Baudelaire decía que había que tratar de ser sublime sin interrupción. Él se refería a la escritura, pero si se hubiera referido al fútbol habría que explicarle que lo sublime se queda en nada cuando se juega sobre un campo que no te permite dar dos pases seguidos. Se puede cambiar de entrenador, de sistema de juego, de plantilla y hasta de nombre (aunque ya decía Galeano que lo único perenne e innegociable es la afición a tu equipo de infancia). Puedes fichar a Messi o a Ronaldo, o recuperar a Germán o a Brindisi. No habría nada que hacer. A veces manda el terreno de juego. Es verdad que estaba en mejores condiciones que el día del Eibar, y que con las tormentas de los últimos días ha podido sufrir más de la cuenta, pero así no hay quien juegue al fútbol. Es como pretender tocar la Novena Sinfonía de Beethoven solo con un bombo y unos platillos. Da lo mismo que tengas las partituras. Si no tienes instrumentos, importa poco los músicos que pongas encima del escenario.
De haber estado el césped en unas condiciones aceptables, estoy seguro de que hubiéramos visto un gran partido de fútbol. Lo tenía todo, jugadores virgueros y entrenadores con una apuesta decidida por el ataque. Ese ha sido el gran cambio de la Unión Deportiva, la puesta en escena, la recuperación de jugadores como Vicente Gómez y Tana, y una intención irrenunciable de manejar la pelota y buscar el uno contra uno desde que hubiera ocasión para ello. También el Villarreal de Marcelino saltaba con esa misma intención al campo, pero luego ese propio campo aventaba cualquier atisbo de juego porque era imposible que el balón siguiera una trayectoria más o menos previsible. No había manera de combinar al primer toque, y cualquier jugada se ralentizaba y se quedaba en nada tras un control que se hacía necesario si el jugador no quería vérselas con un saltaperico dislocado entre sus piernas. Esperemos que para el partido de la Real Sociedad tengamos por fin un césped de Primera. Ese día, además, cambiará por completo el aspecto del estadio con la apertura de la Grada Sur. Ahí empieza nuestra nueva Liga y el ciclo de Quique Setién. Pero antes visitaremos el Bernabéu. Jamás hemos ganado en Chamartín, y ya saben de mi optimismo exagerado. Nunca tiro la toalla, y en el fútbol siempre digo que el Guía o el Arucas le pueden ganar al Real Madrid. A lo mejor solo sucede una vez en la vida, pero ya son muchos años de historia sin vencer en ese templo de la Castellana. No perdemos nada y tenemos mucho que ganar. Por lo menos tendremos un césped en condiciones para que se luzcan Tana, Viera, Araujo y compañía. Aquí, si no se arregla la cosa en estas dos semanas, habrá que ir pensando en jugar en La Cícer (aunque con las lluvias La Cícer está casi peor que el estadio). Solo tendríamos que tener en cuenta las mareas y colocar una grada en la Avenida de Las Canteras. Al fin y al cabo nuestro fútbol viene de la playa, y creo que se jugaría mejor allí que en un césped que tiene de césped lo que Gatusso pudo tener de Maradona.
domingo, 25 de octubre de 2015
viernes, 23 de octubre de 2015
La gran montaña
Un alpinista sabe que cuando se emprende una subida solo hay que mirar hacia arriba, sobre todo cuando las paredes son verticales y casi no tienes asideros para retornar al campo base. Lo de abajo es pasado, riesgo de vértigo, duda o indecisión en los pasos que nos queden para coronar la cima. Ahora mismo la Unión Deportiva Las Palmas es un escalador que no puede mirar hacia abajo en ningún momento. Cantaba Serrat que los que estaban en el fondo del pozo eran unos bienaventurados porque de ahí en adelante solo podían ir mejorando. No me ha gustado el cese de Paco Herrera. Uno es un sentimental, y no me olvido nunca de que ese hombre efusivo y vehemente fue el que nos sacó del abismo de una Segunda División que amenazaba con eternizar el palmarés amarillo. Pero está claro que los sentimentales no podemos tener puestos de mando. Nos temblaría el pulso y nos dejaríamos llevar siempre por los sentimientos. En esa subida de la que hablaba lo único importante ahora mismo es la Unión Deportiva. Lo dijo el propio Paco Herrera demostrando una vez más su caballerosidad y su saber estar. Por eso no entiendo a los que promueven pitadas contra nuestro propio equipo en un partido en el que nos jugamos buena parte de nuestro futuro. Dejemos los silbidos o los aplausos para final de temporada. Y no olviden que el nuevo equipo técnico no tiene culpa de lo que el propio fútbol genera con sus sus prisas clasificatorias y dinerarias.
