sábado, 12 de marzo de 2011

El espíritu de Guedes

Propongo que la iniciativa que ha tenido hoy la Grada Naciente se repita cada partido cuando lleguemos al minuto seis. Lo hacen otros equipos con sus jugadores legendarios, y creo que los aficionados de la Unión Deportiva deberíamos recordarnos y hacerles recordar a nuestros jugadores que hubo alguien que jamás se rindió, que amaba con vehemencia los colores de su equipo y que se marchó dejando lo mejor de sí vestido con ese azul y ese amarillo que nos lleva al cielo o al infierno dependiendo de la suerte del balón. No digo que vayamos a ganar cada vez que recordemos a Juan Guedes en el minuto que se identifica con su dorsal, pero después de lo de esta tarde yo dejaría los sacerdotes y las supersticiones y me entregaría a esa memoria épica y necesaria. Sólo desde ese espíritu se puede entender la victoria de hoy. En la primera parte Barbosa nos salvó del desastre y del ridículo con un par de intervenciones magistrales, y cuando peor lo estábamos pasando Pedro Vega, a escaso metros del marcador electrónico en el que se había asomado Juan Guedes al inicio del encuentro, realizó un regate prodigioso y puso en el área pequeña un centro que sólo había que empujar a la red. Nos fuimos al descanso con una sensación extraña. Habíamos jugado de pena y sin embargo ganábamos, todo lo contrario de lo que nos había ido pasando a lo largo de casi toda la temporada. La otra clave del partido fue el planteamiento inteligente de Juan Manuel Rodríguez para no dejar que se nos escapara una victoria que no era importante, ni necesaria, ni tampoco esencial: creo que si no hubiésemos ganado hoy ya casi no teníamos nada que hacer para conservar la categoría. El entrenador amarillo supo leer el partido y dar entrada a Armiche (me sigue enamorando su juego vertical y creo que tiene mucho que decir en el futuro de la Unión Deportiva) y a Pollo (un jugador que tras el partidazo contra el Tenerife decidimos premiarlo con la suplencia en una de las decisiones más incomprensibles de la actual temporada). Bajaron a defender los jugadores ofensivos de las bandas y en toda la segunda parte el Valladolid apenas inquietó la portería de la Unión Deportiva. En el banquillo se quedó Jonathan Viera. Seríamos muy injustos si ahora empezáramos a cuestionar a un futbolista tan genial y tan imprevisible. Yo creo que la mano de Juan Manuel será clave para que no extravíe en los falsos laureles y sepa jugar en equipo con la misma humildad que demuestran cada semana genios como Xavi, Iniesta o Messi en el Barça. Lo bueno es que tenemos mimbres ofensivos como para ganar a cualquiera y que hemos acabado con una inercia que amenazaba con cercenar la creatividad y el talento de quien vistiera la camiseta amarilla. Ya con el dos a cero tras el golazo de Armiche se vio que este equipo sólo precisa confianza para alejarse del abismo y volver a la senda de las victorias. En Valladolid de acabó la racha victoriosa que pensábamos que nos iba a llevar a la Primera División. Allí se lesionó Vitolo y allí le pusimos un punto y aparte a nuestro sueño; pero paradójicamente, por ese arte de birlibirloque que a veces propone el destino, ha sido también contra el Valladolid donde hemos dejado atrás una de las peores rachas de la historia de la Unión Deportiva. Queda mucho por hacer, pero viendo el empaque del equipo esta noche volvemos a ser moderadamente optimistas. Y es que no sólo juegan los jugadores. Una tarde lluviosa, un equipo que no gana desde el pasado año y uno de los días grandes de los carnavales no fueron razones de peso para acabar con el apoyo y con el compromiso de los más de diez mil aficionados que hoy empujaron al equipo en los momentos más delicados. Nos queda un largo camino, pero creo que el Gran Canaria, visto lo de hoy, puede ser clave para mantenernos en Segunda A y plantear el año próximo con jugadores que habrán aprendido que la Liga es una asignatura que sólo se aprueba con constancia, trabajo y sabiendo manejar los altibajos. Por lo menos los aficionados sí hemos aprendido este año de los devaneos de un deporte que te encumbra o te entierra en un visto y no visto. Ni volvemos a ser el Barça de Guardiola ni somos ese equipo acabado que habíamos visto en las últimas jornadas. Estamos vivos y sabemos que la salvación depende de los jugadores y de quienes tenemos que recordarles cada minuto que visten la misma camiseta que llevó en su día Juan Guedes. Mantengamos a salvo ese minuto seis de cada partido para no volver a extraviarnos nunca más.

