¿Por qué se llenan los estadios? ¿Por qué el estadio de Gran Canaria ha estado casi vacío en los dos primeros partidos y el del Zaragoza congregó a veintidós mil espectadores en un ambiente envidiable de fútbol? ¿Qué está fallando? Ni regalando los abonos a los socios de Primera se han llenado las gradas. Falla la ilusión, el ánimo, que es algo más que un cúmulo de fichajes más o menos contrastados. Falla la renuncia a la cantera y, sobre todo, la indefinición de un estilo, lo que vimos en Zaragoza, una primera parte con tres centrales como si fuéramos el equipo más timorato y con menos fe en sí mismo de la categoría. ¿Se imaginan al Barça dejando a Messi en el banquillo o a Las Palmas de Miguel Muñoz sentando a Brindisi?
Pues eso es lo que hizo Las Palmas en Zaragoza en la primera mitad, renunciar al balón, defender y dilapidar medio partido de una manera lamentable. Tras el descanso llegó el sentido común, pero no dio tiempo de arreglar el desastre. Entró Tana (nuestro Messi) y todo cambió. El fútbol se volvió canario de repente, llegó la poesía y con ella el gol y las ocasiones: o se dan cuenta de una vez de que eso es lo que queremos o terminarán jugando como el Rayo Majadahonda en el Wanda, en un estadio vacío con ecos de silencio.
Un partido de Las Palmas contra el Zaragoza en La Romareda siempre nos despertará recuerdos a los nostálgicos y a los que ya vamos cumpliendo años casi sin percatarnos de que ahora somos nosotros los padres o los abuelos que van al estadio. Te das cuenta en partidos como estos, cuando nombras al Lobo Diarte, a Violeta o a Arrúa y te miran como si estuvieras contando batallas del siglo XIX, y ni siquiera acercándote un poco más y citando a Pardeza o a Nayim llegas a los jóvenes que te escuchan como nosotros escuchábamos a nuestros padres contarnos las proezas de los Cinco Magníficos. Por tanto, aunque se juegue en Segunda, ese partido siempre traerá ecos del Carrusel Deportivo de los domingos por la tarde, aquel pitido que cuando sonaba en el campo en el que jugaba Las Palmas detenía el bullicio de las reuniones familiares. Los goles se cantaban durante varios segundos: “Gooooooooooool en la Romareda”, pero ya tú intuías, según la alegría del locutor, si era nuestro o del Zaragoza. Marcamos muchísimos goles en ese estadio que, para suerte de ellos, sigue estando en el centro mismo de la ciudad, cerca del Ebro, con el ambiente que eso genera y manteniendo la memoria intacta.
Ahora los partidos se juegan a cualquier hora del día y de la semana, y ya se acabó esa fiesta mancomunada del fútbol de los domingos por la tarde (solo cuando jugábamos fuera de casa, porque en el Insular nuestro horario era el de los sábados a las ocho y media de la noche). Y esta vez, además, nosotros somos para el Zaragoza el gran equipo a batir de la categoría, por presupuesto y por fichajes, porque por historia es, sin duda, el equipo maño el más importante.
No sabíamos cuál sería el planteamiento de Manolo Jiménez. Lo lógico es que fuéramos a ganar todos los partidos y a marcar el mayor número de goles posible. Creo que tenemos equipo para salir sin complejos y con ese ambición ciega en pos de la victoria, pero no fue así. La buena noticia de la semana ha sido la renovación de Tana, toda una garantía de buen fútbol y un pequeño oasis canterano y canario en ese centro del campo que determina el sino de tantos encuentros. Pero al igual que cuando escuchábamos a aquellos locutores cantar los goles, también en los partidos, desde que se dan los tres o cuatro primeros pases, ya casi intuyes el resultado, aunque luego sucedan esas cosas raras que vuelven ilógico al fútbol en veinte segundos o con un cambio absoluto del guion previsto.