Llega Quique Setién. Era de los futbolistas por los que valía la pena pagar una entrada: técnico, desequilibrante e impredecible, casi parecía más un jugador de la escuela canaria que de la cántabra. No hubiera desentonado nunca entre los grandes de la Unión Deportiva. Aquel fútbol que iba desentrañando el camino con regates y escorzos casi imposibles es el mismo que encontramos en el Lugo cuando lo vimos jugar. Propone el control del balón y la búsqueda de la portería contraria; pero sin asumir riesgos suicidas y valiéndose de la calidad de esos jugadores distintos que siempre marcan las diferencias. Las Palmas tiene varios jugadores así, y si él consigue darles el protagonismo y, sobre todo, hacerles creer que pueden llegar lejos, creo que, poco a poco, iremos escalando esa montaña que ahora nos parece casi inexpugnable. Hace unos días escuchaba una entrevista al actual entrenador del River Plate, el Muñeco Gallardo. Venía a decir que lo de menos era ganar o perder, y que lo importante, a veces, es dejar una impronta y un recuerdo de nuestra manera de jugar y de entender el fútbol. También me gustaría recordar lo que sucedió con Del Bosque cuando tuvo que sustituir a Luis Aragonés después de que este hubiera terminado con una sequía de títulos de muchos años. Ojalá Quique Setién sea nuestro Vicente del Bosque. Lo que sí está claro es que Paco Herrera sí será siempre nuestro Luis Aragonés, un hombre íntegro y caballeroso que nos subió al séptimo cielo de la Primera División cuando pocos confiaban ya en nosotros. No perdamos las referencias y pensemos en la Unión Deportiva. Si los aficionados no creemos en el milagro, no creerá nadie, ni siquiera los jugadores. Asumamos la realidad y la gran montaña que tenemos delante. Que sean otros los que miren para abajo.
Llega Quique Setién. Era de los futbolistas por los que valía la pena pagar una entrada: técnico, desequilibrante e impredecible, casi parecía más un jugador de la escuela canaria que de la cántabra. No hubiera desentonado nunca entre los grandes de la Unión Deportiva. Aquel fútbol que iba desentrañando el camino con regates y escorzos casi imposibles es el mismo que encontramos en el Lugo cuando lo vimos jugar. Propone el control del balón y la búsqueda de la portería contraria; pero sin asumir riesgos suicidas y valiéndose de la calidad de esos jugadores distintos que siempre marcan las diferencias. Las Palmas tiene varios jugadores así, y si él consigue darles el protagonismo y, sobre todo, hacerles creer que pueden llegar lejos, creo que, poco a poco, iremos escalando esa montaña que ahora nos parece casi inexpugnable. Hace unos días escuchaba una entrevista al actual entrenador del River Plate, el Muñeco Gallardo. Venía a decir que lo de menos era ganar o perder, y que lo importante, a veces, es dejar una impronta y un recuerdo de nuestra manera de jugar y de entender el fútbol. También me gustaría recordar lo que sucedió con Del Bosque cuando tuvo que sustituir a Luis Aragonés después de que este hubiera terminado con una sequía de títulos de muchos años. Ojalá Quique Setién sea nuestro Vicente del Bosque. Lo que sí está claro es que Paco Herrera sí será siempre nuestro Luis Aragonés, un hombre íntegro y caballeroso que nos subió al séptimo cielo de la Primera División cuando pocos confiaban ya en nosotros. No perdamos las referencias y pensemos en la Unión Deportiva. Si los aficionados no creemos en el milagro, no creerá nadie, ni siquiera los jugadores. Asumamos la realidad y la gran montaña que tenemos delante. Que sean otros los que miren para abajo.