PD: Al revisar lo que había escrito hace un momento en el blog me apareció en Ir al golpito el mismo título. Pensé que por algún error informático me había adentrado en el blog de mi admirada Malena Millares y había puesto mi texto donde no debía. No fue así. Este título ya lo había utilizado ella hace unos días y a mí, por lo que veo, se me había grabado en el inconsciente. Podría cambiarlo, pero faltaría a la verdad. Lo dejo con el permiso de Malena porque no concibo otro mejor y más preciso que el de mi compañera de letras amarillas para describir lo que vi hoy en el Gran Canaria.

martes, 8 de marzo de 2011

Guedes


No tengo conciencia de haber visto jugar a Guedes. Sí recuerdo a León, a Germán, a Tonono, a Castellano y a muchos otros de aquel glorioso plantel de la Unión Deportiva de finales de los sesenta y principios de los setenta del siglo pasado. Sé que estuve en el estadio cuando él jugaba, pero sólo tenía tres años y no me acuerdo de nada. Lo que sí me queda es la leyenda que desde siempre estuvo unida a su nombre. Recuerdo hojear una y otra vez una revista de papel satinado que editaron el día de su partido de homenaje. La contraportada la ocupaba una foto espectacular del Estadio Insular iluminado. Esa iluminación y el olor de la hierba eran de las cosas que más nos llamaban la atención cuando íbamos al fútbol de niños. Y también la cercanía de nuestros ídolos, casi al alcance de la mano.


De Guedes recuerdo la famosa foto en Guía, junto a Tonono (otra leyenda con un destino malhadado,) acompañando a Tomasín; pero sobre todo me impresionaba el busto de bronce que te encontrabas en la zona de Preferencia. Uno, con ojos de niño, lo miraba con el mismo respeto que podría suscitar cualquier santo o cualquier prohombre que daba nombre a una plaza o a una calle, de ahí la dimensión casi legendaria de Guedes para los que éramos muy pequeños a principios de los setenta. Luego, con el paso del tiempo, siempre fue una referencia citada mil veces en el Estadio Insular, en los corrillos de mayores y en cualquier lugar de la isla en donde se hablara de fútbol. Aún hoy se le sigue recordando y comparando con los jugadores que van saliendo.

Muchos de los periodistas que vivieron en primera fila aquellos años dorados de Las Palmas sí te cuentan que el carácter del equipo lo marcaba la presencia de Juan Guedes. No paraba de gritar en el campo y de colocar a los compañeros, y no permitía que ningún jugador se durmiera en los laureles o andara medio despistado. Vendría a ser, por carácter, lo que fue durante años Guardiola en el Barcelona, Hierro en el Real Madrid o Baressi en el Milán. Además era un forofo irredento de la Unión Deportiva Las Palmas, alguien que hubiera dado la vida por sus colores. El periodista Pepe Rivero, hablándome una vez de ese compromiso de Guedes con la Unión Deportiva, me ponía un ejemplo evidente de su compromiso amarillo. Según me contaba, la mayor ilusión del jugador de Carrizal de Ingenio era llegar a ser presidente de la Unión Deportiva, ahí es nada.

En todo equipo tiene que haber alguien como Juan Guedes dando pases y alentando al resto de los jugadores. Siempre ha sido así. Todos los grandes conjuntos se han forjado con la personalidad de algún líder sobre el campo que sacara lo mejor del resto de integrantes de la plantilla. Vale que aquel equipo fue una confluencia de fenómenos casi irrepetible, pero creo que Las Palmas ha tenido muchísimos grandes jugadores que no han llegado a nada por no tener a ese líder en el terreno de juego. Hay que tirar de leyendas y de figuras como Guedes para que los jugadores sepan siempre que cuando se enfundan la camiseta de Unión Deportiva se están vistiendo con los colores de quienes daban la vida por ese amarillo que tanto contribuye a nuestras ciclotimias semanales. Son unos afortunados. Cualquiera de nosotros daría lo que fuera por vivir lo que viven ellos. Por eso no les consentimos nunca que se paseen por el campo como mercenarios a sueldo o que no se comprometan con el equipo.

