Nos aferramos a todos los milagros si no queda más remedio que creer en los milagros para salir de la ciénaga y del fracaso. Recuerdo que el pasado 6 de enero titulé mi crónica diciendo que lo de la Unión Deportiva ya no lo arreglaban ni los Reyes Magos ni la Virgen del Pino, o sea que negaba cualquier milagro y ya solo asumía el descenso como único animal de compañía en este juego de las cábalas futbolísticas. El seis a cero contra el Girona, ese baldón que no se borrará nunca de la historia amarilla, casi me dio la razón unos días más tarde. Ya entonces todos hablábamos de un equipo moribundo, sin alma, y por supuesto condenado a las galeras que quedan lejos de los focos y de los oropeles de la Liga de las estrellas.
Recuerdo que aquel 6 de enero, la comida familiar casi se convirtió en un pequeño duelo de sobremesa asumiendo ese fracaso. Mi padre, aficionado viejo, callaba, mi hermano y yo dábamos por hecho el descenso, pero la pareja de mi hermana se aferraba a esos milagros y a esos imposibles. Yo en el fútbol escribo más como forofo que como periodista, más como poeta que como cronista, y creo que es donde más aparece el niño que fui un día siguiendo el rastro de mis ídolos en las estampas o en el césped del Insular. Escribo como un aficionado, para lo bueno y para lo malo, con todo lo bueno y malo que tiene ese punto de vista. El padre de mis sobrinas, en cambio, un aficionado de Las Palmas parecido a Sergio Maccanti por su fe y su confianza en el equipo, apelaba a su condición de economista y me hablaba de números y de estados de ánimo. No se equivocaba. Bastó una pírrica victoria ante el Valencia para que le diera razón. Pasamos de la noche al día en un solo partido. Y así es el fútbol, el bendito fútbol tan lleno de imposibles en el que el Leganés elimina al Real Madrid en cuartos de final de Copa, en el Bernabéu, y en el que nosotros ya nos planteábamos hasta llegar al Wanda y ganarle al Atleti de Simeone para seguir sumando y acercándonos a esa salvación que sigue estando al alcance con toda la segunda vuelta por delante.
Me he acordado de aquella conversación con Gilberto Brito todos estos días previos al partido, y reconozco que albergaba muchas esperanzas a medida que se acercaban las horas del comienzo del encuentro. Era la primera vez que jugábamos en el Wanda Metropolitano y Las Palmas siempre escribió páginas memorables en los estadios del Atlético de Madrid, sobre todo en el Manzanares. Recordé también aquella película con un pez encerrado dentro de una pecera y con un botín que todo el mundo buscaba infructuosamente. Me recordó a la Unión Deportiva, primero porque muchas cosas de este año se parecen a una comedia de los Monty Python, y segundo porque los peces que están en las peceras confunden a veces ese espacio con todo el océano si no han conocido otras aguas; pero si vienen de otras aguas solo sueñan con salir de ese espacio claustrofóbico y acristalado en el que se nublan todas las esperanzas. Así estábamos nosotros, encerrados en esa pecera del fracaso pero sabiendo que podemos volver a nadar en el océano interminable de los días de gloria y de aplausos.
El partido contra el Málaga es más que una final. Hemos jugado otros encuentros como ese en nuestra historia. Hay que romper definitivamente el cristal de la pecera que nos tiene dando vueltas como sonámbulos desnortados que no sabían ni hacia dónde llevar la pelota desde que empezaban los partidos. Los economistas, o los que saben de números, tienen al final una fe más cercana a la del carbonero que los que nos movemos solo por lo que vamos sintiendo en cada momento. Ellos suelen mantener la calma mejor que nosotros, y ahora mismo me agarro a esas matemáticas como un clavo ardiendo.
Lo del Wanda fue un sueño que se vino abajo desde que marcó el primer gol el Atlético de Madrid, pero nuestra Liga es otra, y el enfrentamiento contra el Málaga sí que será ese partido clave con el que seguir soñando o con el que asumir que solo nos queda ver desde la pecera cómo los otros se siguen divirtiendo lejos de donde pensábamos que íbamos a estar durante muchos años.
domingo, 28 de enero de 2018
sábado, 20 de enero de 2018
El escudo de la afición
La afición de Las Palmas no se merecía la agonía de todos estos meses, y mucho menos el ridículo de hace una semana en Montilivi; pero a veces son los grandes golpes los que consiguen que se reaccione y que se busque lo que tenía que haberse buscado hacía mucho tiempo. Hemos sido críticos, y yo mantengo esa crítica porque, por desgracia, estaba cargada de razones, de decisiones que no entendíamos y de desatinos ciertamente increíbles, algunos rozando el esperpento; pero luego está la afición, esa afición que siente los colores y el escudo, la que ha llevado al equipo en volandas durante todo el partido contra el Valencia, la que no fallará, la que sigue creyendo en el milagro de la salvación y la que se agarra a las matemáticas como si lo hiciéramos a un clavo ardiendo, porque nos da lo mismo quemarnos si los jugadores lo dan todo el campo, porque asumiríamos incluso el descenso si vemos que esos profesionales no dan ningún balón por perdido y si los que toman decisiones se muestran coherentes y no se hacen el harakiri que se han venido haciendo todos esos meses.
