Ya he escrito que el fútbol no es más que un reflejo de la vida. Los cambios de rumbo son parecidos, eso que llamamos las vueltas de la vida y que aquí llamaremos las vueltas del fútbol. Solo así se entiende que un año después estemos viendo a Las Palmas como no la habíamos visto jugar en casi tres décadas. Llegó Setién cuando parecía que estábamos condenados a ser una estrella fugaz entre los grandes, un equipo de paso que solo dejaría una estela de olvido.
Y todo comenzó contra el Villarreal, como si el destino que escribe las páginas de este juego que tanto nos apasiona ya tuviera clara la trama y hasta el desarrollo de la misma. Hace un año había un jugador olvidado que casi no había vestido la camiseta amarilla. Me lo imagino planteándose su retirada o su cesión a un equipo de Segunda División. Ese jugador se convirtió en titular de la noche a la mañana tras la llegada de Quique Setién y Eder Sarabia, y ayer quiso agradecer esa confianza dibujando una de las asistencias más hermosas que recuerdo en un terreno de juego. Y gracias a esa apuesta por el fútbol de toque, un divo que parecía inalcanzable eligió vestir de amarillo ante la sorpresa de todo los entendidos del balompié europeo. Hoy ese jugador también quiso rubricar el aniversario de la belleza rematando prodigiosamente la asistencia del centrocampista de San Cristóbal. El gol de Boateng dará la vuelta al mundo y el mundo sabrá que ese equipo vestido de fucsia tiene historia, grandes epopeyas y momentos como el vivido en El Madrigal, un instante de gloria, una imagen que se quedará para siempre en la foto fija de nuestras retinas.
Si alguien me preguntara qué es el arte en el fútbol le pondría ese gol inolvidable. Pero esas vueltas de las que hablaba al principio también acontecen en un mismo partido. Quedará esa imagen y ese detalle plásticamente imborrable. Todo lo demás es mejor olvidarlo cuanto antes para volver a empezar de nuevo. Estamos fallando al principio y al final de los partidos que jugamos fuera de casa. Nos falta concentración y contundencia, y en las segundas partes nos estamos desfondando un partido tras otro. Vale que el segundo gol en el descuento vino precedido de una falta clamorosa de quien luego remata a la red; pero esas combinaciones, como el día del Sevilla (con otro robo arbitral), no pueden repetirse en el borde del área que defendemos. Aprendamos de los errores y quedémonos con la estética del pase picado de Viera, la asistencia de espuela de Tana y el acrobático remate de Boateng. Ahora nos jugamos media Liga en los dos partidos que disputaremos en nuestro estadio. Hoy llovía en Gran Canaria mientras jugaba Las Palmas, pero la lluvia que veíamos en la tele y que nos empapaba el ánimo en la segunda parte era la del Villarreal. En una novela de Julio Llamazares la lluvia amarilla tiene que ver con el otoño, la soledad y el abandono que convierte en fantasmas a pueblos que un día fueron bulliciosos y que contaban con niños celebrando goles por las calles. Así nos quedamos los aficionados de la Unión Deportiva cuando terminó el partido, como ese pueblo desolado y silencioso de la novela de Llamazares. Solo nos salva el arte, lo que quedará cuando casi todo lo demás se haya olvidado. Ese gol. Ese momento que será inolvidable en la historia de la Unión Deportiva Las Palmas.
domingo, 23 de octubre de 2016
viernes, 14 de octubre de 2016
Las transiciones necesarias
Los viernes por la noche, cuando yo era niño, eran días de Lucha Canaria, de felicidad por saber que no había que ir al colegio al día siguiente y de vísperas de partidos de fútbol. Ya los terreros no mueven a los miles de aficionados de hace años, con aquellas épicas luchadas que los más viejos unían a los nombres de los grandes mitos del deporte vernáculo. El fútbol y la lucha canaria casi formaban parte de una misma memoria histórica y referencial en nuestro entorno, pero al final ha quedado el fútbol porque el fútbol ocupa ya todos los horarios. Hoy tocaba jugar un viernes, y lo hacíamos contra uno de esos equipos que, sin ser gallegos, nunca sabes si están subiendo o están bajando. Sí es verdad que uno se da cuenta de que Las Palmas empieza a ser respetado cuando un entrenador como Quique Sánchez Flores mete a su equipo atrás y solo queda a la espera de algún robo de balón para armar un contraataque.
