Nunca es fácil despedirse, dejar atrás vivencias, voces reconocibles, olores y ese eco que queda de los estadios que formaron parte de nuestra vida. Lo sabemos todos los que nos despedimos una vez del Insular. Cada vez que lo recordamos lo sentimos como una de esas muertes ante las que jamás hay consuelo. Solo queda conservar vivo el recuerdo y compartirlo de vez en cuando para que no nos parezca que fue una especie de delirio.
Ya el Atlético de Madrid había vivido un cambio de escenario casi igual de traumático cuando dejó el viejo Metropolitano para trasladarse al otro extremo de Madrid, junto al puente de Toledo y en la misma ribera del Manzanares. Los que hemos estado en ese estadio conservaremos el eco de los cánticos, los goles que celebramos y ese aroma a aquel fútbol añejo que cambió el blanco y negro por el color en las camisetas rojiblancas de Ufarte, Eusebio, Gárate Luis Aragonés, Ayala o Luiz Pereira. Por esos espacios en los que se movía Alfanhuí, el de las andanzas que narró Sánchez Ferlosio, también quedarán las sombras de Tonono, Germán, Roque, Brindisi o Morete. Mucho antes, en el viejo Metropolitano quedaron Silva, Mújica, Lobito Negro o Miguel el Palmero defendiendo los colores del Atlético.
Hoy, por tanto, no era un día cualquiera para los que amamos el fútbol. Viví un año casi al lado del antiguo Vicente Calderón y me iba muchas mañanas a leer el periódico en las gradas mientras entrenaba el Atlético. Simpatizo con el eterno rival del Manzanares. Lo de Las Palmas es innegociable juegue en la categoría que juegue y se enfrente a quien se enfrente. Siempre querré que gane. Pero entre los grandes mi equipo es el Real Madrid. Aun así siempre me ha caído muy bien el Atlético porque era el segundo equipo de mi padre y de toda esa generación de canarios que vieron triunfar a los isleños en el cuadro rojiblanco. Lo que sucede es que cuando se elige equipo, a los siete u ocho años, ya no hay fuerza humana o sobrenatural que nos separe de su destino. Y luego está el equipo que uno sigue antes incluso de haber nacido, el que no eliges porque es como el color de tu pelo o de tus ojos, un nexo casi místico que no sería capaz de describir con palabras. Y ese equipo, claro, es la Unión Deportiva Las Palmas.
Hoy nos despedíamos de ese estadio tan mágico y de tantos recuerdos, y lo hacíamos con un entrenador que hizo suyo ese espacio durante años y que, por tanto, querría dejar su impronta en su última visita, ese fútbol que Setién sabe que solo se graba en la memoria cuando no se traiciona ni se especula con la belleza, el esfuerzo y el divertimento. Ese era el deseo de la Unión Deportiva en un rectángulo en el que tantas veces dejó dibujadas jugadas inolvidables y marcó goles que todavía siguen resonando si cerramos un momento los ojos. Creo que merecimos por lo menos el empate, pero seguimos sin tener esa chispa que nos acerque sin complejos a la portería contraria y que nos permita rematar una y otra vez después de las combinaciones y los arabescos. Y al equipo de Simeone le basta con un gol para especular y adormecer los partidos hasta sumar los tres puntos. Nos queda la magua de no haber puntuado en esta despedida, pero aun así quedará para siempre el eco que casi hacía que las aguas del Manzanares tuvieran las revolturas del Atlántico junto con las estampas descoloridas de nuestra infancia. El fútbol hubiera sido injusto si la Unión Deportiva Las Palmas no hubiera pasado a despedirse de ese estadio siendo un grande entre los grandes.
sábado, 17 de diciembre de 2016
sábado, 10 de diciembre de 2016
Los nombres del pasado
Leganés es un nombre que nos viene bien recordar de vez en cuando para no extraviarnos con cantos de sirena. Seguiremos soñando con toda la fuerza que podamos y trataremos de convertir al fútbol en un juego de bellas combinaciones, regates y goles inolvidables. Pero no podemos olvidar que durante veinte años nuestro historial se escribió en campos del extrarradio de las grandes ciudades o de pueblos perdidos en el mapa de España. Muchos años antes, sí es cierto que esa misma historia se gestaba donde mismo la estamos trazando ahora, entre los grandes, cerca de los focos que alumbran lo épico y con esa ilusión que uno descubre cuando se acerca al estadio y contempla la mirada de quienes caminan como si buscaran un sueño cuando se asoman al césped a ver a los jugadores de la Unión Deportiva Las Palmas.