Les dejo que con el enlace de este emocionante vídeo que me pasó Manuel Borrego (también la foto en color que saco aquí es de su blog (Tinta amarilla): lo tienen enlazado a la derecha de este texto). Creo que deberían mostrárselo en la caseta a los jugadores de la Unión Deportiva en todos los partidos que quedan de temporada: si no se motivan con esto y salen a ganar los encuentros no merecen vestir un minuto los colores de nuestro equipo.

http://www.youtube.com/watch?v=667PtPwRvJ0


(Esta entrada estaba programada en el blog para finales de marzo, pero tras leer el impresionante suplemento que hoy publica Canarias 7 sobre Juan Guedes, he querido sumarme a ese homenaje acercando la publicación del mismo. Mis felicitaciones al equipo de Deportes de Canarias 7 por un suplemento que guardaremos como oro en paño todos los aficionados amarillos)

domingo, 6 de marzo de 2011

Un equipo sin alma

Un equipo sin alma es un equipo moribundo, entregado, timorato e incapaz de competir. Así está ahora mismo la Unión Deportiva Las Palmas. Y además es un conjunto de hombres sin confianza, desganado, que ha aprendido a asumir con preocupante naturalidad el fracaso y la derrota. Cuando quieren reaccionar ya han encajado por lo menos tres goles. Jugar contra la Unión Deportiva es un chollo. A los rivales les basta con apretar un poco, no demasiado, y con dejar que el balón caiga cerca de la defensa amarilla. Los goles vienen solos, de cualquier parte, de cualquier modo; de hecho los ves venir desde que empieza el partido y notas que la Unión Deportiva no está ni se le espera, sobre todo cuando juega fuera de casa. Aun así esto es fútbol, y puede pasar cualquier cosa en los próximos partidos. La lógica nos hace temer lo peor. Nadie daría un duro por este equipo en estos momentos, pero tampoco nadie (y digo nadie porque el que diga lo contrario miente bellacamente) podría imaginar en el partido de la primera vuelta contra el Betis que íbamos a estar como estamos ahora mismo. Aquel encuentro fue el de la apoteosis, con una gran entrada en el Gran Canaria y con los reencuentros de muchos aficionados amarillos que regresaban eufóricos a seguir a un equipo con las miras puestas en Primera División. Si nos ponemos en aquel momento, jamás podríamos vislumbrar esta pesadilla que como una gota malaya, decepción a decepción, nos ha ido dejando al borde del precipicio. Hoy nadie (y digo nadie porque el que diga lo contrario miente bellacamente) espera que esto se reconduzca fácilmente y que volvamos a la senda del buen juego y de las victorias. Por tanto es posible que todo cambie (porque esto es fútbol, o sea es ilógico, irracional y carece de sentido) y que dentro de un mes y medio estemos tranquilamente en mitad de la tabla después de haber ganado unos cuantos encuentros seguidos. Hemos de pensar de esa manera. Estamos en el camino, y perder contra el Betis entraba dentro de lo esperado. Otra cosa es la humillación constante de las goleadas; pero ahí Juan Manuel Rodríguez tendrá que aplicarse a conciencia para atajar lo que, más que una vía de agua, es ya un torrente de despropósitos que no sabes cómo vamos a poder controlar. Confiemos en esa ilógica del fútbol que tantas veces nos ha demostrado que dos más dos nunca suman cuatro. Si les digo la verdad, me agarro a ese milagro de lo inesperado como quien se aferra a un madero en medio de un océano embravecido. Con las cartas que tenemos ahora mismo en las manos no encuentro otra manera de ganar esta partida.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Carnevali