Si no hubiera sido por Raúl Fernández no hubiera habido segunda parte porque nos habrían goleado, y jugar a ese ruleta rusa otro partido sería casi suicida. Tenía a Jiménez por un entrenador más valiente y con más fe en su plantilla. Este empate nos sabe a desidia y a derroche de talento, y así no seremos nunca ese equipo que tiene que ser diferente al resto de los equipos de la categoría, un equipo temible y sin complejos, lo que nos habían vendido, incluso con esa errada insistencia de negar la belleza y la poesía sin darse cuenta de que solo así se llenan los estadios y se ganan los partidos.
sábado, 1 de septiembre de 2018
sábado, 25 de agosto de 2018
El oxímoron y el harakiri
El fútbol es un deporte de equipo y el fútbol es, al mismo tiempo, un deporte en el que el resultado se decanta muchas veces por las individualidades. Si le fuéramos a explicar ese planteamiento a quien no hubiera visto un partido en su vida, nos tomaría por incoherentes; pero es que el fútbol también tiene mucho de incoherencia y de misterio. Podríamos decir que es como un oxímoron, un juego en equipo en el que cuando interviene Rubén Castro también se convierte en ese juego de individualidades que decía al principio. Cada balón que le llegaba en el partido contra el Albacete lo convertía en ocasión de gol, estuviera donde estuviera, así recibiera de espadas o con todo el campo por delante. Sus disparos terminaban siempre entre los tres palos, y el gol, evidentemente, era solo cuestión de tiempo. Marcó de nuevo y son sus tantos, como decían en el bolero, nuestra única esperanza.
Pero esas individualidades dependen de la eficacia de un equipo, y también de la intención, de las ganas que pongan para ganar el partido y, por supuesto, de la ambición y del juego que propongan. Si el plan es esperar a que marque Rubén y luego salir al contraataque nos irá bien si nos acompaña la suerte o si jugamos contra el Reus Deportivo. Creo que fue un error esa renuncia al balón en la segunda parte cuando ya ganábamos uno a cero. El Albacete dominó por completo el encuentro, y un equipo que aspira a ascender nunca puede dejarse dominar por el Albacete en su estadio. Cuando combinamos en la última media hora del primer tiempo, quedó demostrado que hay calidad y jugadores para proponer algo más que la verticalidad, la potencia y la puntería del delantero centro de La Isleta. Tuvimos la oportunidad de dar un golpe sobre la mesa y colocarnos al frente de la tabla con seis puntos. El calendario fue benévolo, pero luego nosotros teníamos que ganar los partidos.
Jugar dos encuentros en casa contra rivales que, en principio, no están llamados a ser protagonistas de esta Liga, parecía el mejor principio posible, pero si viene bien este empate (que nunca viene bien aunque vengan luego con la martingala de la suma de puntos) es para espabilarnos y para darnos cuenta de que no puedes bajar la guardia, ni pretender ganar con el empaque o el prestigio de tu camiseta. Llegamos a septiembre con cuatro puntos y nos citamos con el Zaragoza en la Romareda en un partido de Segunda División, porque en Primera, siguiendo con esa ilógica del fútbol, juegan el Huesca contra el Éibar, o el Leganés contra el Getafe. Ya hace tiempo que los nombres de los equipos y las supuestas grandezas históricas valen poco: lo que vale es jugar bien y tratar de ganar, contando con las individualidades y con el equipo, o lo que es lo mismo, con la suma de esfuerzos y de inteligencias. Y, por supuesto con la afición, que sigue dejando el estadio de Gran Canaria lleno de asientos vacíos. Hoy hubiera sido un buen día para volver a ilusionar a esos aficionados que no entienden por qué su equipo se empeña en hacerse el harakiri cada vez que lo tiene fácil para seguir mejorando. Ni siquiera con Rubén Castro logramos dormir tranquilos.
Pero esas individualidades dependen de la eficacia de un equipo, y también de la intención, de las ganas que pongan para ganar el partido y, por supuesto, de la ambición y del juego que propongan. Si el plan es esperar a que marque Rubén y luego salir al contraataque nos irá bien si nos acompaña la suerte o si jugamos contra el Reus Deportivo. Creo que fue un error esa renuncia al balón en la segunda parte cuando ya ganábamos uno a cero. El Albacete dominó por completo el encuentro, y un equipo que aspira a ascender nunca puede dejarse dominar por el Albacete en su estadio. Cuando combinamos en la última media hora del primer tiempo, quedó demostrado que hay calidad y jugadores para proponer algo más que la verticalidad, la potencia y la puntería del delantero centro de La Isleta. Tuvimos la oportunidad de dar un golpe sobre la mesa y colocarnos al frente de la tabla con seis puntos. El calendario fue benévolo, pero luego nosotros teníamos que ganar los partidos.