Recuerdo algunas mañanas de frío y niebla en esos campos que poco tenían que ver con nuestra historia. Por eso ahora casi me pellizco cuando veo a la Unión Deportiva jugando donde juega. Esta noche contra el Leganés creo que desenterramos buena parte de ese pasado que aún nos atemoriza cuando miramos los calendarios. Nos faltó la intención de quien sabe que persistiendo en la presión y en la magia de quienes son capaces de ver más allá de lo que tenemos delante se puede construir ese sueño que llevábamos demorando desde hacía mucho tiempo. El poeta Cesare Pavese escribía que la sorpresa era el móvil de cada descubrimiento. No sabemos lo que hay más allá del minuto siguiente o del paisaje que tenemos delante de los ojos. Y si no arriesgamos, si no embellecemos y hacemos lo que nadie espera todo se acabará volviendo monótono. Lo que nos ha atraído de Las Palmas es esa capacidad para la sorpresa que destilan jugadores como Roque, Tana o Jonathan Viera. En algunos de sus movimientos y en sus pases hay algo que ni el contrario ni quienes vemos los partidos percibimos hasta que no vemos la conclusión de la jugada o descubrimos que ese pase inesperado deja al delantero mano a mano frente al portero. Pero hoy no fue el día para ver nada de eso. Y encima el empate lo logramos con un gol en fuera de juego. Viene bien recapacitar sobre esas manipulaciones arbitrales, que nos han perjudicado contra conjuntos de grandes presupuestos como el Sevilla o el Villarreal y que nos han beneficiado jugando con equipos más pequeños como el Éibar o el Leganés.
Subimos y bajamos, así es este juego, pero uno intuye que esa contingencia que nos mueve de lugar cada semana no terminará empujándonos hacia abajo como hace años. Cada nuevo partido es una propuesta para reconducir ese sueño que tanto nos ha costado. Así ha sucedido esta temporada cada vez que nos han derrotado o que han salido partidos extraños, embarullados y raros como el de hoy. No se vence fácilmente a quienes saben hacia dónde deben dirigir sus sueños y sus pasos. García Márquez decía que la vida no era sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir. También el fútbol.
Recuerdo algunas mañanas de frío y niebla en esos campos que poco tenían que ver con nuestra historia. Por eso ahora casi me pellizco cuando veo a la Unión Deportiva jugando donde juega. Esta noche contra el Leganés creo que desenterramos buena parte de ese pasado que aún nos atemoriza cuando miramos los calendarios. Nos faltó la intención de quien sabe que persistiendo en la presión y en la magia de quienes son capaces de ver más allá de lo que tenemos delante se puede construir ese sueño que llevábamos demorando desde hacía mucho tiempo. El poeta Cesare Pavese escribía que la sorpresa era el móvil de cada descubrimiento. No sabemos lo que hay más allá del minuto siguiente o del paisaje que tenemos delante de los ojos. Y si no arriesgamos, si no embellecemos y hacemos lo que nadie espera todo se acabará volviendo monótono. Lo que nos ha atraído de Las Palmas es esa capacidad para la sorpresa que destilan jugadores como Roque, Tana o Jonathan Viera. En algunos de sus movimientos y en sus pases hay algo que ni el contrario ni quienes vemos los partidos percibimos hasta que no vemos la conclusión de la jugada o descubrimos que ese pase inesperado deja al delantero mano a mano frente al portero. Pero hoy no fue el día para ver nada de eso. Y encima el empate lo logramos con un gol en fuera de juego. Viene bien recapacitar sobre esas manipulaciones arbitrales, que nos han perjudicado contra conjuntos de grandes presupuestos como el Sevilla o el Villarreal y que nos han beneficiado jugando con equipos más pequeños como el Éibar o el Leganés.
Subimos y bajamos, así es este juego, pero uno intuye que esa contingencia que nos mueve de lugar cada semana no terminará empujándonos hacia abajo como hace años. Cada nuevo partido es una propuesta para reconducir ese sueño que tanto nos ha costado. Así ha sucedido esta temporada cada vez que nos han derrotado o que han salido partidos extraños, embarullados y raros como el de hoy. No se vence fácilmente a quienes saben hacia dónde deben dirigir sus sueños y sus pasos. García Márquez decía que la vida no era sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir. También el fútbol.
domingo, 4 de diciembre de 2016
La caraja
Hace años los vestuarios eran espacios casi sagrados. A veces se escuchaban arengas o cánticos para levantar el ánimo, pero últimamente los partidos están empezando diez minutos, ya no en el túnel que lleva al campo sino en el vestuario mismo, con los jugadores a medio vestir y los entrenadores tratando de que no olviden el trabajo de toda la semana. Hoy hubo coincidencia en los dos vestuarios. Pedían concentración, intensidad y pases fáciles en los primeros minutos, y Quique Setién, con esa flema cantábrica que casi parece inglesa, fue todavía más clarividente cuando les pidió a los jugadores que tuvieran cuidado con la caraja. No veo yo a Tana o a Jonathan Viera utilizando la palabra caraja, pero el idioma también es gestual y tiene mucho que ver con el contexto. Todos entendimos que la caraja era el despiste inicial que sufrimos en casi todos los partidos fuera de casa.