La primera parte se pareció a muchas de las primeras partes que hemos vivido esta temporada, pero hubo una diferencia, y fue la suerte, las oportunidades del Valencia que en otros partidos se habían convertido en goles en contra, ese azar que también juega los encuentros, sobre todo cuando te mueves en un alambre que apenas soporta el peso de nuestras zozobras. Pero quedaba la segunda la parte, la malhadada segunda parte de casi todos los partidos, pero esta vez esos segundos cuarenta y cinco minutos no nos vinimos abajo ni perseguimos las sombras que perseguimos, como fantasmas tristes, en muchos estadios. La afición lo sabía y no dejó que se asomara esa sombra en el Gran Canaria, y esta vez, por fin, el entrenador actuó con el criterio que todos esperamos a la hora de colocar a los jugadores en el campo y de elegir a los profesionales que estén más en forma y que más puedan ayudar a ganar los partidos.
Minutos antes del encuentro, bueno, durante toda la semana, he estado recibiendo mensajes de un amigo al que habría que hacerle un monumento por su optimismo, por su capacidad para encajar golpes y por su creencia en que los aficionados juegan a veces tanto como los jugadores que saltan al césped. Hablo de Sergio Maccanti, ojalá tenga razón y su fe ciega nos lleve a sumar todos los puntos necesarios para remontar y quedarnos en Primera.
Comenzamos perdiendo en los primeros compases, pero la afición, lejos de venirse abajo, alentó al equipo y gritó y saltó hasta que los jugadores volvieron a creer en sí mismos. Y en medio de todo estaba el escudo. Lo que más temíamos era el daño que se le estaba haciendo a ese escudo, al que lucieron Tonono, Guedes, Germán o Brindisi, ese escudo no merecía el oprobio que estaba sufriendo en los últimos partidos. Podemos perder o ganar, lo que no permitiremos es que se deje ese escudo a merced de la desgana, la irresponsabilidad y la desidia. Creo que esta semana, tras haber tocado fondo, por fin lo han entendido los arrogantes, los que trasnochaban y los que se creían los dueños de la finca. Quedan muchas jornadas y la salvación sigue estando lejos, como un horizonte que se pierde en la bruma, pero si se juega como se jugó contra el Valencia a lo mejor conseguimos que se disipe toda esa neblina. De momento agradecemos el compromiso, la lucha y la entrega que hemos visto en el Gran Canaria. Nosotros seguiremos soñando. No vuelvan a dejar en mal lugar ninguno de nuestros sueños imposibles. Tampoco actúen ahora como arrogantes y soberbios para callarnos la boca a los que hemos criticado lo que tuvimos que criticar si queríamos seguir siendo creíbles y coherentes. Como comprenderán, aquí perdemos todos si desciende el equipo amarillo. Y aquí estaremos todos si vuelve el criterio y la entrega, y si esto, como el día del Betis, no es flor de un día. Espero que los jugadores jueguen los partidos lejos del Gran Canaria sin dejar de escuchar a todos esos aficionados que se dejaron el alma para que ganáramos contra el Valencia. El escudo de la Unión Deportiva es su afición. No merece bajar a Segunda. Que el eco de los últimos minutos en el Gran Canaria no se quede nunca en el olvido.
La primera parte se pareció a muchas de las primeras partes que hemos vivido esta temporada, pero hubo una diferencia, y fue la suerte, las oportunidades del Valencia que en otros partidos se habían convertido en goles en contra, ese azar que también juega los encuentros, sobre todo cuando te mueves en un alambre que apenas soporta el peso de nuestras zozobras. Pero quedaba la segunda la parte, la malhadada segunda parte de casi todos los partidos, pero esta vez esos segundos cuarenta y cinco minutos no nos vinimos abajo ni perseguimos las sombras que perseguimos, como fantasmas tristes, en muchos estadios. La afición lo sabía y no dejó que se asomara esa sombra en el Gran Canaria, y esta vez, por fin, el entrenador actuó con el criterio que todos esperamos a la hora de colocar a los jugadores en el campo y de elegir a los profesionales que estén más en forma y que más puedan ayudar a ganar los partidos.
Minutos antes del encuentro, bueno, durante toda la semana, he estado recibiendo mensajes de un amigo al que habría que hacerle un monumento por su optimismo, por su capacidad para encajar golpes y por su creencia en que los aficionados juegan a veces tanto como los jugadores que saltan al césped. Hablo de Sergio Maccanti, ojalá tenga razón y su fe ciega nos lleve a sumar todos los puntos necesarios para remontar y quedarnos en Primera.