Creo que vivimos un proceso de transición que nos terminará llevando a aquel juego fluido e incesante del final de la pasada temporada. Este año solo hay destellos de aquellas paredes, de los pases al hueco o de las combinaciones casi increíbles. Somos más contundentes y más determinantes en defensa y a la hora de recuperar el balón, como si quisiéramos ser al mismo tiempo el Brasil de Dunga y el de Telé Santana en el Mundial 82. Por suerte Setién se inclina más por el Brasil de Sócrates, Zico, Falcao o Toninho Cerezo, por aquella constelación de ídolos que solo acabó cediendo a la efectividad del catenaccio italiano y de un iluminado Paolo Rossi. Nosotros también contamos con uno de esos jugadores que convierten el fútbol en un incesante muestrario de genialidades y de jugadas que nos levantan del asiento. Todo parece que puede cambiar cuando Jonathan Viera levanta la cabeza o conduce el balón como si llevara un abecedario entre las botas para escribir las jugadas que solo se conciben más allá de las metáforas. Conocen cómo jugamos, pero si contamos con Viera no sabrán nunca cuáles son nuestras estrategias finales. Si hoy no hubiera estado Diego López en la portería del Espanyol estaríamos contando goles nacidos de los pases imposibles de ese Romario de la Feria que nos vuelve cariocas cuando corremos por el césped. El otro día contaba el periodista Enrique Ortego que una vez le había llamado Luis Suárez, el único español con un Balón de Oro, para preguntarle que quién era ese fenómeno vestido de amarillo que estaba viendo en la tele desde Italia. Todo es diferente cuando Viera está en el campo, y en estas transiciones es vital contar con un jugador que no deje nunca que nuestra navegación se vuelva rutinaria. Seguimos sumando puntos. Los otros equipos saben a lo que jugamos y ya no dejan que nos soltemos como hace meses. Llegó la lluvia al final del partido como si quisiera borrar lo que habíamos visto los noventa minutos antes. Setién sabía de lo que hablaba hace unas semanas cuando a los aficionados nos cegaba la euforia. Esa es la tranquilidad que me queda, que contamos con un entrenador que sabe leer el fútbol mucho más allá de lo que tenemos delante. Estoy seguro de que poco a poco dará con la clave para que volvamos a parecernos a aquel equipo que hacía que nos frotáramos los ojos después de cada jugada. Las transiciones son siempre necesarias. También algunos empates.
Creo que vivimos un proceso de transición que nos terminará llevando a aquel juego fluido e incesante del final de la pasada temporada. Este año solo hay destellos de aquellas paredes, de los pases al hueco o de las combinaciones casi increíbles. Somos más contundentes y más determinantes en defensa y a la hora de recuperar el balón, como si quisiéramos ser al mismo tiempo el Brasil de Dunga y el de Telé Santana en el Mundial 82. Por suerte Setién se inclina más por el Brasil de Sócrates, Zico, Falcao o Toninho Cerezo, por aquella constelación de ídolos que solo acabó cediendo a la efectividad del catenaccio italiano y de un iluminado Paolo Rossi. Nosotros también contamos con uno de esos jugadores que convierten el fútbol en un incesante muestrario de genialidades y de jugadas que nos levantan del asiento. Todo parece que puede cambiar cuando Jonathan Viera levanta la cabeza o conduce el balón como si llevara un abecedario entre las botas para escribir las jugadas que solo se conciben más allá de las metáforas. Conocen cómo jugamos, pero si contamos con Viera no sabrán nunca cuáles son nuestras estrategias finales. Si hoy no hubiera estado Diego López en la portería del Espanyol estaríamos contando goles nacidos de los pases imposibles de ese Romario de la Feria que nos vuelve cariocas cuando corremos por el césped. El otro día contaba el periodista Enrique Ortego que una vez le había llamado Luis Suárez, el único español con un Balón de Oro, para preguntarle que quién era ese fenómeno vestido de amarillo que estaba viendo en la tele desde Italia. Todo es diferente cuando Viera está en el campo, y en estas transiciones es vital contar con un jugador que no deje nunca que nuestra navegación se vuelva rutinaria. Seguimos sumando puntos. Los otros equipos saben a lo que jugamos y ya no dejan que nos soltemos como hace meses. Llegó la lluvia al final del partido como si quisiera borrar lo que habíamos visto los noventa minutos antes. Setién sabía de lo que hablaba hace unas semanas cuando a los aficionados nos cegaba la euforia. Esa es la tranquilidad que me queda, que contamos con un entrenador que sabe leer el fútbol mucho más allá de lo que tenemos delante. Estoy seguro de que poco a poco dará con la clave para que volvamos a parecernos a aquel equipo que hacía que nos frotáramos los ojos después de cada jugada. Las transiciones son siempre necesarias. También algunos empates.