También cuando los jugadores saltaron al césped hubo otro detalle visual curioso: los del Alavés ya salían con sus camisetas, como si estuvieran deseando que empezara el partido mientras que los de la Unión Deportiva parecían que estaban en Tejeda un día de enero, con la parte de arriba del chándal y más pendientes del frío que se debía sentir en Mendizorrosa que del balón y de las porterías que ya tenían delante. La consecuencia de todo eso fue que el Alavés llegó al partido veinte minutos antes que nosotros y sobre la marcha se adelantó en el marcador con el enésimo balón aéreo que llegó a nuestra portería.
Pero el lento despertar de Las Palmas este año en los encuentros fue haciendo que poco a poco nos hiciéramos con el control del partido y que, como mismo sucedió en Pamplona, domináramos por completo la segunda parte hasta que marcó Livaja para rimar y hacer un pareado que compensara la caraja de los primeros minutos. No fue nuestro mejor partido, pero volvimos a ser un equipo solvente y bien plantado en el campo y, además, sumamos un nuevo punto. Yo creo que si todo va bien y ganamos un par de partidos más, nuestros jugadores van a darnos muchas alegrías en la segunda vuelta. De momento ya han conseguido veinte puntos, arañando de un lado y de otro, y teniendo en cuenta que nos robaron un par de partidos. Hoy marcó Livaja, pero si el jugador quiere tener continuidad en Las Palmas debe controlar sus prontos dentro y fuera del campo. No se ajusta a lo que uno espera de la Unión Deportiva, por los niños que estén viendo el partido y por la deportividad que siempre le vamos a exigir a nuestro equipo. Estoy seguro de que Setién, como buen conocedor de los códigos secretos del fútbol, lo irá metiendo en vereda poco a poco, aunque lejos de esas cámaras que no creo que les hagan mucha gracia a los entrenadores. Todos rompimos alguna vez un juguete para ver lo que tenía dentro y nos llevamos una decepción enorme. Dejemos que el juguete del fútbol se juegue en el campo. Hoy nos desvelaron medio argumento de la trama antes de empezar el encuentro. Acabó todo más o menos bien. Podíamos haber ganado perfectamente, pero volvimos a salir airosos en uno de esos estadios que sí consiguen que el fútbol siga pareciéndose a un divertido juguete de infancia.
También cuando los jugadores saltaron al césped hubo otro detalle visual curioso: los del Alavés ya salían con sus camisetas, como si estuvieran deseando que empezara el partido mientras que los de la Unión Deportiva parecían que estaban en Tejeda un día de enero, con la parte de arriba del chándal y más pendientes del frío que se debía sentir en Mendizorrosa que del balón y de las porterías que ya tenían delante. La consecuencia de todo eso fue que el Alavés llegó al partido veinte minutos antes que nosotros y sobre la marcha se adelantó en el marcador con el enésimo balón aéreo que llegó a nuestra portería.
Pero el lento despertar de Las Palmas este año en los encuentros fue haciendo que poco a poco nos hiciéramos con el control del partido y que, como mismo sucedió en Pamplona, domináramos por completo la segunda parte hasta que marcó Livaja para rimar y hacer un pareado que compensara la caraja de los primeros minutos. No fue nuestro mejor partido, pero volvimos a ser un equipo solvente y bien plantado en el campo y, además, sumamos un nuevo punto. Yo creo que si todo va bien y ganamos un par de partidos más, nuestros jugadores van a darnos muchas alegrías en la segunda vuelta. De momento ya han conseguido veinte puntos, arañando de un lado y de otro, y teniendo en cuenta que nos robaron un par de partidos. Hoy marcó Livaja, pero si el jugador quiere tener continuidad en Las Palmas debe controlar sus prontos dentro y fuera del campo. No se ajusta a lo que uno espera de la Unión Deportiva, por los niños que estén viendo el partido y por la deportividad que siempre le vamos a exigir a nuestro equipo. Estoy seguro de que Setién, como buen conocedor de los códigos secretos del fútbol, lo irá metiendo en vereda poco a poco, aunque lejos de esas cámaras que no creo que les hagan mucha gracia a los entrenadores. Todos rompimos alguna vez un juguete para ver lo que tenía dentro y nos llevamos una decepción enorme. Dejemos que el juguete del fútbol se juegue en el campo. Hoy nos desvelaron medio argumento de la trama antes de empezar el encuentro. Acabó todo más o menos bien. Podíamos haber ganado perfectamente, pero volvimos a salir airosos en uno de esos estadios que sí consiguen que el fútbol siga pareciéndose a un divertido juguete de infancia.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Cuando llega el frío
