cada momento. Vivimos días trepidantes, consumistas, desmemoriados, exaltados y, sobre todo, caóticos. Pues es eso es también el fútbol, caótico y desmemoriado, un mercadeo de intereses cada día más vergonzante en donde un día te dicen que tu equipo se nutre de canteranos y al siguiente te encuentras que esos canteranos son casi todos uruguayos, nigerianos o argentinos. Y te acostumbras a ese destino proteico o tiras la toalla. Sabina cantaba que no hay más ley que la fiebre del oro en las minas del rey Salomón. Y eso es lo que también sucede en el fútbol; pero nosotros, los que vimos jugar a Germán y a Iribar, no podemos dejar de seguir a la Unión Deportiva por más que llueva, se arruine, descienda o traicione sus principios. También aprendemos que en el fútbol las matemáticas nunca son exactas. Ahora hay que ganarle al Sevilla el próximo sábado. Ya no somos aquel equipo de alfeñiques que se desmoronaba con el primer ventanero en contra.

lunes, 5 de febrero de 2018

El clavo ardiendo

La derrota era el final; el empate, casi un epílogo, y lo poco que nos quedaba era la suerte del último minuto. Y llegó esa suerte, porque el partido contra el Málaga lo decidió la suerte y el empuje de una afición que se merece que Las Palmas desafíe todas las estadísticas y todas las lógicas para quedarse entre los grandes. No lo merecen quienes han tomado las decisiones que nos tienen al borde del abismo, pero sí ese niño y ese padre que vi bajar la calle Juan de Quesada a las seis de la tarde, los dos con la bufanda amarilla, creyendo en el milagro y en que sus gritos de ánimo servirían para algo. No me gustó que Jémez dijera que quería un equipo de mercenarios: un mercenario, señor Jémez, se vende por dinero, no entiende de sentimientos ni de compromisos, y yo sigo creyendo, disculpe que sea un iluso, en que a los jugadores que no sientan los colores de un equipo se les reconoce desde que saltan al campo.
Casi ha desaparecido la cantera y durante buena parte del partido jugamos al patadón, como si fuéramos un conjunto entrenado por Maguregui o por Clemente, con Chichizola lanzando pelotazos que no llegaban a ningún destino. Ahora podría escribir que todo es maravilloso y que nos sentimos los aficionados más felices del planeta. Y claro que me siento feliz escribiendo estas líneas, pero no me gusta lo que veo en el césped, y espero que poco a poco logremos conciliar el buen juego con la victoria, porque no siempre tendremos esa suerte del último minuto. Sí es cierto que esta victoria sirve para que sigamos creyendo en lo que hace apenas unas jornadas nos parecía imposible, y es verdad, a qué negarlo, que cuando gana la Unión Deportiva uno se siente mucho más dichoso. Seguimos en Primera y tenemos la salvación a tres puntos. Queda un mundo, pero por lo menos ya sabemos que ese mundo puede ser también el nuestro.
Casi nadie elegiría un lunes laborable para su día de gloria, y menos un lunes laborable frío y lluvioso, pero así está el fútbol y así lo están matando poco a poco, alejándolo cada vez más del mito, de la épica y de la cercanía al ídolo reconocible, y lo alejan sobre todo de la infancia, porque a esa hora un niño no puede ir a compartir el destino de su equipo. También lo alejan de la fidelidad a unos colores o a unos jugadores. Me imagino a esos niños que coleccionaron las estampas de la Unión Deportiva al comienzo de la temporada buscando los nombres conocidos en el campo, porque, de repente, cuatro meses después del primer partido, uno no conoce ni a sus propios jugadores, y así, ya digo, nos alejarán cada vez más, a los niños y a los que nos nutrimos con el eco de la infancia para seguir aguantando soporíferos partidos.
Pero llegado el momento uno es capaz de confundir los molinos con gigantes para que no se acabe la fiesta, y nos olvidamos de los horarios y de las apuestas, de las audiencias y de toda esa codicia que arrasa con lo que realmente merecía la pena. Solo queríamos ganar el partido contra el Málaga. Si no hubiéramos ganado sabíamos que se terminaba un sueño. Hace semanas éramos muchos los que dábamos por perdido ese sueño, pero ya digo que al final uno se agarra al clavo ardiendo de cualquier circunstancia para que no lo descabalguen en mitad del camino.
Ayer me decía mi amigo Francisco Santana Cruz que cuando hizo la mili en Vitoria se iba a San Mamés a ver a la Unión Deportiva, y que el estadio bilbaíno estaba lleno hasta la bandera cuando jugaba el equipo amarillo. Allí decían que solo llenaban el estadio con Real Madrid, el Barcelona, la Real Sociedad y la Unión Deportiva Las Palmas. Con nosotros no buscaban la rivalidad ni la lucha por el título de Liga: lo que les llevaba al estadio era el estilismo de nuestro fútbol, la magia de nuestra cantera, el toque sutil que hacía que el balón volara sobre el barro bilbaíno. El próximo viernes regresaremos a San Mamés sin ser ya ni una sombra de todo lo que fuimos, sin el aire de cantera de aquel fútbol que sí ha logrado conservar el Athletic; pero ahora toca salvarnos y ganar en Bilbao, aunque sea otra vez en el último minuto del partido. Ojalá nos aplaudan como entonces.