Jugar dos encuentros en casa contra rivales que, en principio, no están llamados a ser protagonistas de esta Liga, parecía el mejor principio posible, pero si viene bien este empate (que nunca viene bien aunque vengan luego con la martingala de la suma de puntos) es para espabilarnos y para darnos cuenta de que no puedes bajar la guardia, ni pretender ganar con el empaque o el prestigio de tu camiseta. Llegamos a septiembre con cuatro puntos y nos citamos con el Zaragoza en la Romareda en un partido de Segunda División, porque en Primera, siguiendo con esa ilógica del fútbol, juegan el Huesca contra el Éibar, o el Leganés contra el Getafe. Ya hace tiempo que los nombres de los equipos y las supuestas grandezas históricas valen poco: lo que vale es jugar bien y tratar de ganar, contando con las individualidades y con el equipo, o lo que es lo mismo, con la suma de esfuerzos y de inteligencias. Y, por supuesto con la afición, que sigue dejando el estadio de Gran Canaria lleno de asientos vacíos. Hoy hubiera sido un buen día para volver a ilusionar a esos aficionados que no entienden por qué su equipo se empeña en hacerse el harakiri cada vez que lo tiene fácil para seguir mejorando. Ni siquiera con Rubén Castro logramos dormir tranquilos.
domingo, 19 de agosto de 2018
Los escaldos
Todo pasado es lejano e irrecuperable. Aprendemos de él y seguimos el camino. La vida empieza siempre a cada instante. El fútbol, además de ser un gran negocio que puede morir de éxito cualquier día de estos, también es una metáfora de la vida a cada rato, sobre todo en los comienzos, cuando, de repente, olvidamos los enfados del pasado, los sueños perdidos y también los sueños conquistados. La Unión Deportiva Las Palmas comenzaba la temporada jugando contra el Reus. Hemos empezado otras Ligas con equipos aún más desconocidos y aquí estamos. Como en el día a día de cualquiera de nosotros, hay que saber que la trascendencia depende de nuestra propia actitud, y la actitud que uno notaba que transmitían los jugadores y el entrenador de Las Palmas los días previos podía ser la misma que si hubieran jugado contra el Real Madrid. En esa muda del juego que tanto se parece también a la de los pájaros, nos encontramos con la primera victoria de la temporada. No fue fácil, pero el Reus, la verdad, es que, entre las bajas y el poco empaque que tiene, apenas opuso resistencia. Ha habido muchos fichajes en Las Palmas pero, a día de hoy, y a falta de que regrese Araujo, a uno le tranquiliza encontrar un portero tan seguro como Raúl Fernández y, sobre todo, un delantero centro con la efectividad, el olfato y el buen hacer de Rubén Castro, autor de dos de los muchos goles que creo que marcará este año en Segunda División. Así se arman los equipos, con un portero que aporte seguridad y con un delantero que marque goles. De haber tenido esa dupla el pasado año, creo que ahora mismo no estaríamos en la categoría de plata.
Quienes me conocen saben que soy un defensor a carta cabal del fútbol de toque y de la cantera canaria, pero ya dije al principio que no se podía vivir del pasado y de las añoranzas. No es el fútbol que propone Jiménez el que yo elegiría para mi equipo, pero sí me parece un entrenador coherente, honesto y que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Nada que ver con los Ayestaranes o con los Jémez de tan infausto recuerdo. En el partido contra el Reus, Las Palmas salió a ganar desde el primer minuto apostando por un juego vertical, sin largas transiciones, y buscando el contraataque después de haber marcado el primer gol.
Creo que uno de los secretos de la sabiduría es ser capaz de integrar lo mejor de todo lo que conocemos. Durante la pretemporada he leído en muchas declaraciones que renunciábamos a la poesía, al juego bonito y a la belleza, y que nos decantábamos por un fútbol racial, efectivo y directo. No veo por qué se empeñan en esas separaciones tan excluyentes. Se puede ser poeta y ser guerrero, y ahí está Garcilaso de la Vega por si quieren un ejemplo. También eran grandes guerreros y mejores poetas los escaldos, unos guerreros vikingos de la Edad Media que después de guerrear glosaban las gestas de las batallas en sus poemas. De momento, somos buenos guerreros y comenzamos sumando puntos para regresar a Primera. Queda toda una Liga por delante, pero mejor empezar así, con solvencia y colocándonos en lo más alto de la tabla clasificatoria.