Hacía frío. Daba lo mismo donde vieras el partido. Uno temía que hasta la pantalla del televisor se volviera escarcha antes del remate de una falta o de un regate de cualquiera de nuestros jugadores. Primero había que buscar el encuentro entre decenas de canales. Hoy casi televisan hasta los entrenamientos y hay fútbol a cualquier hora que enciendas la televisión. Hace años los partidos de Copa eran una rareza porque se jugaban entre semana. Hoy la Copa parece un punto y seguido de la Liga, aunque la gran diferencia es el cruce de equipos de distintas categorías y esa condición efímera de que todo tenga que suceder en ciento ochenta minutos. No hay segundas oportunidades y sobrevives paso a paso hasta llegar adonde llegamos nosotros hace unos años. Para mi generación la Copa fue la proeza, lo más grande que hemos podido vivir como aficionados amarillos, aquella final con el penalti inexistente a favor del Barça que condicionó el partido y el golazo sin ángulo de Brindisi. Nunca he entendido a los que dicen que prefieren dejar de competir en la Copa para centrarse en la Liga. Un equipo como la Unión Deportiva debe ser copero siempre, y más si, como quiere Setién, defendemos un estilo y una forma de jugar sin complejos con la que sabemos que le podemos ganar a cualquier rival.
Me alegra comprobar que este año tenemos plantilla como afrontar con garantías las dos competiciones. Los equipos son más equipos cuando los suplentes y los titulares pueden alternarse en cualquier momento. Marcaron algunos de los olvidados, como Asdrúbal y Hernán, y todos fuimos un poco Javi Castellano cuando lo vimos saltar al campo y tocar el balón como en los días en que la Unión Deportiva se movía con sus cambios de juego y sus pases precisos.
No era fácil jugar contra el Huesca, y no solo por el frío. El conjunto oscense se mostró correoso y cuenta con jugadores de mucho talento. Logramos ser efectivos y pragmáticos durante algo más de cincuenta minutos. Ganábamos cero a dos y creíamos que la eliminatoria ya estaba decidida, pero nos relajamos más de la cuenta y recibimos un gol que quebró esa tranquilidad que se confundía con el vaho que aparecía en la pantalla cuando enfocaban a los jugadores. Luego, mientras veíamos cómo los espectadores se escondían tras las bufandas otoñales, nos marcaron el segundo tanto y nos acabamos desfondando física y moralmente. Pudimos haber perdido. El Huesca nos dominó por completo en el último tramo de partido. Quedaron en evidencia las carencias físicas y la falta de rodaje de muchos de nuestros jugadores. No será fácil eliminar al Huesca en el Gran Canaria. Ya casi no hay nada fácil en el fútbol, ni ningún guion que no cambie de repente en cualquier momento. Ya dije que hacía frío. Eso es lo que nos queda de este encuentro: una sensación gélida de noche de fútbol sin esa magia que se suele vestir de amarillo en casi todos los estadios. Nos espera el Alavés, pero ya con los titulares y con algunas lecciones aprendidas para que ese frío no hiele el fútbol que uno espera siempre de este equipo.
Me alegra comprobar que este año tenemos plantilla como afrontar con garantías las dos competiciones. Los equipos son más equipos cuando los suplentes y los titulares pueden alternarse en cualquier momento. Marcaron algunos de los olvidados, como Asdrúbal y Hernán, y todos fuimos un poco Javi Castellano cuando lo vimos saltar al campo y tocar el balón como en los días en que la Unión Deportiva se movía con sus cambios de juego y sus pases precisos.
No era fácil jugar contra el Huesca, y no solo por el frío. El conjunto oscense se mostró correoso y cuenta con jugadores de mucho talento. Logramos ser efectivos y pragmáticos durante algo más de cincuenta minutos. Ganábamos cero a dos y creíamos que la eliminatoria ya estaba decidida, pero nos relajamos más de la cuenta y recibimos un gol que quebró esa tranquilidad que se confundía con el vaho que aparecía en la pantalla cuando enfocaban a los jugadores. Luego, mientras veíamos cómo los espectadores se escondían tras las bufandas otoñales, nos marcaron el segundo tanto y nos acabamos desfondando física y moralmente. Pudimos haber perdido. El Huesca nos dominó por completo en el último tramo de partido. Quedaron en evidencia las carencias físicas y la falta de rodaje de muchos de nuestros jugadores. No será fácil eliminar al Huesca en el Gran Canaria. Ya casi no hay nada fácil en el fútbol, ni ningún guion que no cambie de repente en cualquier momento. Ya dije que hacía frío. Eso es lo que nos queda de este encuentro: una sensación gélida de noche de fútbol sin esa magia que se suele vestir de amarillo en casi todos los estadios. Nos espera el Alavés, pero ya con los titulares y con algunas lecciones aprendidas para que ese frío no hiele el fútbol que uno espera siempre de este equipo.