Carnevali consiguió que muchos niños de Canarias nos colocáramos debajo de los palos. De entrada, todo niño quiere ser delantero, o como mucho centrocampista ofensivo, pero si encuentra un referente llamativo en otro lugar del campo querrá imitarlo y cambiará la tendencia natural por los mandatos de la mitomanía. En Canarias, entre Tonono, Castellano y Felipe consiguieron que también muchos niños quisiéramos ser defensas. Pero yo quería hablarles de Carnevali. Soy de los que piensan que todos los equipos que aspiren a algo tienen que contar con un portero regular, seguro y que imponga su personalidad donde se decide buena parte del destino de los partidos. La selección española no había ganado nada hasta que llegó Iker Casillas para detener el penalti en el momento clave que antes siempre acababa en gol o esa jugada que en otros Mundiales y otras Eurocopas terminaba irremisiblemente dentro de la portería. En el equipo grandioso de la Unión Deportiva que yo vi de niño ese axioma se cumplía con Daniel Carnevali, un porterazo con una personalidad increíble que, para satisfacción de los más pequeños, y a veces para desespero de los mayores, adornaba muchas de sus paradas con unas palomitas increíbles que estábamos toda la semana queriendo imitar con las consiguientes heridas en las rodillas. Hay que recordar que el único césped que había entonces en la isla era el del Insular, el del parque Doramas o el de los apartamentos del Sur. Le llamaban el gato porque sus gestos y sus reflejos eran gatunos y precisos, casi siempre resolutivos, y sobre todo estéticamente bellos. Los fotógrafos de aquellos años tuvieran la suerte de sacar fotografías prodigiosas de Carnevalli que se conservan en las hemerotecas como fiel testimonio de lo que escribo.

Por el Insular pasaron otros muchos porterazos. Siempre recordaré la sobriedad de Iribar, un arquero casi tan imbatible como su equipo: yo creo que el Athletic de Bilbao fue siempre el equipo al que más nos costó ganarle en aquellos años. Era rocoso y casi inexpugnable, y en punta tenía delanteros de una calidad ténica exquisita como Rojo I, Dani, Argote o más adelante Sarabia. Pero en el Insular vi también grandes intervenciones de Arconada, sobre todo un año que acabamos ganando a la Real Sociedad por dos a cero, con dos goles de Morete, en el que el donostiarra paraba todo lo que se le tiraba a puerta cayendo y levantándose del suelo como si todo su cuerpo estuviera recorrido por muelles. Otra actuación memorable de un portero fue la de Aguinaga cuando defendía los colores del Salamanca, o las que hacía D’Alessandro con el mismo equipo, pero de Aguinaga recuerdo un día en que parecía que el Salamanca jugaba con tres porteros en lugar de con uno, y de hecho esa temporada acabó siendo fichado por el Atlético de Madrid como portero titular. Lo bueno es que los arqueros los teníamos a escasos metros, y quizá por eso impresionaban tanto cuando volaban de un palo a otro en paradas prodigiosas. Nuestra suerte fue que durante varios años pudimos ver cada sábado a uno de esos grandes porteros en directo. En la vida y en el fútbol me gusta la gente como Carnevali. No sólo hay que parar el balón; también hay que adornar esas paradas para que todo parezca más hermoso y emocionante de lo que realmente es. A veces, por complicarlo, te puedes equivocar, pero uno perdona un error por los otros noventa y nueve momentos grandiosos que valen la pena. Sin esas recreaciones y esos riesgos el fútbol nunca se adentraría en la memoria y el recuerdo. La sobriedad siempre termina cayendo en el olvido.

sábado, 26 de febrero de 2011

Una decisión acertada

Hace dos horas terminaba mi última entrada en este blog diciendo que no entendía los empecinamientos de algunos. Por suerte, esos empecinamientos han cesado y ya podemos ver luz al final de ese túnel oscuro en el que lleva metida la Unión Deportiva desde hace tres meses. Le deseo toda la suerte del mundo a Paco Jémez, pero lo que estaba en juego era el futuro de nuestro equipo, y ante eso no caben sentimentalismos. Curiosamente Fabri, el entrenador del Granada, es quien le ha dado el metafórico tiro de gracia a Jémez tres años después de que éste le sustituyera cuando fue cesado en el Cartagena. Parece ser que el elegido para tratar de encauzar el destino de la Unión Deportiva es Juan Manuel Rodríguez. Qué les digo. Independientemente de lo que disponga el azar, considero que la decisión es acertada. Yo a Juan Manuel le tengo una admiración tremenda por el papel que jugó en el destino de muchos canteranos; pero sobre todo por su sapiencia a la hora de descubrir a Juan Carlos Valerón, que es el mejor jugador canario que yo he visto jugar al fútbol jamás. O sea, que tenemos en el banquillo a alguien que entiende mucho de fútbol y que sabe cómo se maneja la cantera. Tengo la magua de no poder ir a su estreno el próximo miércoles, pero espero que su llegada propicie la reacción de unos jugadores que se han ido acostumbrando a no ganar de una forma preocupante. Un cambio de entrenador no garantiza nada, pero en estos momentos era la única solución racional que nos quedaba. Se pone al frente del equipo alguien que siente los colores tanto como el aficionado más leal de la Unión Deportiva, y además es uno de los nuestros, de los que sabe qué fútbol queremos y qué es lo que significa la Unión Deportiva para muchos canarios. Comienza un nuevo ciclo. Creo que en la plantilla hay talento de sobra para mantenernos sin problemas en Segunda y para aspirar a mejores objetivos en próximas temporadas. Ojalá tenga suerte y coincidamos celebrando muchas victorias amarillas. De momento, urge ganarle al Recreativo para terminar con una dinámica que sólo nos puede conducir al descenso. Mucha suerte.