Comenzamos perdiendo en los primeros compases, pero la afición, lejos de venirse abajo, alentó al equipo y gritó y saltó hasta que los jugadores volvieron a creer en sí mismos. Y en medio de todo estaba el escudo. Lo que más temíamos era el daño que se le estaba haciendo a ese escudo, al que lucieron Tonono, Guedes, Germán o Brindisi, ese escudo no merecía el oprobio que estaba sufriendo en los últimos partidos. Podemos perder o ganar, lo que no permitiremos es que se deje ese escudo a merced de la desgana, la irresponsabilidad y la desidia. Creo que esta semana, tras haber tocado fondo, por fin lo han entendido los arrogantes, los que trasnochaban y los que se creían los dueños de la finca. Quedan muchas jornadas y la salvación sigue estando lejos, como un horizonte que se pierde en la bruma, pero si se juega como se jugó contra el Valencia a lo mejor conseguimos que se disipe toda esa neblina. De momento agradecemos el compromiso, la lucha y la entrega que hemos visto en el Gran Canaria. Nosotros seguiremos soñando. No vuelvan a dejar en mal lugar ninguno de nuestros sueños imposibles. Tampoco actúen ahora como arrogantes y soberbios para callarnos la boca a los que hemos criticado lo que tuvimos que criticar si queríamos seguir siendo creíbles y coherentes. Como comprenderán, aquí perdemos todos si desciende el equipo amarillo. Y aquí estaremos todos si vuelve el criterio y la entrega, y si esto, como el día del Betis, no es flor de un día. Espero que los jugadores jueguen los partidos lejos del Gran Canaria sin dejar de escuchar a todos esos aficionados que se dejaron el alma para que ganáramos contra el Valencia. El escudo de la Unión Deportiva es su afición. No merece bajar a Segunda. Que el eco de los últimos minutos en el Gran Canaria no se quede nunca en el olvido.
viernes, 8 de diciembre de 2017
Un equipo desnortado y sin alma
¿Desastre? Sí, desastre, y no exagero. Porque no hubo intención ni entrega, porque lo del Betis solo fue un espejismo, porque no se justifica que, sabiendo lo que nos jugábamos, los jugadores saltaran al campo como si fuera un partido de trámite, una pachanga de verano, un Ramón de Carranza, ese hito histórico que nos quisieron vender y que quedará como irrisorio, como una tomadura de pelo en el palmarés de la actual Unión Deportiva Las Palmas.
Te puedes salvar jugando bien al fútbol, pero nunca te salvarás sin correr hasta el hartazgo y sin entender que nadie regala nada, que Messi con el Barça o Silva con el Manchester City no paran de correr ni de presionar todo el encuentro, que ya está bien de estas indolencias, que no nos vale un partido más o menos pasable para luego entregar las armas según saltas al campo en el partido siguiente.
Ya no está Ayestarán, ya no está Márquez, pero sí están los únicos que nos pueden salvar del descenso, los que vimos hace una semana luchar, los que tenían la pelota y hoy la entregaron al contrario lastimosamente. Mal asunto, y mal momento para el entrenador que finalmente llegue. Un equipo sin alma, eso fue lo que vimos en Mendizorroza, y sin alma no se va a ninguna parte, o se va directo a Segunda por más que nos duela a los aficionados y a quienes tratamos de mantener izada la vela del optimismo todo el tiempo.
Uno recuerda la física de Newton que estudiamos en el instituto, con una gravedad, un espacio y un tiempo que tiene poco que ver con el fútbol. No creo que Newton, de haber existido balones de fútbol, los hubiera cambiado por las manzanas para lanzarlos al aire. Yo creo que si lo hubiese hecho no habría llegado a ninguna conclusión porque los balones son relativos, casi más para la física cuántica que para la de Newton, y además son impredecibles, y da lo mismo que estén inflados correctamente y que cuenten con el mismo material sintético. No hay dos balones que sean iguales porque cada balón depende de quien lo juega y lo golpea, y de cada equipo, y de cada estadio, y hasta de cada soplo de viento. Solo así se entiende el desastre de Vitoria, porque el fútbol es más esotérico que científico, y más circunstancial que cualquiera de aquellas teorías que planteara Ortega y Gasset cuando a las botas se las llamaba borceguíes y los jugadores jugaban con un pañuelo en la cabeza como Beltrán o Quincoces.
Partiendo por tanto de ese principio de incertidumbre futbolero uno no sabía qué Unión Deportiva iba a encontrar en Mendizorroza, aunque es verdad que confiábamos en el saber estar y en la profesionalidad de Paquito Ortiz. Fue todo un referente como jugador, alguien en quien podían mirarse los canteranos, discreto, luchador, y con esa cabeza que en el mundo del fútbol se identifica con la toma de decisiones correctas y acertadas en casi todas las jugadas, pero ni Paquito puede enmendar lo que está mal hecho desde hace mucho tiempo. Qué mal se le dan a la Unión Deportiva esos estadios de lluvia y frío del norte de España. Salvando San Mamés o el Molinón, donde sí hemos escrito algunas páginas imborrables de nuestra historia, uno parece que lleva viendo el mismo partido cien veces, y si no salimos goleados de Vitoria fue por puro milagro y por las paradas de Raúl Lizoain en la segunda parte. Qué decir. Cada vez nos dejan más aliquebrados y con menos capacidad para contar algo que nos mueva a creer que habrá un cambio de rumbo. La Unión Deportiva es un equipo desnortado, sin brújula, que no sabe a dónde va ni a qué juega. Puede tener unos minutos de buen fútbol de vez en cuando, pero sin plan, sin proyecto y sin entrenador no se va a ninguna parte, o se llega donde acaban los que no creen en sí mismos hace mucho tiempo, los que carecen de amor propio, los que fracasan por no dejarlo todo en cada intento.
Te puedes salvar jugando bien al fútbol, pero nunca te salvarás sin correr hasta el hartazgo y sin entender que nadie regala nada, que Messi con el Barça o Silva con el Manchester City no paran de correr ni de presionar todo el encuentro, que ya está bien de estas indolencias, que no nos vale un partido más o menos pasable para luego entregar las armas según saltas al campo en el partido siguiente.