lunes, 28 de noviembre de 2016
La mitad del camino
Uno no sabe qué momentos serán cruciales en su vida. Cualquier mañana te levantas y puede cambiar todo tu destino. A veces intuimos esos días o sabemos que hay citas que pueden cambiar de arriba abajo esa suerte que nunca sabes de qué lado termina cayendo hasta que la moneda no llega al suelo. En el fútbol también sabemos que todo es tremendamente volátil e inesperado y que no hay equipo, por muy grandioso que haya sido, que no se haya jugado su destino en noventa minutos. No es que Las Palmas jugara un partido a vida o muerte contra el Athletic de Bilbao, pero todos intuíamos que de lo que sucediera en ese encuentro dependería el devenir de los próximos meses, la inercia que nos llevaría hacia arriba o hacia abajo en la tabla clasificatoria.
No era un lunes de noviembre por la noche el mejor día para jugarte ese salto al vacío o a las estrellas. Pero respondió la afición y, sobre todo, respondió el equipo. Y ahora sí podemos decirlo abiertamente: era muy importante el partido de esta noche. No dejamos que fuera solo la moneda la que determinara la suerte. La Unión Deportiva se empeñó en ganar con esfuerzo y talento, aun cuando todo se complicara de nuevo en los últimos minutos, justo después de que ese metrónomo llamado Roque Mesa tuviera que abandonar el campo y de que el árbitro se inventara el enésimo penalti contra el equipo amarillo. Fue entonces cuando apareció de nuevo esa estela de genialidad, picardía y sutileza que lleva consigo Jonathan Viera donde quiera que aparece. Marcó el tercer gol que cerró el partido y nos dejó en mitad de la tabla, ya mirando hacia arriba, y casi con la mitad de los puntos que necesitamos para salvarnos sin haber llegado a diciembre todavía.
No era el Bilbao el mejor equipo para reponernos del batacazo de Sevilla. Cuando yo era niño el equipo vasco me parecía siempre el conjunto más infranqueable de la Liga. Veías a Iribar y la portería parecía que se hacía pequeña cuando él estaba bajo palos. Podrán decir lo que quieran, pero sigo insistiendo en que todo buen equipo nace en la portería. Aquel Bilbao tenía al Txopo como referente, y todos los demás jugadores se mostraban igual de sobrios y seguros que el meta de Zarauz, aunque Germán siempre terminaba encontrando ese hueco casi imposible para batir al meta vasco. También fue el Athletic el que nos bajó del sueño de vivir en Primera para siempre. Aquel partido en el que descendimos y los vascos ganaron la Liga fue el peor momento que he vivido en un estadio de fútbol. Por eso casi necesitaba tocar madera antes de que comenzara el partido y precisaba que el olvido escondiera todos esos malos farios del pasado. Al fin y al cabo ya no estaba Iribar, ni jugaban Dani o Manu Sarabia en la delantera visitante.
Todo es un constante movimiento. Y en el fútbol esas corrientes son todavía más apreciables. El destino depende de un gol o de un golpe de suerte, aunque no hay milagro sin trabajo y sin una planificación previa. Tampoco sin estilo. Ese estilo no es fácil mantenerlo siempre. Hoy se volvió a dibujar en muchas fases del partido ese juego elegante y casi poético que planteó Setién desde el primer entrenamiento con la Unión Deportiva las Palmas. Poco a poco nos vamos haciendo un poco más grandes entre los grandes, y los objetivos iniciales están cada día más cerca. El fútbol convirtió el lunes en una extraña fiesta, como si fuera domingo y como si al final todo lo que soñábamos hace años se fuera haciendo realidad a medida que avanzan los partidos.
No era un lunes de noviembre por la noche el mejor día para jugarte ese salto al vacío o a las estrellas. Pero respondió la afición y, sobre todo, respondió el equipo. Y ahora sí podemos decirlo abiertamente: era muy importante el partido de esta noche. No dejamos que fuera solo la moneda la que determinara la suerte. La Unión Deportiva se empeñó en ganar con esfuerzo y talento, aun cuando todo se complicara de nuevo en los últimos minutos, justo después de que ese metrónomo llamado Roque Mesa tuviera que abandonar el campo y de que el árbitro se inventara el enésimo penalti contra el equipo amarillo. Fue entonces cuando apareció de nuevo esa estela de genialidad, picardía y sutileza que lleva consigo Jonathan Viera donde quiera que aparece. Marcó el tercer gol que cerró el partido y nos dejó en mitad de la tabla, ya mirando hacia arriba, y casi con la mitad de los puntos que necesitamos para salvarnos sin haber llegado a diciembre todavía.