¿De qué hablamos cuando hablamos de vergüenza?

No merecen esa falta de respeto Mujica, Alfonso Silva, Juan Guedes o Tonono. No la merecen los que hicieron grande a este club vistiendo la camiseta amarilla, ni nuestros abuelos, ni nuestros recuerdos, ni ninguno de los miles de aficionados que viven pendientes del destino de la Unión Deportiva Las Palmas en cualquier parte del planeta. Lo de Alcorcón fue una vergüenza; lo de hoy supera el ridículo. Podría escribir esperpento, pero es una palabra demasiado literaria para expresar el enfado y la desazón que sentimos casi todos los seguidores de la Unión Deportiva.

No me sirve el argumento de que aún no ocupamos posiciones de descenso. Estamos sufriendo una humillación casi semanal de la que tendremos que rendir cuentas en el futuro. Ya no nos vale ni siquiera el talento. El equipo se muestra inmaduro, no está trabajado en defensa ni en jugadas a balón parado y hace aguas en todo lo relacionado con la organización. ¿Qué le salva? Lo que no tiene que ver con la lógica que depende del entrenador. No creo que haya ningún equipo de Segunda (y en Primera serían contados) con un jugador que se inventa un rabo de vaca antes de un gol y que da un pase de tacón que sólo te esperarías en la selección de Brasil del Mundial 82, en el Barça de Guardiola o en la selección española que ganó el último campeonato del Mundo. Un equipo que cuenta con un jugador como Jonathan Viera no puede perder cinco a dos jamás en la vida. Y mucho menos cuando ese equipo juega con un jugador más ganando por uno a dos. Lo del principio de temporada fue fruto de ese talento canterano. Vitolo, Viera, Aythami, Armiche, Vicente Gómez y compañía vienen del esfuerzo de entrenadores anónimos de nuestros pueblos y de nuestros barrios, y también del trabajo de los responsables de la cantera amarilla. Desde que se demanda organización de equipo, empaque defensivo o racionalidad en lo que se hace estamos perdidos, desorientados, y parecemos guiñapos a merced de cualquier contrario, ya sea éste un conjunto apañado como el Alcorcón o esa supuesta “mejor plantilla de Segunda” que tiene el Granada. No se merecen este escarnio los aficionados amarillos. No sé si Jémez se dedicará otra vez a atacar a los que hemos criticado el juego amarillo en los últimos partidos. Hubo fallos puntuales realmente calamitosos que no tuvieron nada que ver con el entrenador, pero un equipo gobernado con criterio y bien trabajado jamás se desmigajaría como lo ha hecho hoy la Unión Deportiva. No se entiende, por ejemplo, que cuando se requería una solución sacara al jugador creativo del campo y apostara otra vez por el patadón a Quiroga, toda una fidelidad al sistema. En el cuerpo humano, y en cualquier equipo, la carencia de un cerebro que organice conduce al desastre. Cuando vi salir a David González (entiendo que el cambio de Josico sería por algún problema físico, porque si no sí que estaríamos hablando de un nuevo harakiri) ya sabía que estaba todo perdido. Sólo quedaba por ver cuántos goles más encajaríamos jugando con superioridad numérica. Una cosa de locos. Y voy a parar porque escribo esto como aficionado, no como periodista ni como escritor, y a cualquier aficionado de Las Palmas que le pusieras un teclado en estos momentos se le saltarían las letras (y seguro que también los improperios) por el cabreo y por la vergüenza que acaban de sufrir.