Ya no está Ayestarán, ya no está Márquez, pero sí están los únicos que nos pueden salvar del descenso, los que vimos hace una semana luchar, los que tenían la pelota y hoy la entregaron al contrario lastimosamente. Mal asunto, y mal momento para el entrenador que finalmente llegue. Un equipo sin alma, eso fue lo que vimos en Mendizorroza, y sin alma no se va a ninguna parte, o se va directo a Segunda por más que nos duela a los aficionados y a quienes tratamos de mantener izada la vela del optimismo todo el tiempo.
Uno recuerda la física de Newton que estudiamos en el instituto, con una gravedad, un espacio y un tiempo que tiene poco que ver con el fútbol. No creo que Newton, de haber existido balones de fútbol, los hubiera cambiado por las manzanas para lanzarlos al aire. Yo creo que si lo hubiese hecho no habría llegado a ninguna conclusión porque los balones son relativos, casi más para la física cuántica que para la de Newton, y además son impredecibles, y da lo mismo que estén inflados correctamente y que cuenten con el mismo material sintético. No hay dos balones que sean iguales porque cada balón depende de quien lo juega y lo golpea, y de cada equipo, y de cada estadio, y hasta de cada soplo de viento. Solo así se entiende el desastre de Vitoria, porque el fútbol es más esotérico que científico, y más circunstancial que cualquiera de aquellas teorías que planteara Ortega y Gasset cuando a las botas se las llamaba borceguíes y los jugadores jugaban con un pañuelo en la cabeza como Beltrán o Quincoces.
Partiendo por tanto de ese principio de incertidumbre futbolero uno no sabía qué Unión Deportiva iba a encontrar en Mendizorroza, aunque es verdad que confiábamos en el saber estar y en la profesionalidad de Paquito Ortiz. Fue todo un referente como jugador, alguien en quien podían mirarse los canteranos, discreto, luchador, y con esa cabeza que en el mundo del fútbol se identifica con la toma de decisiones correctas y acertadas en casi todas las jugadas, pero ni Paquito puede enmendar lo que está mal hecho desde hace mucho tiempo. Qué mal se le dan a la Unión Deportiva esos estadios de lluvia y frío del norte de España. Salvando San Mamés o el Molinón, donde sí hemos escrito algunas páginas imborrables de nuestra historia, uno parece que lleva viendo el mismo partido cien veces, y si no salimos goleados de Vitoria fue por puro milagro y por las paradas de Raúl Lizoain en la segunda parte. Qué decir. Cada vez nos dejan más aliquebrados y con menos capacidad para contar algo que nos mueva a creer que habrá un cambio de rumbo. La Unión Deportiva es un equipo desnortado, sin brújula, que no sabe a dónde va ni a qué juega. Puede tener unos minutos de buen fútbol de vez en cuando, pero sin plan, sin proyecto y sin entrenador no se va a ninguna parte, o se llega donde acaban los que no creen en sí mismos hace mucho tiempo, los que carecen de amor propio, los que fracasan por no dejarlo todo en cada intento.
domingo, 3 de diciembre de 2017
Tener el balón
El fútbol es sencillo, pero lo sencillo siempre es lo más difícil de conseguir, todo eso que parece que sucede de forma natural, sin estridencias ni aspavientos, tener el balón, jugar con el balón, no perder el balón y, claro, contar con un jugador llamado Jonathan Viera, que es capaz de lograr esa sencillez que a veces parece imposible, o que nos parecía imposible en los ayestaranes días en que el balón casi no se acercaba a las botas de los jugadores amarillos.
Había que ganar. Todo lo demás era un fracaso. Seguimos en descenso, pero viendo la salvación mucho más cerca, nosotros y, sobre todo los jugadores, que en el partido contra el Betis sí jugaron como esperábamos todos desde que empezó la temporada, luchando, combinando, no dando ningún balón por perdido, comprometiéndose con el escudo y recuperando el aplauso y la ovación de unos aficionados que merecen un monumento por su constancia, su amor a los colores y su confianza en la salvación. Solo estamos en la primera semana de diciembre. No valía tirar la toalla. No valía perder de antemano. No podíamos dejar que el sueño de seguir en Primera fuera una quimera o una meta inalcanzable. Si los jugadores mantienen el compromiso demostrado en el partido contra el Betis difícilmente descenderemos, porque esos jugadores cuando quieren (y cuando les dejan) pueden ganarle a cualquier equipo en cualquier estadio.
Es cierto que a veces nos empeñamos en querer ordenar el mundo y no nos damos cuenta de que el mundo se lleva ordenando mucho antes de que llegáramos nosotros. Setién y Las Palmas llevan trazando caminos que confluyen desde hace más de dos años. Primero fueron caminos de tanteo, luego senderos exitosos y finalmente desencuentros que, sin que nadie pudiera preverlos, nos acabaron echando abajo un sueño que pensábamos que nos iba a durar muchos años.
