martes, 3 de enero de 2017

Las idas de enero

Los partidos de ida son casi siempre como esos días que no empiezan a vivirse realmente hasta que no llega el mediodía y ya nos sentimos to-talmente despabilados. La noche suele ser para el sueño y las primeras horas nos parecen mentira casi siempre. Luego el trasiego hacia el trabajo, el desayuno en una cafetería ruidosa y el paso de las primeras horas nos avisan de que ya estamos en el camino. Todos esos primeros momentos del día me recuerdan a los partidos de ida. Casi nunca se decide nada y se está pensando en el encuentro siguiente, en donde sí sabemos que ya será determinante cualquier decisión o cualquier gesto. Incluso en las eliminatorias en las que la ida acaba como anoche, con una derrota en casa por dos goles a cero, aún mantenemos la esperanza en el partido de vuelta, ese milagro que, como escribía Antonio Machado cuando veía la rama verdecida en el olmo moribundo, nos sigue manteniendo vivos, creyendo que es posible la remontada o confiando en que los dioses tengan unos de esos días en donde todo se conjura para volver real el sueño más exagerado e imposible.
El partido de ida en el Gran Canaria resultó más o menos como esperábamos, con Las Palmas proponiendo fútbol y el Atlético de Madrid defendiendo ordenadamente y confiando en ese golpe mortal del contra-ataque o de la jugada a balón parado. Veníamos de jugar hacía poco tiempo, y al margen de las muchas ausencias, era como si ellos hubieran seguido jugando el partido de hacía dos semanas, con la misma efectividad y los mismos automatismos para abrir huecos en nuestra defensa y, sobre todo, para saber por dónde tenían que presionar para desarmar nuestra creatividad. No encontramos los caminos hacia la portería contraria en ningún momento, y quizá el mejor recuerdo de este encuentro sean los diez canteranos que jugaron la primera parte. Sigo diciendo que Las Palmas tenía que ser un equipo copero, pero quizá el Atlético de Madrid era el peor rival que nos podía tocar en esta eliminatoria. Hay que recordar que este conjunto, con los mismos jugadores y el mismo entrenador, maniató al Barça o al Bayern de Guardiola en las últimas temporadas. No dejan un solo metro libre para la fantasía del contrario y funcionan como una maquinaria suiza a la hora de desmontar el juego del equipo rival, sobre todo el juego colectivo que apuesta por la improvisación, el talento y la poesía. No voy a pecar de optimista desaforado y, por tanto, soy el primero que opina que tenemos pie y medio fuera de la Copa; pero al mismo tiempo me sigo agarrando a ese medio pie que nos queda para confiar en esos milagros de los que hablaba al principio, con canteranos y con ese juego al que no renunciamos ni cuando tenemos delante la practicidad de Simeone. Nos queda medio tiempo y media eliminatoria en ese Manzanares que pensábamos que habíamos despedido el otro día y en el que a lo mejor no hemos escrito todavía una última gesta que nos haga inolvidables.

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