domingo, 18 de octubre de 2015
Juguete roto
Hubo un día de junio en que encontramos el regalo que llevábamos buscando desde hacía muchos años. No sé si lo recuerdan, pero aquella alegría era indescriptible. Se parecía a la que vivíamos en la mañana de Reyes cuando encontrábamos aquellos juguetes rutilantes aún dentro de las cajas, todavía sin estrenar y con toda la ilusión intacta. El robot, el scalextric o el coche teledirigido casi nunca fallaban; pero el día que alguno de ellos lo hizo se convirtió, sin duda, en uno de los más decepcionantes de la infancia. Podía fallar porque las pilas estaban gastadas, porque los cables estaban inservibles o porque su funcionamiento era erróneo. El juguete rutilante se quedaba apagado al fondo de la casa. Así, más o menos, es como veo yo a la Unión Deportiva Las Palmas después del varapalo de anoche ante el Getafe. No había alma, y sin alma no hay nada que merezca la pena. Se puede perder, pero no se puede tirar la toalla desde el primer minuto del partido. Cada vez que el Getafe llegaba, o metía gol o fallaba de puro milagro. No había concentración ni coordinación en los marcajes, y cuando atacábamos éramos pollos sin cabeza, o lo que es lo mismo, nos fallaba, como lleva fallando toda la temporada, el centro del campo, el lugar donde se gesta el fútbol, el busilis de este deporte, el que manejaron Germán, Brindisi o Juan Carlos Valerón.
La Unión Deportiva es para miles de personas, y eso quiero que lo lean los jugadores que defienden sus colores, el juguete que más nos alegra, el sino de nuestra felicidad, la alegría o la tristeza que se acaba dibujando en muchas caras. No me olvido, y sería injusto si lo hiciera, que fueron Paco Herrera y casi todos los jugadores que integran la plantilla, los que nos regalaron un día de Reyes en una tarde inolvidable del último mes de junio. Quedan pocos motivos para el optimismo, pero quiero creer en ese entrenador y en la motivación de esos mismos jugadores. Habrá que cambiar las pilas y renovar la maquinaria. Recuerdo un momento parecido cuando subimos con Kresic y aparecieron Jorge, Ángel y Guayre. A lo mejor va siendo hora de mirar de nuevo a la cantera, de buscar a Matías y de confiar más en Vicente Gómez, en Tana o en Asdrúbal. Todo juguete es salvable, sobre todo si cuenta con una afición como la que ayer acudió al Alfonso Pérez. Será la misma, y estoy seguro que multiplicada, que acuda en breve al Bernabéu. Vienen el Villarreal y el Real Madrid. Les recuerdo que le ganamos al Sevilla, y que el Barça y el Atlético tuvieron que emplearse a fondo para derrotarnos. Ahora mismo somos un juguete roto, una especie de barco a la deriva; pero el fútbol, como la vida, da muchas vueltas, y casi todas ellas acaban pareciendo imposibles cuando pasa el tiempo. Les recuerdo también que este mismo equipo fue el que jugó hace unas semanas contra el Celta de Vigo, el que empató y pudo ganar con un jugador menos. Realmente, los juguetes que estamos rotos somos los que vemos los partidos desde las gradas o a través de las pantallas. Los otros, esos jugadores que nos representan y que escriben en el campo lo que nosotros soñamos en nuestras cabezas, pueden cambiar esta historia de arriba abajo. No sé si lo recuerdan, pero no había alegría mayor que ver funcionar un juguete que dábamos por perdido.