domingo, 28 de enero de 2018

Como un equipo llamado Wanda

Nos aferramos a todos los milagros si no queda más remedio que creer en los milagros para salir de la ciénaga y del fracaso. Recuerdo que el pasado 6 de enero titulé mi crónica diciendo que lo de la Unión Deportiva ya no lo arreglaban ni los Reyes Magos ni la Virgen del Pino, o sea que negaba cualquier milagro y ya solo asumía el descenso como único animal de compañía en este juego de las cábalas futbolísticas. El seis a cero contra el Girona, ese baldón que no se borrará nunca de la historia amarilla, casi me dio la razón unos días más tarde. Ya entonces todos hablábamos de un equipo moribundo, sin alma, y por supuesto condenado a las galeras que quedan lejos de los focos y de los oropeles de la Liga de las estrellas.
Recuerdo que aquel 6 de enero, la comida familiar casi se convirtió en un pequeño duelo de sobremesa asumiendo ese fracaso. Mi padre, aficionado viejo, callaba, mi hermano y yo dábamos por hecho el descenso, pero la pareja de mi hermana se aferraba a esos milagros y a esos imposibles. Yo en el fútbol escribo más como forofo que como periodista, más como poeta que como cronista, y creo que es donde más aparece el niño que fui un día siguiendo el rastro de mis ídolos en las estampas o en el césped del Insular. Escribo como un aficionado, para lo bueno y para lo malo, con todo lo bueno y malo que tiene ese punto de vista. El padre de mis sobrinas, en cambio, un aficionado de Las Palmas parecido a Sergio Maccanti por su fe y su confianza en el equipo, apelaba a su condición de economista y me hablaba de números y de estados de ánimo. No se equivocaba. Bastó una pírrica victoria ante el Valencia para que le diera razón. Pasamos de la noche al día en un solo partido. Y así es el fútbol, el bendito fútbol tan lleno de imposibles en el que el Leganés elimina al Real Madrid en cuartos de final de Copa, en el Bernabéu, y en el que nosotros ya nos planteábamos hasta llegar al Wanda y ganarle al Atleti de Simeone para seguir sumando y acercándonos a esa salvación que sigue estando al alcance con toda la segunda vuelta por delante.
Me he acordado de aquella conversación con Gilberto Brito todos estos días previos al partido, y reconozco que albergaba muchas esperanzas a medida que se acercaban las horas del comienzo del encuentro. Era la primera vez que jugábamos en el Wanda Metropolitano y Las Palmas siempre escribió páginas memorables en los estadios del Atlético de Madrid, sobre todo en el Manzanares. Recordé también aquella película con un pez encerrado dentro de una pecera y con un botín que todo el mundo buscaba infructuosamente. Me recordó a la Unión Deportiva, primero porque muchas cosas de este año se parecen a una comedia de los Monty Python, y segundo porque los peces que están en las peceras confunden a veces ese espacio con todo el océano si no han conocido otras aguas; pero si vienen de otras aguas solo sueñan con salir de ese espacio claustrofóbico y acristalado en el que se nublan todas las esperanzas. Así estábamos nosotros, encerrados en esa pecera del fracaso pero sabiendo que podemos volver a nadar en el océano interminable de los días de gloria y de aplausos.
El partido contra el Málaga es más que una final. Hemos jugado otros encuentros como ese en nuestra historia. Hay que romper definitivamente el cristal de la pecera que nos tiene dando vueltas como sonámbulos desnortados que no sabían ni hacia dónde llevar la pelota desde que empezaban los partidos. Los economistas, o los que saben de números, tienen al final una fe más cercana a la del carbonero que los que nos movemos solo por lo que vamos sintiendo en cada momento. Ellos suelen mantener la calma mejor que nosotros, y ahora mismo me agarro a esas matemáticas como un clavo ardiendo.
Lo del Wanda fue un sueño que se vino abajo desde que marcó el primer gol el Atlético de Madrid, pero nuestra Liga es otra, y el enfrentamiento contra el Málaga sí que será ese partido clave con el que seguir soñando o con el que asumir que solo nos queda ver desde la pecera cómo los otros se siguen divirtiendo lejos de donde pensábamos que íbamos a estar durante muchos años.