Pero lo sorprendente, lo inesperado, si miramos un año atrás, ha sido este encuentro y esa confluencia casi imposible: nosotros sin entrenador, al borde, o más allá del borde, del abismo, y Quique Setién silbado por su afición y recién eliminado de la Copa de forma sorprendente por el Cádiz. Casi podríamos decir que había una especie de ultimátum para ambos, y si nosotros perdíamos difícilmente íbamos a poder remontar. Ganamos el partido, y además jugando por vez primera un buen fútbol, con criterio, con presión, y con intención de ganar y de que no te ganen. No entró en juego la suerte sino ese abecé del balompié que comentaba al principio: tener el balón, moverlo, mimarlo, no perderlo y marcar cuando se tiene ocasión de hacerlo. La verdad es que yo hubiera preferido que el partido hubiera finalizado en el descanso, ganando también uno a cero, para ahorrarme la agonía de la incertidumbre, pero justo en esos segundos cuarenta y cinco minutos fue cuando nuestro equipo espantó el mal fario de los últimos ocho encuentros y jugó de maravilla. Tenemos que sumar los próximos tres puntos, y los siguientes, y también los otros. Lo difícil ya se ha conseguido. Se ha logrado detener una hemorragia que parecía incontenible. Ahora hay que darse tiempo para ir cerrando las heridas, y esas magulladuras futboleras solo se curan ganando.
Había que ganar. Todo lo demás era un fracaso. Seguimos en descenso, pero viendo la salvación mucho más cerca, nosotros y, sobre todo los jugadores, que en el partido contra el Betis sí jugaron como esperábamos todos desde que empezó la temporada, luchando, combinando, no dando ningún balón por perdido, comprometiéndose con el escudo y recuperando el aplauso y la ovación de unos aficionados que merecen un monumento por su constancia, su amor a los colores y su confianza en la salvación. Solo estamos en la primera semana de diciembre. No valía tirar la toalla. No valía perder de antemano. No podíamos dejar que el sueño de seguir en Primera fuera una quimera o una meta inalcanzable. Si los jugadores mantienen el compromiso demostrado en el partido contra el Betis difícilmente descenderemos, porque esos jugadores cuando quieren (y cuando les dejan) pueden ganarle a cualquier equipo en cualquier estadio.
Es cierto que a veces nos empeñamos en querer ordenar el mundo y no nos damos cuenta de que el mundo se lleva ordenando mucho antes de que llegáramos nosotros. Setién y Las Palmas llevan trazando caminos que confluyen desde hace más de dos años. Primero fueron caminos de tanteo, luego senderos exitosos y finalmente desencuentros que, sin que nadie pudiera preverlos, nos acabaron echando abajo un sueño que pensábamos que nos iba a durar muchos años.
Pero lo sorprendente, lo inesperado, si miramos un año atrás, ha sido este encuentro y esa confluencia casi imposible: nosotros sin entrenador, al borde, o más allá del borde, del abismo, y Quique Setién silbado por su afición y recién eliminado de la Copa de forma sorprendente por el Cádiz. Casi podríamos decir que había una especie de ultimátum para ambos, y si nosotros perdíamos difícilmente íbamos a poder remontar. Ganamos el partido, y además jugando por vez primera un buen fútbol, con criterio, con presión, y con intención de ganar y de que no te ganen. No entró en juego la suerte sino ese abecé del balompié que comentaba al principio: tener el balón, moverlo, mimarlo, no perderlo y marcar cuando se tiene ocasión de hacerlo. La verdad es que yo hubiera preferido que el partido hubiera finalizado en el descanso, ganando también uno a cero, para ahorrarme la agonía de la incertidumbre, pero justo en esos segundos cuarenta y cinco minutos fue cuando nuestro equipo espantó el mal fario de los últimos ocho encuentros y jugó de maravilla. Tenemos que sumar los próximos tres puntos, y los siguientes, y también los otros. Lo difícil ya se ha conseguido. Se ha logrado detener una hemorragia que parecía incontenible. Ahora hay que darse tiempo para ir cerrando las heridas, y esas magulladuras futboleras solo se curan ganando.
domingo, 26 de noviembre de 2017
Lo que está más allá de todo esto
Cuántas finales son necesarias para llegar al final. Nunca se termina nada, aunque a veces creamos que hemos llegado a la meta. Termina un partido y comienza otro, finaliza una Liga y ya estamos al día siguiente haciendo planes de la que viene. Pero sí es verdad que hay encuentros que son finales incluso empezando la temporada, aun sin llegar a diciembre, porque en esos partidos nos estamos jugando la inercia de lo que vendrá luego, la confianza necesaria para empezar a encarar las cuestas o para quedarnos derrotados viendo cómo los demás nos adelantan.