No era el Bilbao el mejor equipo para reponernos del batacazo de Sevilla. Cuando yo era niño el equipo vasco me parecía siempre el conjunto más infranqueable de la Liga. Veías a Iribar y la portería parecía que se hacía pequeña cuando él estaba bajo palos. Podrán decir lo que quieran, pero sigo insistiendo en que todo buen equipo nace en la portería. Aquel Bilbao tenía al Txopo como referente, y todos los demás jugadores se mostraban igual de sobrios y seguros que el meta de Zarauz, aunque Germán siempre terminaba encontrando ese hueco casi imposible para batir al meta vasco. También fue el Athletic el que nos bajó del sueño de vivir en Primera para siempre. Aquel partido en el que descendimos y los vascos ganaron la Liga fue el peor momento que he vivido en un estadio de fútbol. Por eso casi necesitaba tocar madera antes de que comenzara el partido y precisaba que el olvido escondiera todos esos malos farios del pasado. Al fin y al cabo ya no estaba Iribar, ni jugaban Dani o Manu Sarabia en la delantera visitante.
Todo es un constante movimiento. Y en el fútbol esas corrientes son todavía más apreciables. El destino depende de un gol o de un golpe de suerte, aunque no hay milagro sin trabajo y sin una planificación previa. Tampoco sin estilo. Ese estilo no es fácil mantenerlo siempre. Hoy se volvió a dibujar en muchas fases del partido ese juego elegante y casi poético que planteó Setién desde el primer entrenamiento con la Unión Deportiva las Palmas. Poco a poco nos vamos haciendo un poco más grandes entre los grandes, y los objetivos iniciales están cada día más cerca. El fútbol convirtió el lunes en una extraña fiesta, como si fuera domingo y como si al final todo lo que soñábamos hace años se fuera haciendo realidad a medida que avanzan los partidos.
viernes, 18 de noviembre de 2016
El uno y el nueve
A veces un cambio de entrenador trae consigo una inexplicable transformación en las piernas y en la mente de los jugadores. De vez en cuando me imagino en uno de esos días en que todo sale torcido deteniendo a mi destino y pidiéndole que deje que sea otro el que marque las estrategias y los planes más o menos inmediatos. Pero no es posible, en la vida cada uno lleva a su propio entrenador de forma vitalicia, como si fuéramos aquellos equipos ingleses que cambiaban todo menos el entrenador que se sentaba cada año en el banquillo. Recuerdo a Bill Shankly, que estuvo media vida en el Liverpool, o al mismísimo Alex Ferguson, con más de veinte temporadas en Old Trafford. Aquí en España sí cambiamos a los entrenadores cada dos por tres. Nosotros fuimos beneficiados por ese cambio hace algo más de un año, y el Betis ha querido emularnos cambiando a Poyet por Víctor Sánchez del Amo. Todos temíamos ese cambio porque se generaba una incertidumbre y no sabíamos cómo iba a jugar el equipo verdiblanco o con qué intenciones saltaría al campo.
El Betis saltó al Villamarín dispuesto a ganar desde el primer minuto. Se presentó con ese traje nuevo de la intensidad y la confianza. Y hablo de confianza porque es justamente lo que le está faltando a Las Palmas en los últimos partidos. Nos marcaron dos goles idénticos, tras dos saques de esquina, en esas jugadas que casi siempre dependen de la decisión y de los movimientos de los porteros. Cuando quitas a un guardameta muchos partidos sin que medie lesión alguna le estás quitando también esa confianza necesaria para colocarse y para saber que esos balones que vuelan en el área pequeña tienen que encontrar sus puños inevitablemente. No sé qué hemos ganado jugando a cambiar porteros. Ahora mismo creo que tenemos un problema en la portería. Se ha cuestionado a los dos guardametas, y de ellos depende casi siempre el funcionamiento de todo el conjunto. Si uno mira hacia atrás sabiendo que está todo controlado, ya puede desplegar osadía y talento. Si hay inseguridad y miedo, todo eso se contagia en el subconsciente del resto de compañeros.