La Unión Deportiva es para miles de personas, y eso quiero que lo lean los jugadores que defienden sus colores, el juguete que más nos alegra, el sino de nuestra felicidad, la alegría o la tristeza que se acaba dibujando en muchas caras. No me olvido, y sería injusto si lo hiciera, que fueron Paco Herrera y casi todos los jugadores que integran la plantilla, los que nos regalaron un día de Reyes en una tarde inolvidable del último mes de junio. Quedan pocos motivos para el optimismo, pero quiero creer en ese entrenador y en la motivación de esos mismos jugadores. Habrá que cambiar las pilas y renovar la maquinaria. Recuerdo un momento parecido cuando subimos con Kresic y aparecieron Jorge, Ángel y Guayre. A lo mejor va siendo hora de mirar de nuevo a la cantera, de buscar a Matías y de confiar más en Vicente Gómez, en Tana o en Asdrúbal. Todo juguete es salvable, sobre todo si cuenta con una afición como la que ayer acudió al Alfonso Pérez. Será la misma, y estoy seguro que multiplicada, que acuda en breve al Bernabéu. Vienen el Villarreal y el Real Madrid. Les recuerdo que le ganamos al Sevilla, y que el Barça y el Atlético tuvieron que emplearse a fondo para derrotarnos. Ahora mismo somos un juguete roto, una especie de barco a la deriva; pero el fútbol, como la vida, da muchas vueltas, y casi todas ellas acaban pareciendo imposibles cuando pasa el tiempo. Les recuerdo también que este mismo equipo fue el que jugó hace unas semanas contra el Celta de Vigo, el que empató y pudo ganar con un jugador menos. Realmente, los juguetes que estamos rotos somos los que vemos los partidos desde las gradas o a través de las pantallas. Los otros, esos jugadores que nos representan y que escriben en el campo lo que nosotros soñamos en nuestras cabezas, pueden cambiar esta historia de arriba abajo. No sé si lo recuerdan, pero no había alegría mayor que ver funcionar un juguete que dábamos por perdido.
sábado, 26 de septiembre de 2015
El niño que jugaba en la arena
Un niño flaco juega en una playa de Arguineguín con un balón. Sueña mientras imita a sus ídolos en la arena. Luego ese niño se convierte en uno de los mejores jugadores del mundo y juega un Mundial, una Eurocopa, gana la Supercopa, la Copa del Rey y lo aplauden en muchos de los grandes estadios europeos. Y ese niño, que ahora es un hombre flaco, nunca deja de esbozar una sonrisa. Ha estado en el banquillo durante muchos partidos sin alzar la voz, como si fuera un recién llegado del filial. Pero la vida regala siempre grandes momentos a quien se lo merece. Si a aquel niño que jugaba en la playa, le hubieran dejado imaginar su vuelta a Primera División con la camiseta de la Unión Deportiva Las Palmas habría imitado a esa realidad que a veces se adelanta a todos nuestros sueños. Habría querido debutar en el Nou Camp y hubiera recibido una de esas ovaciones de los aficionados del equipo contrario que jamás se olvidan.
La Unión Deportiva perdía dos a cero y el Barça acababa de fallar un penalti. Un amigo me llamó romántico varias veces durante el partido, y otro me dijo que Valerón no jugaría ese día. Jugó Valerón, Las Palmas marcó el dos a uno y el Nou Camp terminó pidiendo hora y temiendo que en cualquier ataque se repitiera la historia de Germán, de León, de Niz o de Orlando. Niz decía el otro día en una magnífica entrevista con Nacho Acedo y Alberto Artiles, que por más años que pasaban siempre recordaba el momento en que marcó el uno a dos cuando veía la portería en la que batió a Sadurní tras una jugada iniciada por Guedes. Para que lo de ayer hubiera sido perfecto, tendríamos que haber empatado o ganado, y ya puestos, tendría que haber marcado Valerón; pero a veces los recuerdos no son los goles sino los grandes momentos, y ver al Flaco vestido de amarillo con el número 21 sobre el césped del Nou Camp quedará para siempre en nuestra memoria.
Su grandeza y su bonhomía la demostró una vez más al final del partido. Luis Suárez se desgañitaba protestándole al árbitro, y el Flaco, como si fuera su hermano mayor, o el capitán de su equipo, estuvo varios minutos tratando de contener y de separar al jugador uruguayo, el mismo que nos había marcado los dos goles. Esa es la grandeza de una gran persona y de un jugador distinto al resto. Por eso le aplaudieron. Por eso el gran Andrés Iniesta (el mejor heredero del juego y de los valores de Valerón) le esperó a la salida del vestuario para pedirle la camiseta. Y por eso jamás olvidaremos el partido de hoy. Da lo mismo que no lo memoricen: el recuerdo de cada uno de ustedes lo mantendrá a salvo eternamente, evocarán el día en que Juan Carlos Valerón debutó en Primera División con la Unión Deportiva, aquella tarde en la que el Barça sin Messi, pero con Neymar, Luis Suárez y compañía acabó pidiendo la hora, ese momento se quedará resguardado en el poso de romanticismos fuboleros. Y sí, como me decía mi amigo, soy un romántico, en el fútbol y en la vida, y me emocionan los gestos más que las grandilocuencias, la sonrisa de aquel niño que jugaba en la playa de Arguineguín antes que toda esa mentira que rodea el espectáculo. El espectáculo es el Flaco. Y casi todo lo demás es tedio.