Quienes me conocen saben que soy un defensor a carta cabal del fútbol de toque y de la cantera canaria, pero ya dije al principio que no se podía vivir del pasado y de las añoranzas. No es el fútbol que propone Jiménez el que yo elegiría para mi equipo, pero sí me parece un entrenador coherente, honesto y que sabe lo que quiere y cómo conseguirlo. Nada que ver con los Ayestaranes o con los Jémez de tan infausto recuerdo. En el partido contra el Reus, Las Palmas salió a ganar desde el primer minuto apostando por un juego vertical, sin largas transiciones, y buscando el contraataque después de haber marcado el primer gol.
Creo que uno de los secretos de la sabiduría es ser capaz de integrar lo mejor de todo lo que conocemos. Durante la pretemporada he leído en muchas declaraciones que renunciábamos a la poesía, al juego bonito y a la belleza, y que nos decantábamos por un fútbol racial, efectivo y directo. No veo por qué se empeñan en esas separaciones tan excluyentes. Se puede ser poeta y ser guerrero, y ahí está Garcilaso de la Vega por si quieren un ejemplo. También eran grandes guerreros y mejores poetas los escaldos, unos guerreros vikingos de la Edad Media que después de guerrear glosaban las gestas de las batallas en sus poemas. De momento, somos buenos guerreros y comenzamos sumando puntos para regresar a Primera. Queda toda una Liga por delante, pero mejor empezar así, con solvencia y colocándonos en lo más alto de la tabla clasificatoria.
lunes, 7 de mayo de 2018
El vacío
Explicar el vacío no es fácil. El vacío es la carencia absoluta, la nada, el silencio, el abismo, y en el fútbol podríamos decir que es también el fracaso, la apatía, la gloria que pasó de largo, o esa extraña sensación que se asemeja a los naufragios y a las aventuras malogradas.
El vacío es un estadio en el que todos los grancanarios, los aficionados de la Unión Deportiva y los que miran al fútbol como un arcano incomprensible, pagaron un dineral para que luego jugara una Sociedad Anónima Deportiva sin ninguno de esos grancanarios en el terreno de juego, el mismo campo que vio cómo se destinaban millones de euros para quitar las pistas de atletismo con el fin de que la gente estuviera más cerca; pero la gente no quiere saber nada de lo que se aleja de la coherencia y del sentido común y futbolístico.
El vacío es un palco sin nadie que mire de frente y que asuma las consecuencias de sus prepotencias y de sus arrogancias, y también es un domingo por la tarde jugando contra el Getafe con casi todas las sillas vacías y con el alma de tu equipo arrastrándose como una sombra malvendida en las rebajas.
Qué sucedió. Pues lo inevitable: otra derrota, otro desastre, otra vergüenza. El gol del partido lo marcó el único jugador canario que saltó al campo al inicio del encuentro. Jugaba en el Getafe.
El vacío es un estadio en el que todos los grancanarios, los aficionados de la Unión Deportiva y los que miran al fútbol como un arcano incomprensible, pagaron un dineral para que luego jugara una Sociedad Anónima Deportiva sin ninguno de esos grancanarios en el terreno de juego, el mismo campo que vio cómo se destinaban millones de euros para quitar las pistas de atletismo con el fin de que la gente estuviera más cerca; pero la gente no quiere saber nada de lo que se aleja de la coherencia y del sentido común y futbolístico.
El vacío es un palco sin nadie que mire de frente y que asuma las consecuencias de sus prepotencias y de sus arrogancias, y también es un domingo por la tarde jugando contra el Getafe con casi todas las sillas vacías y con el alma de tu equipo arrastrándose como una sombra malvendida en las rebajas.
Qué sucedió. Pues lo inevitable: otra derrota, otro desastre, otra vergüenza. El gol del partido lo marcó el único jugador canario que saltó al campo al inicio del encuentro. Jugaba en el Getafe.
lunes, 23 de abril de 2018
El luto y el dinosaurio
Como en el texto de Monterroso, un día te levantas y el dinosaurio todavía está al acecho, no se ha movido, no ha pasado el tiempo, o ese tiempo te devuelve a un pretérito lejano que creías que ya había pasado para siempre. Hace un año, todos creíamos que el dinosaurio, aquellos días de Segunda A y Segunda B, pero Segunda al fin y al cabo, se habían marchado para siempre, que por fin estábamos entre los grandes y que íbamos a estar muchos años codeándonos con ellos, llenando el estadio, jugando con canteranos, disfrutando como se disfrutó del buen juego y de los resultados en los años sesenta o setenta; pero todo aquello se quedó en nada y, de repente, la carroza se convirtió en calabaza, y las banderas y las bufandas de los aficionados en bolsas de basura y en un negro que no se parece nada a aquel amarillo casi anaranjado con el que vestía la Unión Deportiva de cuando yo era niño y todavía creía que los malos no eran los que ganaban las batallas.