sábado, 20 de enero de 2018

El escudo de la afición

La afición de Las Palmas no se merecía la agonía de todos estos meses, y mucho menos el ridículo de hace una semana en Montilivi; pero a veces son los grandes golpes los que consiguen que se reaccione y que se busque lo que tenía que haberse buscado hacía mucho tiempo. Hemos sido críticos, y yo mantengo esa crítica porque, por desgracia, estaba cargada de razones, de decisiones que no entendíamos y de desatinos ciertamente increíbles, algunos rozando el esperpento; pero luego está la afición, esa afición que siente los colores y el escudo, la que ha llevado al equipo en volandas durante todo el partido contra el Valencia, la que no fallará, la que sigue creyendo en el milagro de la salvación y la que se agarra a las matemáticas como si lo hiciéramos a un clavo ardiendo, porque nos da lo mismo quemarnos si los jugadores lo dan todo el campo, porque asumiríamos incluso el descenso si vemos que esos profesionales no dan ningún balón por perdido y si los que toman decisiones se muestran coherentes y no se hacen el harakiri que se han venido haciendo todos esos meses.
La primera parte se pareció a muchas de las primeras partes que hemos vivido esta temporada, pero hubo una diferencia, y fue la suerte, las oportunidades del Valencia que en otros partidos se habían convertido en goles en contra, ese azar que también juega los encuentros, sobre todo cuando te mueves en un alambre que apenas soporta el peso de nuestras zozobras. Pero quedaba la segunda la parte, la malhadada segunda parte de casi todos los partidos, pero esta vez esos segundos cuarenta y cinco minutos no nos vinimos abajo ni perseguimos las sombras que perseguimos, como fantasmas tristes, en muchos estadios. La afición lo sabía y no dejó que se asomara esa sombra en el Gran Canaria, y esta vez, por fin, el entrenador actuó con el criterio que todos esperamos a la hora de colocar a los jugadores en el campo y de elegir a los profesionales que estén más en forma y que más puedan ayudar a ganar los partidos.
Minutos antes del encuentro, bueno, durante toda la semana, he estado recibiendo mensajes de un amigo al que habría que hacerle un monumento por su optimismo, por su capacidad para encajar golpes y por su creencia en que los aficionados juegan a veces tanto como los jugadores que saltan al césped. Hablo de Sergio Maccanti, ojalá tenga razón y su fe ciega nos lleve a sumar todos los puntos necesarios para remontar y quedarnos en Primera.
Comenzamos perdiendo en los primeros compases, pero la afición, lejos de venirse abajo, alentó al equipo y gritó y saltó hasta que los jugadores volvieron a creer en sí mismos. Y en medio de todo estaba el escudo. Lo que más temíamos era el daño que se le estaba haciendo a ese escudo, al que lucieron Tonono, Guedes, Germán o Brindisi, ese escudo no merecía el oprobio que estaba sufriendo en los últimos partidos. Podemos perder o ganar, lo que no permitiremos es que se deje ese escudo a merced de la desgana, la irresponsabilidad y la desidia. Creo que esta semana, tras haber tocado fondo, por fin lo han entendido los arrogantes, los que trasnochaban y los que se creían los dueños de la finca. Quedan muchas jornadas y la salvación sigue estando lejos, como un horizonte que se pierde en la bruma, pero si se juega como se jugó contra el Valencia a lo mejor conseguimos que se disipe toda esa neblina. De momento agradecemos el compromiso, la lucha y la entrega que hemos visto en el Gran Canaria. Nosotros seguiremos soñando. No vuelvan a dejar en mal lugar ninguno de nuestros sueños imposibles. Tampoco actúen ahora como arrogantes y soberbios para callarnos la boca a los que hemos criticado lo que tuvimos que criticar si queríamos seguir siendo creíbles y coherentes. Como comprenderán, aquí perdemos todos si desciende el equipo amarillo. Y aquí estaremos todos si vuelve el criterio y la entrega, y si esto, como el día del Betis, no es flor de un día. Espero que los jugadores jueguen los partidos lejos del Gran Canaria sin dejar de escuchar a todos esos aficionados que se dejaron el alma para que ganáramos contra el Valencia. El escudo de la Unión Deportiva es su afición. No merece bajar a Segunda. Que el eco de los últimos minutos en el Gran Canaria no se quede nunca en el olvido.