La Unión Deportiva perdía dos a cero y el Barça acababa de fallar un penalti. Un amigo me llamó romántico varias veces durante el partido, y otro me dijo que Valerón no jugaría ese día. Jugó Valerón, Las Palmas marcó el dos a uno y el Nou Camp terminó pidiendo hora y temiendo que en cualquier ataque se repitiera la historia de Germán, de León, de Niz o de Orlando. Niz decía el otro día en una magnífica entrevista con Nacho Acedo y Alberto Artiles, que por más años que pasaban siempre recordaba el momento en que marcó el uno a dos cuando veía la portería en la que batió a Sadurní tras una jugada iniciada por Guedes. Para que lo de ayer hubiera sido perfecto, tendríamos que haber empatado o ganado, y ya puestos, tendría que haber marcado Valerón; pero a veces los recuerdos no son los goles sino los grandes momentos, y ver al Flaco vestido de amarillo con el número 21 sobre el césped del Nou Camp quedará para siempre en nuestra memoria.
Su grandeza y su bonhomía la demostró una vez más al final del partido. Luis Suárez se desgañitaba protestándole al árbitro, y el Flaco, como si fuera su hermano mayor, o el capitán de su equipo, estuvo varios minutos tratando de contener y de separar al jugador uruguayo, el mismo que nos había marcado los dos goles. Esa es la grandeza de una gran persona y de un jugador distinto al resto. Por eso le aplaudieron. Por eso el gran Andrés Iniesta (el mejor heredero del juego y de los valores de Valerón) le esperó a la salida del vestuario para pedirle la camiseta. Y por eso jamás olvidaremos el partido de hoy. Da lo mismo que no lo memoricen: el recuerdo de cada uno de ustedes lo mantendrá a salvo eternamente, evocarán el día en que Juan Carlos Valerón debutó en Primera División con la Unión Deportiva, aquella tarde en la que el Barça sin Messi, pero con Neymar, Luis Suárez y compañía acabó pidiendo la hora, ese momento se quedará resguardado en el poso de romanticismos fuboleros. Y sí, como me decía mi amigo, soy un romántico, en el fútbol y en la vida, y me emocionan los gestos más que las grandilocuencias, la sonrisa de aquel niño que jugaba en la playa de Arguineguín antes que toda esa mentira que rodea el espectáculo. El espectáculo es el Flaco. Y casi todo lo demás es tedio.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
Tenía que ser así
Siempre fue así. Nos crecemos ante los grandes. Quizá porque en esos partidos tenemos poco que perder y asumimos riesgos dando ese paso hacia adelante que nos refrena ante los equipos pequeños. El Sevilla siempre había sido un club como el nuestro cuando estábamos en Primera, el equipo de Biri Biri, de Montero, de Bertoni, de Scotta y más adelante también de Morete. Jugábamos la misma Liga, siempre a las puertas de la UEFA o de alguna gesta en la Copa; pero el Sevilla al que le ganamos esta noche es un grande del fútbol europeo desde hace muchos años.