Esta batalla la ganaron los que no quisieron escuchar a los aficionados, y ahora, ya derrotados y descendidos, perdemos todos, los que todavía no entendemos por qué se han podido tomar las peores decisiones posibles en las mejores circunstancias, todo ese despropósito que nos ha llevado al fracaso y que ha supuesto una quiebra entre quienes mandan en el club y los aficionados (que son los que realmente mandan aunque alguien se crea el dueño sentado en la mendacidad del palco, pero lo más vergonzoso es que en el palco no estaba quien ha tomado las decisiones que nos han llevado a este desastre).
Todo lo que nos queda de aquí al final de la temporada es como una gota malaya que nos irá martirizando jornada tras jornada. Querríamos ilusionarnos con la próxima temporada, pero no solo ha sido el descenso de categoría lo que nos ha dejado aliquebrados: nos ha noqueado todavía más la traición a un proyecto, al juego bonito, a la cantera y, sobre todo, al aficionado. Ningún equipo del mundo puede vivir de espaldas a sus aficionados.
El partido contra el Alavés ya lo hemos jugado a espaldas de una afición que no merecía un desprecio como el que ha sufrido esta temporada. Fueron muchos años esperando, muchos desengaños, infinitas frustraciones. No se puede jugar de una manera tan vergonzante con la ilusión y el amor a unos colores de tanta gente. Mañana, como decía Scarlett O`Hara, será otro día, pero los días que vienen se escriben siempre en las decisiones que tomamos antes de acostarnos. Está el azar, pero miren al Sporting de Gijón, la fidelidad de su afición, el más que probable regreso a Primera o su despedida el pasado año de la categoría. Lo nuestro es otra historia. Aquí se ha ninguneado al aficionado sistemáticamente tomando decisiones que no entendía nadie. Y luego, como para desviar la atención, nos traen a un entrenador que jamás entenderá lo que significa la Unión Deportiva para muchos de nosotros. No solo descendemos sino que además pisotean nuestra imagen cada semana que pasa. Y la entrada de Jairo y de Nacho Gil en la segunda parte fue un insulto a nuestra historia, a nuestra cantera y a ese cemento que sabe mucho de fútbol, como decía Ángel Cappa, creo que mucho más de lo que se imagina Jémez. Un estadio casi vacío, unos aficionados gritando claramente lo que sentían y un descenso impensable hace un año. Comenzó a diluviar. Solo quedaba la lluvia. Todo lo demás ya era un páramo.
Esta batalla la ganaron los que no quisieron escuchar a los aficionados, y ahora, ya derrotados y descendidos, perdemos todos, los que todavía no entendemos por qué se han podido tomar las peores decisiones posibles en las mejores circunstancias, todo ese despropósito que nos ha llevado al fracaso y que ha supuesto una quiebra entre quienes mandan en el club y los aficionados (que son los que realmente mandan aunque alguien se crea el dueño sentado en la mendacidad del palco, pero lo más vergonzoso es que en el palco no estaba quien ha tomado las decisiones que nos han llevado a este desastre).
Todo lo que nos queda de aquí al final de la temporada es como una gota malaya que nos irá martirizando jornada tras jornada. Querríamos ilusionarnos con la próxima temporada, pero no solo ha sido el descenso de categoría lo que nos ha dejado aliquebrados: nos ha noqueado todavía más la traición a un proyecto, al juego bonito, a la cantera y, sobre todo, al aficionado. Ningún equipo del mundo puede vivir de espaldas a sus aficionados.