Lo peor de todo lo que sucede alrededor de la Unión Deportiva Las Palmas es la indolencia, la aceptación de la derrota y todo lo que han generado las decisiones erróneas, incomprensibles e improvisadas de los últimos meses. Los aficionados estamos todo el tiempo dudando entre el corazón y la cabeza. La segunda lo tiene claro y te dice que si algo no depende de ti, lo mejor es que salgas corriendo cuanto antes, que lo asumas, que no te vengas abajo, que ya bastante tenemos con los juegos de nuestro destino cotidiano y con no saber lo que va a suceder mañana. Pero luego está el corazón, los recuerdos, la intensidad de los momentos vividos mirando a los jugadores que llevan la camiseta amarilla de la Unión Deportiva, los que ya no están y compartieron contigo las alegrías y las derrotas, todo eso que, como en el amor, se pone en el otro lado de la balanza, lo que no consigue la razón, la fidelidad inquebrantable a un equipo, a unos colores y a unos sueños que te inventas cada día para seguir ahí, para ser capaz de contemplar como pasajeros a los que ahora se equivocan, para seguir convencidos de que ese sueño que comenzó en 1949 uniéndose todos los destinos de otros muchos sueños inquebrantables tiene algún sentido, y sí lo tiene, vaya si lo tiene, aun en los peores momentos, porque hemos vivido momentos peores, mil veces peores que este. Y lo de Anoeta no dejaba de ser un episodio más en esa intrahistoria. Si ganábamos nos alegraríamos todos y comenzaríamos a soñar de nuevo, si perdíamos teníamos claro que ya no seguiría Ayestarán y que comenzaría una nueva etapa, y si empatábamos, que es al final lo que ha sucedido, la verdad es que no sabemos para qué lado mirar, porque un punto, a estas alturas, nos deja una melancolía inexplicable, como una desolación en medio de un páramo que no acaba por más que levantes la mirada.
Vamos a olvidarnos de esas mejores plantillas de la historia y otras charranadas similares y vamos a centrarnos en que no nos marquen goles y en marcarlos nosotros en las porterías contrarias. Ahora sí que el fútbol no admite más filosofía que ganar los partidos. La única condición que ponemos es que haya deportividad, y a partir de ahí, como ganen, me da lo mismo que marquen con la oreja o con una rabona desde el centro del campo. Ya luego, cuando salgamos de ese pozo, si salimos del pozo, volveremos a pensar en ese esplendor sobre la hierba que a veces acontece en el fútbol. Ahora lo único que pedimos a nuestros jugadores es que luchen, que sean unos auténticos profesionales y que no den ningún balón por perdido. Todo lo demás no son más que palabras. Viene el Betis, que es como decir que los guiones a veces los escriben los más conspicuos dramaturgos griegos, porque el Betis es Quique Setién, es ese espejo en el que quisimos mirarnos durante años, un espejo roto, como escribía Borges de la vida, como es la Unión Deportiva hasta que se pueda recomponer la imagen que todos queremos ver sobre un terreno de juego.
Lo peor de todo lo que sucede alrededor de la Unión Deportiva Las Palmas es la indolencia, la aceptación de la derrota y todo lo que han generado las decisiones erróneas, incomprensibles e improvisadas de los últimos meses. Los aficionados estamos todo el tiempo dudando entre el corazón y la cabeza. La segunda lo tiene claro y te dice que si algo no depende de ti, lo mejor es que salgas corriendo cuanto antes, que lo asumas, que no te vengas abajo, que ya bastante tenemos con los juegos de nuestro destino cotidiano y con no saber lo que va a suceder mañana. Pero luego está el corazón, los recuerdos, la intensidad de los momentos vividos mirando a los jugadores que llevan la camiseta amarilla de la Unión Deportiva, los que ya no están y compartieron contigo las alegrías y las derrotas, todo eso que, como en el amor, se pone en el otro lado de la balanza, lo que no consigue la razón, la fidelidad inquebrantable a un equipo, a unos colores y a unos sueños que te inventas cada día para seguir ahí, para ser capaz de contemplar como pasajeros a los que ahora se equivocan, para seguir convencidos de que ese sueño que comenzó en 1949 uniéndose todos los destinos de otros muchos sueños inquebrantables tiene algún sentido, y sí lo tiene, vaya si lo tiene, aun en los peores momentos, porque hemos vivido momentos peores, mil veces peores que este. Y lo de Anoeta no dejaba de ser un episodio más en esa intrahistoria. Si ganábamos nos alegraríamos todos y comenzaríamos a soñar de nuevo, si perdíamos teníamos claro que ya no seguiría Ayestarán y que comenzaría una nueva etapa, y si empatábamos, que es al final lo que ha sucedido, la verdad es que no sabemos para qué lado mirar, porque un punto, a estas alturas, nos deja una melancolía inexplicable, como una desolación en medio de un páramo que no acaba por más que levantes la mirada.
Vamos a olvidarnos de esas mejores plantillas de la historia y otras charranadas similares y vamos a centrarnos en que no nos marquen goles y en marcarlos nosotros en las porterías contrarias. Ahora sí que el fútbol no admite más filosofía que ganar los partidos. La única condición que ponemos es que haya deportividad, y a partir de ahí, como ganen, me da lo mismo que marquen con la oreja o con una rabona desde el centro del campo. Ya luego, cuando salgamos de ese pozo, si salimos del pozo, volveremos a pensar en ese esplendor sobre la hierba que a veces acontece en el fútbol. Ahora lo único que pedimos a nuestros jugadores es que luchen, que sean unos auténticos profesionales y que no den ningún balón por perdido. Todo lo demás no son más que palabras. Viene el Betis, que es como decir que los guiones a veces los escriben los más conspicuos dramaturgos griegos, porque el Betis es Quique Setién, es ese espejo en el que quisimos mirarnos durante años, un espejo roto, como escribía Borges de la vida, como es la Unión Deportiva hasta que se pueda recomponer la imagen que todos queremos ver sobre un terreno de juego.