No podré asistir al partido ante el Recreativo el próximo miércoles, pero creo que si no se cambia cuanto antes a quien capitanea este barco a la deriva nos vamos directos a Segunda B. Da lo mismo que pasemos a los puestos de descenso más adelante. Un equipo deslavazado y roto siempre estará condenado al naufragio. Ni Messi, ni Jonathan Viera pueden hacer nada cuando desde el banquillo no se aportan soluciones coherentes. Mientras tomaba notas durante el partido escribí que sólo por la cola de vaca del gol y por el pase de tacón de Jonathan Viera valía la pena perder en casa una tarde luminosa como la que había hoy en Gran Canaria. No, no vale la pena. Encajar cinco goles ofreciendo una imagen lamentable echa abajo hasta esos destellos inolvidables. Urgen soluciones. Por encima de todo está la Unión Deportiva Las Palmas. Lo que estamos consintiendo en los últimos partidos es una vergüenza para el club, para quienes lo hicieron grande y para todos los que sufrimos viendo a nuestro equipo ofrecer una imagen como la de esta tarde en Granada. Deberían cambiarle el estribillo al pasodoble de inmediato. Granada ya no sólo está ensangrentada por sangre de toros. Lo que se desangra junto a La Alhambra también es amarillo, y esa es una herida que nos duele a todos. Hoy somos un poco Boabdil y casi lloramos como niños lo que otros no supieron defender nunca como hombres. Disculpen los tópicos; pero es lo único que queda cuando no se encuentran razones para entender algunos empecinamientos.


Nota: En el título me apoyo en Carver (¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?) y en Murakami (De qué hablo cuando hablo de correr?). En este caso me sirven esas referencias para preguntar por la vergüenza y por sus posibles consecuencias.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La grada

No es que cuando vamos al fútbol cambiemos de carácter o de forma de ser. Sencillamente somos otros. No hay directores de bancos, fontaneros, periodistas, parados o policías. Desde que nos sentamos en la grada quedamos a merced del azar, de los recuerdos y de los sueños. Otros, en cambio, a los que deberían no dejar entrar en un estadio, vienen sólo a gritarle al jugador que falla una jugada o a insultar al árbitro por no poder cantarle nunca las cuarenta a la cara a su jefe o al propio destino. El futbolista, hay que reconocerlo, tiene un trabajo delicado. Usted o yo nos equivocamos o acertamos en nuestro quehacer diario y no tenemos a miles de personas recriminando o aplaudiendo nuestro proceder. Hace falta tener nervios de acero y la cabeza muy bien amueblada para no desnortarse en esos extremismos populares. Pero por suerte, en líneas generales, la afición de la Unión Deportiva siempre ha sido tranquila, bonachona y pacífica. Digamos que se acostumbró a ver buen fútbol desde siempre, y lo único que pide es respeto al balón y a la camiseta, y una cierta dosis de fantasía en cada jugada. También quiere ganar, por supuesto, pero nunca a costa de renunciar al juego preciosista e imaginativo.

Una vez, estando todavía en el Insular, escribí un reportaje sobre las cuatro gradas del estadio. Dividí el partido en cuatro partes y fui pasando de la Curva a la grada Sur, y de allí a Naciente y a Preferencia. Es verdad que los ambientes y las caras variaban, y que no era lo mismo la euforia y el griterío de la Naciente que la actitud más reconcentrada de Preferencia, pero en lo esencial, en la mirada al césped y en los anhelos, los que llenaban las cuatro gradas se podrían reconocer como hermanos unos a otros mientras duraba el partido. Ahora en el Gran Canaria, si alguna vez paseo la mirada por los cuatro puntos cardinales del recinto, también sigo encontrando esa misma afición incondicional y a prueba de fracasos y pistas de atletismo. Desde que vemos a los jugadores amarillos sobre el césped nuestro corazón toma el dominio de nuestra cabeza y convierte cada minuto en una aventura irrepetible y aislada por completo del resto de nuestra vida cotidiana. Por eso nunca será lo mismo un partido visto por la tele que esa cercanía con el aficionado que tenemos al lado o con ese olor a césped y a emoción que nos llega de vez en cuando desde el terreno de juego. Juegan ellos, los que están abajo, pero todos sabemos que realmente somos nosotros los que acabamos moviendo el balón de un lado para otro.