viernes, 8 de diciembre de 2017

Un equipo desnortado y sin alma

¿Desastre? Sí, desastre, y no exagero. Porque no hubo intención ni entrega, porque lo del Betis solo fue un espejismo, porque no se justifica que, sabiendo lo que nos jugábamos, los jugadores saltaran al campo como si fuera un partido de trámite, una pachanga de verano, un Ramón de Carranza, ese hito histórico que nos quisieron vender y que quedará como irrisorio, como una tomadura de pelo en el palmarés de la actual Unión Deportiva Las Palmas.
Te puedes salvar jugando bien al fútbol, pero nunca te salvarás sin correr hasta el hartazgo y sin entender que nadie regala nada, que Messi con el Barça o Silva con el Manchester City no paran de correr ni de presionar todo el encuentro, que ya está bien de estas indolencias, que no nos vale un partido más o menos pasable para luego entregar las armas según saltas al campo en el partido siguiente.
Ya no está Ayestarán, ya no está Márquez, pero sí están los únicos que nos pueden salvar del descenso, los que vimos hace una semana luchar, los que tenían la pelota y hoy la entregaron al contrario lastimosamente. Mal asunto, y mal momento para el entrenador que finalmente llegue. Un equipo sin alma, eso fue lo que vimos en Mendizorroza, y sin alma no se va a ninguna parte, o se va directo a Segunda por más que nos duela a los aficionados y a quienes tratamos de mantener izada la vela del optimismo todo el tiempo.
Uno recuerda la física de Newton que estudiamos en el instituto, con una gravedad, un espacio y un tiempo que tiene poco que ver con el fútbol. No creo que Newton, de haber existido balones de fútbol, los hubiera cambiado por las manzanas para lanzarlos al aire. Yo creo que si lo hubiese hecho no habría llegado a ninguna conclusión porque los balones son relativos, casi más para la física cuántica que para la de Newton, y además son impredecibles, y da lo mismo que estén inflados correctamente y que cuenten con el mismo material sintético. No hay dos balones que sean iguales porque cada balón depende de quien lo juega y lo golpea, y de cada equipo, y de cada estadio, y hasta de cada soplo de viento. Solo así se entiende el desastre de Vitoria, porque el fútbol es más esotérico que científico, y más circunstancial que cualquiera de aquellas teorías que planteara Ortega y Gasset cuando a las botas se las llamaba borceguíes y los jugadores jugaban con un pañuelo en la cabeza como Beltrán o Quincoces.
Partiendo por tanto de ese principio de incertidumbre futbolero uno no sabía qué Unión Deportiva iba a encontrar en Mendizorroza, aunque es verdad que confiábamos en el saber estar y en la profesionalidad de Paquito Ortiz. Fue todo un referente como jugador, alguien en quien podían mirarse los canteranos, discreto, luchador, y con esa cabeza que en el mundo del fútbol se identifica con la toma de decisiones correctas y acertadas en casi todas las jugadas, pero ni Paquito puede enmendar lo que está mal hecho desde hace mucho tiempo. Qué mal se le dan a la Unión Deportiva esos estadios de lluvia y frío del norte de España. Salvando San Mamés o el Molinón, donde sí hemos escrito algunas páginas imborrables de nuestra historia, uno parece que lleva viendo el mismo partido cien veces, y si no salimos goleados de Vitoria fue por puro milagro y por las paradas de Raúl Lizoain en la segunda parte. Qué decir. Cada vez nos dejan más aliquebrados y con menos capacidad para contar algo que nos mueva a creer que habrá un cambio de rumbo. La Unión Deportiva es un equipo desnortado, sin brújula, que no sabe a dónde va ni a qué juega. Puede tener unos minutos de buen fútbol de vez en cuando, pero sin plan, sin proyecto y sin entrenador no se va a ninguna parte, o se llega donde acaban los que no creen en sí mismos hace mucho tiempo, los que carecen de amor propio, los que fracasan por no dejarlo todo en cada intento.