sábado, 1 de octubre de 2016
El otro fútbol
Cuando los jugadores están a punto de saltar al campo escuchan en la lejanía el retumbar de las gradas o el estruendo de los aficionados cantando himnos o recordando pareados que llevan repitiéndose decenas de años. Da lo mismo que sea el campo de tu equipo o el terreno de juego del contrario. El olor de la hierba y el horizonte trazado con rayas blancas y una portería en cada lado del campo es el mismo en todas partes. Es en ese momento cuando un jugador sabe muchas veces si va a ganar o a perder un partido. Me lo han contado algunos de ellos, que les sucede lo mismo que a nosotros cuando salimos de casa cada mañana y ya sentimos avisos del día que nos espera.
El encuentro contra el Osasuna era como esos días raros en los que intuyes que te estás jugando media vida pero no quieres reconocerlo. El equipo de Pamplona era el colista y nosotros uno de los conjuntos que más han dado que hablar en este inicio liguero; pero al mismo tiempo sabíamos que El Sadar era un escenario con mucha historia y mucha magia, uno de los pocos estadios que todavía nos traen a la memoria la cercanía de los jugadores y el olor de la hierba, un estadio como el Insular o como Atocha, con el público a pocos metros de los jugadores y con ese bullicio que suena de otra manera en los espacios más pequeños, un sonido parecido al eco de aquellas maretas en las que jugábamos de pequeños.
El partido salió como quería Osasuna, y nosotros salimos como en Valencia y en Anoeta, algo despistados y sin esa tensión necesaria para que no te marquen a las primeras de cambio. El equipo navarro se encontró un penalti en la primera jugada y creyó que sentenciaba el encuentro con un dos a cero en el último minuto de la primera parte. Pero esta Unión Deportiva ha demostrado personalidad y madurez mental varias veces a lo largo de esta temporada. Seguimos saliendo desde atrás, combinando, moviendo el balón de lado a lado y buscando huecos entre esas sombras que a veces dejan los defensas cuando alguien los mueve de posición o los desorienta con un regate o un pase al hueco que no esperan. Y así empatamos y demostramos una vez más que este equipo va en serio y que sabe a lo que juega incluso cuando todo se pone en su contra.
Veníamos de la euforia del Madrid y del affaire de Araujo. Llegábamos con muchos lesionados y con esas dudas que decía al principio que se generan muchas veces en mitad de los caminos. Hoy era un partido para estar abajo o para quedarnos arriba mucho tiempo. Jugábamos en un campo del norte, uno de esos campos que tan mal se le suelen dar casi siempre a Las Palmas, y encima contra un histórico necesitado de puntos. Pudo ganar cualquiera de los dos, y si el fútbol fuera boxeo y el balón y el azar no jugaran lo que juegan hubiera ganado Las Palmas a los puntos. Pero me quedo con el estoicismo de Séneca: per aspera ad astra (hasta las estrellas por el camino más difícil). Por ahí seguiremos rondando, con sacrificio, con paciencia y con esa convicción de que quien propone belleza siempre acaba encontrando algo que merece la pena. Las Palmas sigue proponiendo un fútbol bello y los resultados refrendan esa máxima de Séneca: seguimos cerca de las estrellas, aunque nuestro camino se llene de pequeños obstáculos o de días aciagos. Este empate también es un premio para los osados y los valientes.
El encuentro contra el Osasuna era como esos días raros en los que intuyes que te estás jugando media vida pero no quieres reconocerlo. El equipo de Pamplona era el colista y nosotros uno de los conjuntos que más han dado que hablar en este inicio liguero; pero al mismo tiempo sabíamos que El Sadar era un escenario con mucha historia y mucha magia, uno de los pocos estadios que todavía nos traen a la memoria la cercanía de los jugadores y el olor de la hierba, un estadio como el Insular o como Atocha, con el público a pocos metros de los jugadores y con ese bullicio que suena de otra manera en los espacios más pequeños, un sonido parecido al eco de aquellas maretas en las que jugábamos de pequeños.