Hacía cuarenta años que no ganábamos al Betis en su casa. Lo hicimos con dos goles de Morete. Yo no sé cuántos goles metería hoy en día el delantero argentino si volviera a vestir la casaca amarilla; pero estoy seguro de que serían muchos, aunque ya no podría celebrarlos subiéndose a las vallas como cuando se transmutaba en aquel puma desbocado que nos levantaba a todos de nuestro asiento. Yo firmaría un cheque en blanco por un nueve como Morete. Araujo sigue sin estar y encima Livaja nos falla, aunque ya llevaba varios partidos más fuera que dentro de la cancha. Sin portero y sin delantero centro solo jugaremos a dar vueltas como el hámster que se marea dentro de la jaula. No quiero ser alarmista, pero ahora mismo urge una reacción por parte de todo el plantel amarillo. Lo del Éibar fue solo un espejismo en el último segundo del partido. Sigo confiando plenamente en el cuerpo técnico, pero hay que saber que Roque ya no es aquel jugador con espacios de cuando no nos conocían. Ahora saben hasta el número de pulsaciones de Jonathan Viera. Hay que tener otras opciones de salida, y ese camino se queda bastante tocado cuando dejas a Vicente Gómez en el banquillo. Vicente es el que viene a buscar el balón cuando a Roque le rodea medio ejército enemigo. Creo que al dejarlo en el banquillo nos cerramos nosotros mismos todas las puertas. Hoy vivimos otra noche de sombras para la Unión Deportiva. Son muchos números, pero todos sabemos que en el fútbol el uno y el nueve, además de impares, son casi siempre insustituibles si se quieren ganar partidos.
El Betis saltó al Villamarín dispuesto a ganar desde el primer minuto. Se presentó con ese traje nuevo de la intensidad y la confianza. Y hablo de confianza porque es justamente lo que le está faltando a Las Palmas en los últimos partidos. Nos marcaron dos goles idénticos, tras dos saques de esquina, en esas jugadas que casi siempre dependen de la decisión y de los movimientos de los porteros. Cuando quitas a un guardameta muchos partidos sin que medie lesión alguna le estás quitando también esa confianza necesaria para colocarse y para saber que esos balones que vuelan en el área pequeña tienen que encontrar sus puños inevitablemente. No sé qué hemos ganado jugando a cambiar porteros. Ahora mismo creo que tenemos un problema en la portería. Se ha cuestionado a los dos guardametas, y de ellos depende casi siempre el funcionamiento de todo el conjunto. Si uno mira hacia atrás sabiendo que está todo controlado, ya puede desplegar osadía y talento. Si hay inseguridad y miedo, todo eso se contagia en el subconsciente del resto de compañeros.
Hacía cuarenta años que no ganábamos al Betis en su casa. Lo hicimos con dos goles de Morete. Yo no sé cuántos goles metería hoy en día el delantero argentino si volviera a vestir la casaca amarilla; pero estoy seguro de que serían muchos, aunque ya no podría celebrarlos subiéndose a las vallas como cuando se transmutaba en aquel puma desbocado que nos levantaba a todos de nuestro asiento. Yo firmaría un cheque en blanco por un nueve como Morete. Araujo sigue sin estar y encima Livaja nos falla, aunque ya llevaba varios partidos más fuera que dentro de la cancha. Sin portero y sin delantero centro solo jugaremos a dar vueltas como el hámster que se marea dentro de la jaula. No quiero ser alarmista, pero ahora mismo urge una reacción por parte de todo el plantel amarillo. Lo del Éibar fue solo un espejismo en el último segundo del partido. Sigo confiando plenamente en el cuerpo técnico, pero hay que saber que Roque ya no es aquel jugador con espacios de cuando no nos conocían. Ahora saben hasta el número de pulsaciones de Jonathan Viera. Hay que tener otras opciones de salida, y ese camino se queda bastante tocado cuando dejas a Vicente Gómez en el banquillo. Vicente es el que viene a buscar el balón cuando a Roque le rodea medio ejército enemigo. Creo que al dejarlo en el banquillo nos cerramos nosotros mismos todas las puertas. Hoy vivimos otra noche de sombras para la Unión Deportiva. Son muchos números, pero todos sabemos que en el fútbol el uno y el nueve, además de impares, son casi siempre insustituibles si se quieren ganar partidos.
sábado, 5 de noviembre de 2016
Los relámpagos futboleros
Cada uno vive su tiempo. Y ese tiempo transita más rápido o más lento según las vivencias que vamos teniendo. Hay semanas que pasan veloces como un rayo y días que parecen meses en su lentitud casi paquidérmica. Con el fútbol sucede un poco lo mismo. Hay partidos que pasan volando y otros que parece que nunca terminan entre sopor, los balonazos y esa sensación de que ni los propios jugadores se creen el encuentro que están disputando. También hay temporadas que no dejan huella y otras de las que casi recordamos hasta los saques de esquina. Cuando pase el tiempo, de estos días que vivimos quedarán grandes recuerdos que, por suerte, también contarán con imágenes para que no nos parezcan mentira. Somos muchos los que desearíamos que hubiera referencias documentales de todos aquellos encuentros que marcaron nuestra infancia y que fueron determinantes en ese subconsciente amarillo que se nos aparece desde que escuchamos que alguien nombra a la Unión Deportiva Las Palmas.