El partido contra el Alavés ya lo hemos jugado a espaldas de una afición que no merecía un desprecio como el que ha sufrido esta temporada. Fueron muchos años esperando, muchos desengaños, infinitas frustraciones. No se puede jugar de una manera tan vergonzante con la ilusión y el amor a unos colores de tanta gente. Mañana, como decía Scarlett O`Hara, será otro día, pero los días que vienen se escriben siempre en las decisiones que tomamos antes de acostarnos. Está el azar, pero miren al Sporting de Gijón, la fidelidad de su afición, el más que probable regreso a Primera o su despedida el pasado año de la categoría. Lo nuestro es otra historia. Aquí se ha ninguneado al aficionado sistemáticamente tomando decisiones que no entendía nadie. Y luego, como para desviar la atención, nos traen a un entrenador que jamás entenderá lo que significa la Unión Deportiva para muchos de nosotros. No solo descendemos sino que además pisotean nuestra imagen cada semana que pasa. Y la entrada de Jairo y de Nacho Gil en la segunda parte fue un insulto a nuestra historia, a nuestra cantera y a ese cemento que sabe mucho de fútbol, como decía Ángel Cappa, creo que mucho más de lo que se imagina Jémez. Un estadio casi vacío, unos aficionados gritando claramente lo que sentían y un descenso impensable hace un año. Comenzó a diluviar. Solo quedaba la lluvia. Todo lo demás ya era un páramo.
viernes, 20 de abril de 2018
Los espejos del esperpento
La Unión Deportiva Las Palmas es ahora mismo un esperpento, un reflejo en un espejo cóncavo como aquellos en los que se reflejaba Ramón María del Valle Inclán en el callejón del Gato. Nuestro reflejo es grotesco, distorsionado y desconocido si lo comparamos con la imagen que devolvían los espejos cuando Quique Setién era el entrenador amarillo. Contra el Betis ese esperpento se manifiesta aún más exagerado, sobre todo si miramos la clasificación o si vemos la manera de jugar que tiene el equipo verdiblanco y el caos futbolístico de la Unión Deportiva. Pero ni Setién ni nadie debería ser imprescindible en ninguna parte, nadie, ni siquiera Maradona o Messi. Un equipo de fútbol es una suma de inteligencias, de esfuerzos y de voluntades, un proyecto común, un fin que se busca planteando unos objetivos y diseñando una estrategia a corto o a largo plazo. Las Palmas no solo perdió a Setién, también perdió el romeo, el norte, la inteligencia, la coherencia, el respeto de los aficionados, la entrega de los jugadores, todo eso que luego hace que el proyecto triunfe o fracase más allá de los resultados.
La historia, además, ha hecho que también coincidiera el enfrentamiento contra el Betis con el partido más inolvidable para mi generación, aquella final de Copa con un equipo de canarios y de internacionales contrastados que llegaban a Las Palmas después de jugar Mundiales o de destacar en otros equipos. Si esos foráneos no aportan, si no han demostrado nada antes, prefiero siempre que sea un canterano el que defienda los colores de la Unión Deportiva, aunque esos canteranos también han de estar formados futbolística y, sobre todo, mentalmente, para saber qué supone vestir de azul y amarillo en Gran Canaria.
Quien quiere ganar, casi siempre gana. No es una perogrullada. Lo sabemos porque hace un año y medio éramos como ese Betis que nos ha ganado en el descuento. Nadie abandonaba el estadio de Gran Canaria y los jugadores seguían seleccionando los pases, combinando, creyendo en que la coherencia y el respeto al balón tendrían premio antes de que el árbitro pitara el final del partido. Estamos a trece puntos, que son catorce realmente, de la salvación. Si alguien me vuelve a vender el humo de sus fracasos y se agarra a las matemáticas le diría que se envalentonara en su casa o que le contara sus trolas a los que no han visto un partido de fútbol en su vida. Hablo de Paco Jémez, ese entrenador que está destrozando la poca imagen que le quedaba a la Unión Deportiva. Le pondría, aprovechando la efeméride, vídeos de Miguel Muñoz para ver si por fin entiende que entrena a un equipo que tiene su orgullo, su historia y una afición que no merece esos desplantes en las ruedas de prensa. Usted nunca puede decir que no lleva a un jugador de nuestro equipo porque no le da la gana. Eso es una falta de respeto, una insolencia, un ultraje a nuestra historia y a nuestro escudo, un tirar la toalla cuando ya no nos quedaban ni esas matemáticas que se quiebran con las incapacidades deportivas.
Cuando un escritor escribe una novela y ve que no camina hacia ninguna parte trata de rehacerla o la empieza de nuevo, es lo mismo que hace un carpintero cuando construye una mesa. Lo que jamás se debe hacer es seguir insistiendo en el error, en los callejones sin salida y en los fracasos consolidados. Lo peor no es descender, mucho peor es comprobar que no hay enmienda, que se echan la culpa unos a otros y que no vemos un atisbo de luz en ningún horizonte cercano.