domingo, 19 de noviembre de 2017
La cara de Vicente Gómez
Tristeza. Decepción. Fracaso. Improvisación. La cara de Vicente Gómez al final del partido buscando un porqué a este mal sueño, la cara de Vicente reflejaba nuestro estado de ánimo porque Vicente, por lo menos para mí, es un jugador que nos representa, que sabe del valor de la camiseta que lleva puesta, que es de este equipo, que se entrega, que sueña con lograr grandes gestas de amarillo, la cara de Vicente como evidencia de lo que los jugadores tienen poca culpa porque los jugadores, o por lo menos jugadores como Vicente, no fichan al entrenador, Vicente, que se manifestó públicamente cuando Setién anunció que no seguía porque sabía que, si seguía sin que le dejaran tomar decisiones, llegaría un día como el del partido contra el Levante, ese día, que sin llegar a diciembre, sabes que te deja con medio cuerpo en Segunda División, por muchas cosas, porque no es azaroso lo que está sucediendo, porque lo veíamos venir y queríamos pensar que los jugadores, grandes jugadores, contrastados profesionales casi todos ellos, arreglarían este desaguisado de fichar al tuntún, de equivocarse y seguir empeñándose en el error, como si fueran dioses infalibles, estrellándose en su propia soberbia. Traer a Ayestarán fue un grave error cuando pudimos haber enderezado el rumbo, pero aún más grave fue mantenerlo cuando todos veíamos que no había dado con la tecla del equipo, que no había equipo y que nos veníamos abajo a las primeras de cambio. Quedan muchos partidos, claro que quedan muchos partidos, pero ocho derrotas consecutivas desmoronan la moral del más optimista, y ver a Las Palmas como colista descorazona a cualquiera.
Hace un año por estas fechas soñábamos con grandes gestas europeas, casi con los mismos jugadores. ¿Qué ha pasado entonces? ¿Qué pensaba Vicente Gómez mirando a la grada como un aficionado más, abatido, derrotado, triste, muy triste? No son los que juegan los que nos han llevado a esta situación, ni siquiera los que siguieron jugando después de juergas y de escándalos nocturnos (porque se les dejó que siguieran como si nada). Los equipos no solo están en el terreno de juego. Todo suma, cuando se triunfa y cuando se fracasa. Les felicitamos cuando triunfaron, cuando nos subieron a Primera, cuando ficharon a Quique Setién, porque fueron ellos mismos los que trajeron a Setién, pero ahora tenemos que recordarles que, aun siendo una Sociedad Anónima, la Unión Deportiva Las Palmas es mucho más, es de todos, si quieren que realmente siga siendo de todos, y si es así demandamos coherencia, humildad, reconocimiento de errores, como se reconocieron los éxitos, para tener una última oportunidad para salvarnos. No es vencido sino el que cree serlo. Eso lo escribió hace mucho tiempo Fernando de Rojas, pero mucho antes ya había escrito Solón que no se puede destruir nunca lo que se ha conseguido, y eso es lo que se ha hecho en la Unión Deportiva, destrozar todo lo logrado como quien rompe un juguete en mil pedazos. La cara de Vicente Gómez lo decía todo. Me pongo en su lugar porque sé que siente esa camiseta como cualquiera de nosotros. Tristeza. Decepción. Fracaso.
Hace un año por estas fechas soñábamos con grandes gestas europeas, casi con los mismos jugadores. ¿Qué ha pasado entonces? ¿Qué pensaba Vicente Gómez mirando a la grada como un aficionado más, abatido, derrotado, triste, muy triste? No son los que juegan los que nos han llevado a esta situación, ni siquiera los que siguieron jugando después de juergas y de escándalos nocturnos (porque se les dejó que siguieran como si nada). Los equipos no solo están en el terreno de juego. Todo suma, cuando se triunfa y cuando se fracasa. Les felicitamos cuando triunfaron, cuando nos subieron a Primera, cuando ficharon a Quique Setién, porque fueron ellos mismos los que trajeron a Setién, pero ahora tenemos que recordarles que, aun siendo una Sociedad Anónima, la Unión Deportiva Las Palmas es mucho más, es de todos, si quieren que realmente siga siendo de todos, y si es así demandamos coherencia, humildad, reconocimiento de errores, como se reconocieron los éxitos, para tener una última oportunidad para salvarnos. No es vencido sino el que cree serlo. Eso lo escribió hace mucho tiempo Fernando de Rojas, pero mucho antes ya había escrito Solón que no se puede destruir nunca lo que se ha conseguido, y eso es lo que se ha hecho en la Unión Deportiva, destrozar todo lo logrado como quien rompe un juguete en mil pedazos. La cara de Vicente Gómez lo decía todo. Me pongo en su lugar porque sé que siente esa camiseta como cualquiera de nosotros. Tristeza. Decepción. Fracaso.
domingo, 5 de noviembre de 2017
La historia que no queríamos dejar escrita
Cuando éramos niños, si uno rompía los juguetes se quedaba sin diversión. A veces es mejor no saber lo que hay dentro, ni cómo funcionan los mecanismos; pero si se rompían los juguetes se nos descorazonaban las ilusiones. La Unión Deportiva es hoy por hoy un juguete roto que nos descorazona con cada nuevo partido que juega. El pasado año estuvimos a punto de ganar en el Bernabéu. Entonces los partidos duraban noventa minutos. Este año, solo jugamos un rato en las primeras partes. En los segundos tiempos no existimos, nos borramos, nos diluimos, y si no fuera porque los partidos son televisados uno podría llegar a creer que los jugadores de Las Palmas ni siquiera existen después del minuto cuarenta y cinco.