Las próximas semanas lo veremos ante el Manchester City de David Silva o ante la Juventus, y hace unos días le ganó al mítico Borussia de Mönchengladbach, el mismo equipo en el que jugaron Bonhof, Simonsen, Netzer o Stilike. Ahí queríamos ver a la Unión Deportiva hace mucho tiempo, tuteando a los grandes como siempre hicimos en el Insular. Y uno celebra que esta primera victoria después de tanto tiempo lejos de Primera División haya sido ante el Sevilla. Ya estuvimos a punto de derrotar al Celta en Balaídos, el mismo Celta que hoy le ganó cuatro a uno al Barça. Nuestra historia no se entendería sin esa grandeza y esa osadía cuando estamos al borde del precipicio. Y ahora vamos al Nou Camp sin agobios y sabiendo que no tenemos nada que perder y sí mucho que ganar si damos el campanazo. Hace unos días escribía que había que tener paciencia. No siempre sucede, pero a veces el tiempo nos regala días memorables. Hoy hemos vivido uno de esos días. Han sido muchos años escribiendo lejos de donde se trazan las gestas. Esta victoria colocará el nombre de la Unión Deportiva en los medios de comunicación de todo el planeta. Le hemos ganado al campeón de la Europa League de los últimos años. Si esto nos lo cuentan hace unos meses, aún nos estaríamos pellizcando para creerlo. Hoy empieza una nueva historia. Volvemos a ganar en Primera y a sacudirnos muchos complejos. Tenemos que seguir con los pies en el suelo, o eso es lo que recomendaría la razón y el sentido común; pero esos segundos después de que acabó el partido ante el Sevilla nos han vuelto a convertir en aquellos soñadores irreductibles que sabíamos que nuestro equipo sería capaz de derrotar a cualquier plantel de estrellas que se le pusiera delante. Hoy estamos todos más felices y nos reiteramos en que el fútbol, a veces, cicatriza de repente las heridas y las derrotas de muchos años.
Las próximas semanas lo veremos ante el Manchester City de David Silva o ante la Juventus, y hace unos días le ganó al mítico Borussia de Mönchengladbach, el mismo equipo en el que jugaron Bonhof, Simonsen, Netzer o Stilike. Ahí queríamos ver a la Unión Deportiva hace mucho tiempo, tuteando a los grandes como siempre hicimos en el Insular. Y uno celebra que esta primera victoria después de tanto tiempo lejos de Primera División haya sido ante el Sevilla. Ya estuvimos a punto de derrotar al Celta en Balaídos, el mismo Celta que hoy le ganó cuatro a uno al Barça. Nuestra historia no se entendería sin esa grandeza y esa osadía cuando estamos al borde del precipicio. Y ahora vamos al Nou Camp sin agobios y sabiendo que no tenemos nada que perder y sí mucho que ganar si damos el campanazo. Hace unos días escribía que había que tener paciencia. No siempre sucede, pero a veces el tiempo nos regala días memorables. Hoy hemos vivido uno de esos días. Han sido muchos años escribiendo lejos de donde se trazan las gestas. Esta victoria colocará el nombre de la Unión Deportiva en los medios de comunicación de todo el planeta. Le hemos ganado al campeón de la Europa League de los últimos años. Si esto nos lo cuentan hace unos meses, aún nos estaríamos pellizcando para creerlo. Hoy empieza una nueva historia. Volvemos a ganar en Primera y a sacudirnos muchos complejos. Tenemos que seguir con los pies en el suelo, o eso es lo que recomendaría la razón y el sentido común; pero esos segundos después de que acabó el partido ante el Sevilla nos han vuelto a convertir en aquellos soñadores irreductibles que sabíamos que nuestro equipo sería capaz de derrotar a cualquier plantel de estrellas que se le pusiera delante. Hoy estamos todos más felices y nos reiteramos en que el fútbol, a veces, cicatriza de repente las heridas y las derrotas de muchos años.
domingo, 20 de septiembre de 2015
Paciencia y tiempo
Ese partido que todos temíamos tenía que llegar. Una noche extraña, un rival sin empaque y con poco atractivo, una resaca de un encuentro épico, ocasiones falladas que podían haber escrito el guion de otra manera y una llegada que se convierte en gol en el peor momento. Eso es lo que, más o menos, ha sucedido hoy en casa contra el Rayo Vallecano. Perdimos cero a uno contra uno de esos rivales con los que acabaremos sumando la diferencia de goles; pero creo que esto entraba dentro de lo previsible. Y ahora viene el Sevilla y luego el Barça, nada menos que los dos mejores equipos europeos del pasado año. Tocará apelar a la épica de Vigo, pero pase lo que pase hemos de tener la cabeza fría y saber que la Liga es muy larga y la moral, si no se alimenta a diario, muy endeble. Estamos peor que la semana pasada y estoy seguro de que dentro de unas semanas estaremos mucho mejor que ahora. Toca apretar los dientes y no venirse abajo. Ya sé que tiro de tópicos, pero los pesimistas ya estarán sacando todo el repertorio de tópicos derrotistas, y hay que contraatacarles con sus mismas armas. Paciencia y tiempo. Todo lo demás lo tenemos. Un día para olvidar o para seguir aprendiendo. Nos vemos el miércoles contra el Sevilla.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Tres con diez
En el fútbol las matemáticas nunca son exactas. Tampoco la lógica. Me explico: uno no vale siempre uno. A veces uno puede valer tres o seis. Las Palmas empató contra el Celta de Vigo en Balaídos. Si un seguidor de la Unión Deportiva no vio el partido y solo conoce el marcador dirá que está bien, que un empate fuera de casa es un buen resultado; pero no se imagina lo que vale realmente ese punto.