En el espejo creo que también quedan las imágenes de todos los que se creyeron a salvo de sus ignominias y de sus malas andanzas: lo que creían que era perfecto ha ido mutando en el terreno de juego hasta dejar una imagen esperpéntica y alejada de aquella excelencia de los días en que la Unión Deportiva generaba ilusiones y trazaba un fútbol bello desde que el balón echaba a rodar en el campo. No ha llegado de repente este diluvio, se ha ido forjando poco a poco, y lo extraño es que no hubiera llegado mucho antes: los ayestaranes y los jémez no nacen por generación espontánea, casi podríamos decir que son un reflejo del espíritu de quien los elige. El noventa por ciento de los aficionados a la Unión Deportiva jamás hubiera dejado marchar a Setién ni habría fichado a esos entrenadores, pero el noventa por ciento de los aficionados ya no importa nada en la Unión Deportiva. Solo queremos que esto termine cuanto antes y que esa imagen se borre para siempre en una nueva temporada; pero mucho me temo que viendo lo que está planteando quien toma las decisiones finales de su propia “empresa” (y esa palabra es la clave que nos aleja del romanticismo del pasado) tendremos esperpento para muchos años.
La historia, además, ha hecho que también coincidiera el enfrentamiento contra el Betis con el partido más inolvidable para mi generación, aquella final de Copa con un equipo de canarios y de internacionales contrastados que llegaban a Las Palmas después de jugar Mundiales o de destacar en otros equipos. Si esos foráneos no aportan, si no han demostrado nada antes, prefiero siempre que sea un canterano el que defienda los colores de la Unión Deportiva, aunque esos canteranos también han de estar formados futbolística y, sobre todo, mentalmente, para saber qué supone vestir de azul y amarillo en Gran Canaria.
Quien quiere ganar, casi siempre gana. No es una perogrullada. Lo sabemos porque hace un año y medio éramos como ese Betis que nos ha ganado en el descuento. Nadie abandonaba el estadio de Gran Canaria y los jugadores seguían seleccionando los pases, combinando, creyendo en que la coherencia y el respeto al balón tendrían premio antes de que el árbitro pitara el final del partido. Estamos a trece puntos, que son catorce realmente, de la salvación. Si alguien me vuelve a vender el humo de sus fracasos y se agarra a las matemáticas le diría que se envalentonara en su casa o que le contara sus trolas a los que no han visto un partido de fútbol en su vida. Hablo de Paco Jémez, ese entrenador que está destrozando la poca imagen que le quedaba a la Unión Deportiva. Le pondría, aprovechando la efeméride, vídeos de Miguel Muñoz para ver si por fin entiende que entrena a un equipo que tiene su orgullo, su historia y una afición que no merece esos desplantes en las ruedas de prensa. Usted nunca puede decir que no lleva a un jugador de nuestro equipo porque no le da la gana. Eso es una falta de respeto, una insolencia, un ultraje a nuestra historia y a nuestro escudo, un tirar la toalla cuando ya no nos quedaban ni esas matemáticas que se quiebran con las incapacidades deportivas.
Cuando un escritor escribe una novela y ve que no camina hacia ninguna parte trata de rehacerla o la empieza de nuevo, es lo mismo que hace un carpintero cuando construye una mesa. Lo que jamás se debe hacer es seguir insistiendo en el error, en los callejones sin salida y en los fracasos consolidados. Lo peor no es descender, mucho peor es comprobar que no hay enmienda, que se echan la culpa unos a otros y que no vemos un atisbo de luz en ningún horizonte cercano.
En el espejo creo que también quedan las imágenes de todos los que se creyeron a salvo de sus ignominias y de sus malas andanzas: lo que creían que era perfecto ha ido mutando en el terreno de juego hasta dejar una imagen esperpéntica y alejada de aquella excelencia de los días en que la Unión Deportiva generaba ilusiones y trazaba un fútbol bello desde que el balón echaba a rodar en el campo. No ha llegado de repente este diluvio, se ha ido forjando poco a poco, y lo extraño es que no hubiera llegado mucho antes: los ayestaranes y los jémez no nacen por generación espontánea, casi podríamos decir que son un reflejo del espíritu de quien los elige. El noventa por ciento de los aficionados a la Unión Deportiva jamás hubiera dejado marchar a Setién ni habría fichado a esos entrenadores, pero el noventa por ciento de los aficionados ya no importa nada en la Unión Deportiva. Solo queremos que esto termine cuanto antes y que esa imagen se borre para siempre en una nueva temporada; pero mucho me temo que viendo lo que está planteando quien toma las decisiones finales de su propia “empresa” (y esa palabra es la clave que nos aleja del romanticismo del pasado) tendremos esperpento para muchos años.