domingo, 3 de diciembre de 2017

Tener el balón

El fútbol es sencillo, pero lo sencillo siempre es lo más difícil de conseguir, todo eso que parece que sucede de forma natural, sin estridencias ni aspavientos, tener el balón, jugar con el balón, no perder el balón y, claro, contar con un jugador llamado Jonathan Viera, que es capaz de lograr esa sencillez que a veces parece imposible, o que nos parecía imposible en los ayestaranes días en que el balón casi no se acercaba a las botas de los jugadores amarillos.
Había que ganar. Todo lo demás era un fracaso. Seguimos en descenso, pero viendo la salvación mucho más cerca, nosotros y, sobre todo los jugadores, que en el partido contra el Betis sí jugaron como esperábamos todos desde que empezó la temporada, luchando, combinando, no dando ningún balón por perdido, comprometiéndose con el escudo y recuperando el aplauso y la ovación de unos aficionados que merecen un monumento por su constancia, su amor a los colores y su confianza en la salvación. Solo estamos en la primera semana de diciembre. No valía tirar la toalla. No valía perder de antemano. No podíamos dejar que el sueño de seguir en Primera fuera una quimera o una meta inalcanzable. Si los jugadores mantienen el compromiso demostrado en el partido contra el Betis difícilmente descenderemos, porque esos jugadores cuando quieren (y cuando les dejan) pueden ganarle a cualquier equipo en cualquier estadio.
Es cierto que a veces nos empeñamos en querer ordenar el mundo y no nos damos cuenta de que el mundo se lleva ordenando mucho antes de que llegáramos nosotros. Setién y Las Palmas llevan trazando caminos que confluyen desde hace más de dos años. Primero fueron caminos de tanteo, luego senderos exitosos y finalmente desencuentros que, sin que nadie pudiera preverlos, nos acabaron echando abajo un sueño que pensábamos que nos iba a durar muchos años.
Pero lo sorprendente, lo inesperado, si miramos un año atrás, ha sido este encuentro y esa confluencia casi imposible: nosotros sin entrenador, al borde, o más allá del borde, del abismo, y Quique Setién silbado por su afición y recién eliminado de la Copa de forma sorprendente por el Cádiz. Casi podríamos decir que había una especie de ultimátum para ambos, y si nosotros perdíamos difícilmente íbamos a poder remontar. Ganamos el partido, y además jugando por vez primera un buen fútbol, con criterio, con presión, y con intención de ganar y de que no te ganen. No entró en juego la suerte sino ese abecé del balompié que comentaba al principio: tener el balón, moverlo, mimarlo, no perderlo y marcar cuando se tiene ocasión de hacerlo. La verdad es que yo hubiera preferido que el partido hubiera finalizado en el descanso, ganando también uno a cero, para ahorrarme la agonía de la incertidumbre, pero justo en esos segundos cuarenta y cinco minutos fue cuando nuestro equipo espantó el mal fario de los últimos ocho encuentros y jugó de maravilla. Tenemos que sumar los próximos tres puntos, y los siguientes, y también los otros. Lo difícil ya se ha conseguido. Se ha logrado detener una hemorragia que parecía incontenible. Ahora hay que darse tiempo para ir cerrando las heridas, y esas magulladuras futboleras solo se curan ganando.