El partido salió como quería Osasuna, y nosotros salimos como en Valencia y en Anoeta, algo despistados y sin esa tensión necesaria para que no te marquen a las primeras de cambio. El equipo navarro se encontró un penalti en la primera jugada y creyó que sentenciaba el encuentro con un dos a cero en el último minuto de la primera parte. Pero esta Unión Deportiva ha demostrado personalidad y madurez mental varias veces a lo largo de esta temporada. Seguimos saliendo desde atrás, combinando, moviendo el balón de lado a lado y buscando huecos entre esas sombras que a veces dejan los defensas cuando alguien los mueve de posición o los desorienta con un regate o un pase al hueco que no esperan. Y así empatamos y demostramos una vez más que este equipo va en serio y que sabe a lo que juega incluso cuando todo se pone en su contra.
Veníamos de la euforia del Madrid y del affaire de Araujo. Llegábamos con muchos lesionados y con esas dudas que decía al principio que se generan muchas veces en mitad de los caminos. Hoy era un partido para estar abajo o para quedarnos arriba mucho tiempo. Jugábamos en un campo del norte, uno de esos campos que tan mal se le suelen dar casi siempre a Las Palmas, y encima contra un histórico necesitado de puntos. Pudo ganar cualquiera de los dos, y si el fútbol fuera boxeo y el balón y el azar no jugaran lo que juegan hubiera ganado Las Palmas a los puntos. Pero me quedo con el estoicismo de Séneca: per aspera ad astra (hasta las estrellas por el camino más difícil). Por ahí seguiremos rondando, con sacrificio, con paciencia y con esa convicción de que quien propone belleza siempre acaba encontrando algo que merece la pena. Las Palmas sigue proponiendo un fútbol bello y los resultados refrendan esa máxima de Séneca: seguimos cerca de las estrellas, aunque nuestro camino se llene de pequeños obstáculos o de días aciagos. Este empate también es un premio para los osados y los valientes.
sábado, 24 de septiembre de 2016
Los días del circo
Uno mira el fútbol muchas veces como si pudiera mover el balón o regatear desde la grada o el sillón de casa. Todo parece fácil. No hace frío ni calor, no duelen los balonazos en la cara y nunca nos cansamos. Pero son otros los que están en el campo. Y esos otros son los que soñamos siempre que jueguen como cada uno de nosotros. Durante años mis intenciones soñadoras se venían abajo con el primer despeje a tierra de nadie o cuando mi equipo se encerraba atrás antes de que pitara el árbitro. Yo soy de los que aprendió a soñar viendo la realidad delante. Me explico: cuando era niño, lo que hacían Germán o Brindisi superaba todo lo que yo pudiera pergeñar en mi magín de infancia.
El otro día, antes de la debacle de Anoeta, me decía un buen amigo que tenía que pellizcarse para creer lo que veía en la clasificación. Le pasaba como en esas pesadillas en las que de repente nos falta una asignatura para terminar el bachillerato o la carrera. Temía que todo fuera irreal; pero no, era tan cierto como que hoy jugábamos con el Real Madrid sin tener que mirar hacia ninguna altura inalcanzable para verlo cerca.
Y vaya si jugamos, como hacía años que no veía a Las Palmas, con Tana extendiendo en el césped el mapa genético del fútbol canario y con Viera inventando como solo lo saben hacer los grandes genios. Tocamos la pelota desde el minuto uno al noventa, pero hubo veinte minutos, los últimos veinte de la primera parte, en que casi le pregunto a mi compañero de asiento si era real lo que estaba viendo.