La semana seguro que se hizo larga para Raúl Lizoain, Quique Setién y Javi Varas. Decidiera lo que decidiera el entrenador alguien iba a quedar descontento. Por eso nunca sería entrenador, porque no sé lo que saben ellos y porque a la hora de tomar esas decisiones hay que dominar esos códigos casi secretos de los vestuarios, las concentraciones y los egos que pelean cada semana por ser los protagonistas bajo los focos del estadio. Jugó Lizoain y no nos marcaron ningún gol. Y esa es siempre la gran noticia para el portero.
El partido fue extraño, con una primera parte de intenso dominio amarillo y una segunda mitad en la que fue el Éibar quien llevó el control del juego y quien dio más sensación de peligro. Durante buena parte del partido hubo tormenta en el cielo de la capital grancanaria, una extraña tormenta con muchos relámpagos y ningún trueno. Así fue el fútbol de Las Palmas, efectista y luminoso en la primera mitad, sobre todo con ese rayo incontrolable y sorprendente llamado Jonathan Viera, pero sin ruido, sin trueno, sin que pudiéramos cantar ningún gol. Pero ese estruendo nos estaba esperando al final del encuentro. Lo que habíamos sufrido otras veces, ese penalti dudoso en el descuento, hoy lo encontramos de nuestro lado. Ganamos el partido marcando un gol de penalti en el descuento. Ese es el guion que todos decimos que firmaríamos en cualquier momento. Y marcó quien puso el juego relampagueante en la primera mitad, ese mago de los destellos llamado Viera.
Ganar o perder, a pesar de lo que decía Coubertin, sí es a veces importante. El empate es tibio, como si no pasara nada, aun cuando empatas con un equipo de campanillas, o cuando ese empate era el punto que faltaba para ser campeones o salvarnos del descenso. No queda nada de los empates. Por eso se nos estaban haciendo tan largas las últimas semanas. Queríamos ganar cuanto antes, aunque todos nos calláramos y tiráramos del tópico para decir que seguíamos sumando, pero una victoria equivale a tres partidos empatados y a tres sueños que se nos quedaron a medias. Hoy ganamos al Éibar. Y todos respiramos un poco más hondo y podemos mirar de nuevo la clasificación viendo que, de repente, subimos varios puestos y que el buen juego y los puntos por fin se vuelven a poner de acuerdo.
La semana seguro que se hizo larga para Raúl Lizoain, Quique Setién y Javi Varas. Decidiera lo que decidiera el entrenador alguien iba a quedar descontento. Por eso nunca sería entrenador, porque no sé lo que saben ellos y porque a la hora de tomar esas decisiones hay que dominar esos códigos casi secretos de los vestuarios, las concentraciones y los egos que pelean cada semana por ser los protagonistas bajo los focos del estadio. Jugó Lizoain y no nos marcaron ningún gol. Y esa es siempre la gran noticia para el portero.
El partido fue extraño, con una primera parte de intenso dominio amarillo y una segunda mitad en la que fue el Éibar quien llevó el control del juego y quien dio más sensación de peligro. Durante buena parte del partido hubo tormenta en el cielo de la capital grancanaria, una extraña tormenta con muchos relámpagos y ningún trueno. Así fue el fútbol de Las Palmas, efectista y luminoso en la primera mitad, sobre todo con ese rayo incontrolable y sorprendente llamado Jonathan Viera, pero sin ruido, sin trueno, sin que pudiéramos cantar ningún gol. Pero ese estruendo nos estaba esperando al final del encuentro. Lo que habíamos sufrido otras veces, ese penalti dudoso en el descuento, hoy lo encontramos de nuestro lado. Ganamos el partido marcando un gol de penalti en el descuento. Ese es el guion que todos decimos que firmaríamos en cualquier momento. Y marcó quien puso el juego relampagueante en la primera mitad, ese mago de los destellos llamado Viera.
Ganar o perder, a pesar de lo que decía Coubertin, sí es a veces importante. El empate es tibio, como si no pasara nada, aun cuando empatas con un equipo de campanillas, o cuando ese empate era el punto que faltaba para ser campeones o salvarnos del descenso. No queda nada de los empates. Por eso se nos estaban haciendo tan largas las últimas semanas. Queríamos ganar cuanto antes, aunque todos nos calláramos y tiráramos del tópico para decir que seguíamos sumando, pero una victoria equivale a tres partidos empatados y a tres sueños que se nos quedaron a medias. Hoy ganamos al Éibar. Y todos respiramos un poco más hondo y podemos mirar de nuevo la clasificación viendo que, de repente, subimos varios puestos y que el buen juego y los puntos por fin se vuelven a poner de acuerdo.
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