Uno quisiera saber qué es lo que tiene dentro el juguete de la Unión Deportiva, por qué de repente el color amarillo no ve el balón, no presiona, no sabe cómo defender y parece no darse cuenta del peso de la historia de la camiseta que llevan puesta. Hay muchas ilusiones que se están viniendo abajo cada semana, en las segundas partes, en los prolegómenos y en las soberbias de quienes se empeñan en hacernos creer que vamos por el buen camino, que esto lo arregla el tiempo y que somos nosotros, los aficionados que hemos asistido atónitos al harakiri amarillo, los que estamos equivocados. Pocas veces vamos a encontrar a un Real Madrid tan apático, tan despistado y tan fuera de sitio, pero nuestras segundas partes, esas dejaciones inexplicables, las faltas de concentración, la decadencia física, son capaces de resucitar al más moribundo de los equipos.
Ayestarán (el que lo fichó y lo recomendó se cubrió de gloria, como quien decidió que la marcha de Setién no tendría ninguna consecuencia), Ayestarán, qué quieren que les diga, Ayestarán ha metido a la Unión Deportiva en la historia de la Liga, quitando a aquel Alcoyano que siempre había sido la burla de los futboleros. No era la historia que queríamos que dejara escrita Las Palmas. Hemos traído a un entrenador que ha batido, y con mucha distancia, el récord de derrotas seguidas en la Liga. Esa es la evidencia, la realidad, lo que tenemos ahora mismo. No sé si seguirá sumando dígitos y goles en contra, pero mucho me temo que venga quien venga este equipo seguirá echando por tierra una ilusión colectiva que nos encaramaba hace solo un año y que nos hacía más grata y más feliz la vida. El fútbol está para eso, para hacernos felices, no para que nos tomen el pelo ni para comulgar con ruedas de molino. Seguiré siendo un aficionado leal a la Unión Deportiva Las Palmas. Seguiré fiel al color amarillo y a la historia que atesora, a la memoria de mi abuelo y de todos aquellos seguidores que soñaron como sueño yo cada semana. Eso es innegociable. Ojalá los jugadores tuvieran ese sentimiento tan claro como nosotros. Si lo tienen nos sacarán del abismo. Si carecen de ese sentimiento, lo mejor es que asumamos el fracaso que nos viene. Quiero confiar en el tiempo. De momento, seguimos en Primera División, aunque no era este el escenario que habíamos previsto. Vale, es verdad que cada cual se trabaja su propio futuro, en el teatro, en la vida y, por supuesto, también en el fútbol. Los Ayestaranes no aparecen así como así si alguien no los llama o los busca en medio de los desatinos.
Uno quisiera saber qué es lo que tiene dentro el juguete de la Unión Deportiva, por qué de repente el color amarillo no ve el balón, no presiona, no sabe cómo defender y parece no darse cuenta del peso de la historia de la camiseta que llevan puesta. Hay muchas ilusiones que se están viniendo abajo cada semana, en las segundas partes, en los prolegómenos y en las soberbias de quienes se empeñan en hacernos creer que vamos por el buen camino, que esto lo arregla el tiempo y que somos nosotros, los aficionados que hemos asistido atónitos al harakiri amarillo, los que estamos equivocados. Pocas veces vamos a encontrar a un Real Madrid tan apático, tan despistado y tan fuera de sitio, pero nuestras segundas partes, esas dejaciones inexplicables, las faltas de concentración, la decadencia física, son capaces de resucitar al más moribundo de los equipos.
Ayestarán (el que lo fichó y lo recomendó se cubrió de gloria, como quien decidió que la marcha de Setién no tendría ninguna consecuencia), Ayestarán, qué quieren que les diga, Ayestarán ha metido a la Unión Deportiva en la historia de la Liga, quitando a aquel Alcoyano que siempre había sido la burla de los futboleros. No era la historia que queríamos que dejara escrita Las Palmas. Hemos traído a un entrenador que ha batido, y con mucha distancia, el récord de derrotas seguidas en la Liga. Esa es la evidencia, la realidad, lo que tenemos ahora mismo. No sé si seguirá sumando dígitos y goles en contra, pero mucho me temo que venga quien venga este equipo seguirá echando por tierra una ilusión colectiva que nos encaramaba hace solo un año y que nos hacía más grata y más feliz la vida. El fútbol está para eso, para hacernos felices, no para que nos tomen el pelo ni para comulgar con ruedas de molino. Seguiré siendo un aficionado leal a la Unión Deportiva Las Palmas. Seguiré fiel al color amarillo y a la historia que atesora, a la memoria de mi abuelo y de todos aquellos seguidores que soñaron como sueño yo cada semana. Eso es innegociable. Ojalá los jugadores tuvieran ese sentimiento tan claro como nosotros. Si lo tienen nos sacarán del abismo. Si carecen de ese sentimiento, lo mejor es que asumamos el fracaso que nos viene. Quiero confiar en el tiempo. De momento, seguimos en Primera División, aunque no era este el escenario que habíamos previsto. Vale, es verdad que cada cual se trabaja su propio futuro, en el teatro, en la vida y, por supuesto, también en el fútbol. Los Ayestaranes no aparecen así como así si alguien no los llama o los busca en medio de los desatinos.
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