domingo, 8 de abril de 2018
Derrotas, fracasos y arrogancias
La derrota nunca es bienvenida, ni siquiera cuando luchamos hasta el último aliento, tampoco cuando los hados se ponen en contra: toda derrota termina siendo un fracaso, pero luego hay fracasos y fracasos, como hay derrotas y derrotas. La de la Unión Deportiva contra el Levante es una combinación terrible de fracaso, derrota y arrogancia, la consecuencia de todo lo que se ha venido haciendo mal desde hace mucho tiempo, desde que le empezaron a mover la silla a Quique Setién, desde que, con esa arrogancia de los malos ganadores, se obvió la opinión de los aficionados y se fueron dando palos de ciego cada día más grotescos y más esperpénticos. Había quien se seguía aferrando a las matemáticas, pero las matemáticas son una ciencia exacta, tan exacta que era imposible que Las Palmas se quedara en Primera División después de todas las decisiones que se habían tomado en el último año. Lo peor es la sensación de fracaso que uno notaba en el aficionado antes de todos estos partidos en los que supuestamente nos jugábamos la vida. La gente que sabe de fútbol, y quienes miran con estupefacción lo que ha sucedido en la casa amarilla, ya fueron viendo venir lo inevitable. No es un fracaso que nos cogiera de sorpresa sino un corolario que estaba cantado hace mucho tiempo.
Hemos vivido tiempos peores, pero puede que este sea el peor de los tiempos. No corremos el riesgo de desaparecer (o eso espero), pero no veo en la isla o en las caras de los aficionados esa ilusión que hacía que nos convenciéramos año tras año de que éramos los mejores, aun contando con jugadores con los que ya sabíamos que no íbamos a ninguna parte. Lo de ahora es diferente porque teníamos todos los mimbres para quedarnos en Primera muchos años y fuimos nosotros mismos (ellos mismos) los que nos condenamos a este desastre inexplicable si no se acude a la hemeroteca. Claro que seguiremos siendo de la Unión Deportiva, eso es innegociable aunque juegue en Preferente; pero costará ilusionar de nuevo a la gente, sobre todo porque la gente, que es sabia, sabe que, llegado el momento, los de arriba actuarán como una empresa en la que importa poco la masa social y la opinión del aficionado. Eso es lo que duele y preocupa, que se apele a la afición después de haberla ninguneado, podríamos decir que groseramente, en los días de bonanza. Y todo futuro pasa por esa afición que no se merecía este descenso virtual. Un estadio vacío es lo peor que nos podría pasar en Segunda. Nos hemos convertido en un nuevo rico que no ha sabido hacer amigos por comportarse como aquellos niños insolentes que se llevaban la pelota en mitad de los encuentros.
Hemos vivido tiempos peores, pero puede que este sea el peor de los tiempos. No corremos el riesgo de desaparecer (o eso espero), pero no veo en la isla o en las caras de los aficionados esa ilusión que hacía que nos convenciéramos año tras año de que éramos los mejores, aun contando con jugadores con los que ya sabíamos que no íbamos a ninguna parte. Lo de ahora es diferente porque teníamos todos los mimbres para quedarnos en Primera muchos años y fuimos nosotros mismos (ellos mismos) los que nos condenamos a este desastre inexplicable si no se acude a la hemeroteca. Claro que seguiremos siendo de la Unión Deportiva, eso es innegociable aunque juegue en Preferente; pero costará ilusionar de nuevo a la gente, sobre todo porque la gente, que es sabia, sabe que, llegado el momento, los de arriba actuarán como una empresa en la que importa poco la masa social y la opinión del aficionado. Eso es lo que duele y preocupa, que se apele a la afición después de haberla ninguneado, podríamos decir que groseramente, en los días de bonanza. Y todo futuro pasa por esa afición que no se merecía este descenso virtual. Un estadio vacío es lo peor que nos podría pasar en Segunda. Nos hemos convertido en un nuevo rico que no ha sabido hacer amigos por comportarse como aquellos niños insolentes que se llevaban la pelota en mitad de los encuentros.
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