Los tres goles de Las Palmas fueron marcados con un jugador menos y cuando cualquier otro equipo se hubiera desmoronado anímicamente. Y no por quedarse con diez jugadores sino porque primero había un dos cero en contra, y cuando lograron marcar el Celta sumó otro gol y se colocó con un tres a uno que yo creo que nos dejó a casi todos asumiendo una justificada derrota. Pero los jugadores no se dieron por vencidos y tuvimos un portero que hoy se ha consagrado definitivamente. Si se confiaba en Raúl era porque el cuerpo técnico, con Cicovic y Paco Herrera a la cabeza, tenía claro que llegaría a ser un buen portero de Primera División. También se han cargado de confianza aquellos jugadores que hasta ahora no conocían la Liga de las estrellas. Ya han podido comprobar que ellos también forman parte de esa supuesta condición sideral del fútbol. Marcaron dos goles más con diez jugadores y tuvieron al Celta contra las cuerdas hasta el final del partido. Qué lástima los dos contraataques finales que no se convirtieron en gol cuando ya habíamos empatado a tres. Vuelvo a los guarismos y recuerdo el cuatro para dos en el que Wakaso conducía el balón. Pero este empate, como decía al principio, vale más que un punto. Creo que se acaban las dudas de los pesimistas y de los que decían que este equipo solo iba a recibir goleadas en Primera. Y el Celta no es un equipo del montón. Tres con diez, sin decimales, gol a gol como en esas historias en las que va sucediendo lo que nosotros deseamos. Ni en el mejor de nuestros sueños podíamos imaginar un final así cuando nos ganaban dos a cero con un jugador menos. Pero repito lo que escribía hace un rato: en el fútbol no hay matemáticas, ni lógica, ni pronóstico que valga. Agradezco a los jugadores el esfuerzo y las ganas que han puesto para que nosotros podamos seguir soñando.
Los tres goles de Las Palmas fueron marcados con un jugador menos y cuando cualquier otro equipo se hubiera desmoronado anímicamente. Y no por quedarse con diez jugadores sino porque primero había un dos cero en contra, y cuando lograron marcar el Celta sumó otro gol y se colocó con un tres a uno que yo creo que nos dejó a casi todos asumiendo una justificada derrota. Pero los jugadores no se dieron por vencidos y tuvimos un portero que hoy se ha consagrado definitivamente. Si se confiaba en Raúl era porque el cuerpo técnico, con Cicovic y Paco Herrera a la cabeza, tenía claro que llegaría a ser un buen portero de Primera División. También se han cargado de confianza aquellos jugadores que hasta ahora no conocían la Liga de las estrellas. Ya han podido comprobar que ellos también forman parte de esa supuesta condición sideral del fútbol. Marcaron dos goles más con diez jugadores y tuvieron al Celta contra las cuerdas hasta el final del partido. Qué lástima los dos contraataques finales que no se convirtieron en gol cuando ya habíamos empatado a tres. Vuelvo a los guarismos y recuerdo el cuatro para dos en el que Wakaso conducía el balón. Pero este empate, como decía al principio, vale más que un punto. Creo que se acaban las dudas de los pesimistas y de los que decían que este equipo solo iba a recibir goleadas en Primera. Y el Celta no es un equipo del montón. Tres con diez, sin decimales, gol a gol como en esas historias en las que va sucediendo lo que nosotros deseamos. Ni en el mejor de nuestros sueños podíamos imaginar un final así cuando nos ganaban dos a cero con un jugador menos. Pero repito lo que escribía hace un rato: en el fútbol no hay matemáticas, ni lógica, ni pronóstico que valga. Agradezco a los jugadores el esfuerzo y las ganas que han puesto para que nosotros podamos seguir soñando.
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