El otro día llegaba con mi hija a mi pueblo de infancia. Caminábamos entre edificios y yo le dije que cuando era pequeño ese lugar era un gran solar en el que una vez se había instalado un circo con elefantes, leones y monos que estiraban las manos entre los barrotes de las jaulas. Es verdad que hasta yo mismo me planteo a veces si aquello no es más que una ilusión de mis recuerdos. Algo parecido me pasó ayer cuando vi que Las Palmas le jugaba de tú a tú al actual campeón de Europa. Vivamos estos momentos con la ilusión que merecen. Hoy hemos habitado el mejor de los sueños futbolísticos durante noventa minutos. Que siga la fiesta. Que no se acabe la música y que este circo no deje nunca de ilusionarnos y de subirnos al séptimo cielo. Hoy es uno de esos días que se recordará para siempre. Nos lo contaremos dentro de unos años y nos parecerá mentira. Da lo mismo que no ganáramos en el terreno de juego. Hay partidos que luego se ganan en el recuerdo, en la estela de emociones que se fueron grabando casi sin que nos diéramos cuenta. Pudimos haber ganado, pero este empate consigue que nadie apague los focos de nuestros mejores sueños.
El otro día, antes de la debacle de Anoeta, me decía un buen amigo que tenía que pellizcarse para creer lo que veía en la clasificación. Le pasaba como en esas pesadillas en las que de repente nos falta una asignatura para terminar el bachillerato o la carrera. Temía que todo fuera irreal; pero no, era tan cierto como que hoy jugábamos con el Real Madrid sin tener que mirar hacia ninguna altura inalcanzable para verlo cerca.
Y vaya si jugamos, como hacía años que no veía a Las Palmas, con Tana extendiendo en el césped el mapa genético del fútbol canario y con Viera inventando como solo lo saben hacer los grandes genios. Tocamos la pelota desde el minuto uno al noventa, pero hubo veinte minutos, los últimos veinte de la primera parte, en que casi le pregunto a mi compañero de asiento si era real lo que estaba viendo.
El otro día llegaba con mi hija a mi pueblo de infancia. Caminábamos entre edificios y yo le dije que cuando era pequeño ese lugar era un gran solar en el que una vez se había instalado un circo con elefantes, leones y monos que estiraban las manos entre los barrotes de las jaulas. Es verdad que hasta yo mismo me planteo a veces si aquello no es más que una ilusión de mis recuerdos. Algo parecido me pasó ayer cuando vi que Las Palmas le jugaba de tú a tú al actual campeón de Europa. Vivamos estos momentos con la ilusión que merecen. Hoy hemos habitado el mejor de los sueños futbolísticos durante noventa minutos. Que siga la fiesta. Que no se acabe la música y que este circo no deje nunca de ilusionarnos y de subirnos al séptimo cielo. Hoy es uno de esos días que se recordará para siempre. Nos lo contaremos dentro de unos años y nos parecerá mentira. Da lo mismo que no ganáramos en el terreno de juego. Hay partidos que luego se ganan en el recuerdo, en la estela de emociones que se fueron grabando casi sin que nos diéramos cuenta. Pudimos haber ganado, pero este empate consigue que nadie apague los focos de nuestros mejores sueños.
sábado, 17 de septiembre de 2016
Detalles y vestigios
Quique Setién es un hombre moderado, tranquilo, de movimientos ajedrecísticos más que de golpes en el pecho como aquellos que daba Carlos Aimar cuando los jugadores saltaban al campo. Mira los partidos y parece que observa un tablero de ajedrez. Pero es cierto que en ese sentido casi matemático del juego es más Bobby Fischer que Spaski, más Kasparov que Karpov. Dentro del tablero es un osado que sigue ese manido lema que defiende el ataque como la mejor de las defensas.
El fútbol también enseña que no vale la pena lamentar lo perdido. Cada partido es un mundo nuevo, y cada semana un principio que deja atrás las euforias y las decepciones, las grandes gestas y los fracasos que parecían inasumibles. Olvidan los jugadores y olvidan los aficionados. Todos saben, por experiencias repetidas, que no hay pena que dure cien partidos, ni gesta que no se lleve el viento del olvido. Recibíamos al Málaga. No me gustaba nada ese encuentro. Hubiera preferido jugar contra uno de los grandes después del robo en Sevilla, uno de esos equipos que logran avivar el ambiente y que consiguen que los jugadores salten al campo como si les fuera la vida en cada balón dividido. El Málaga es un conjunto bien armado que no hace ruido, pero que estoy seguro de que estará al final de la temporada de media tabla para arriba. Nosotros salimos a jugar a lo que sabemos, aun asumiendo que los rivales ya empiezan a conocer nuestros automatismos. Sin embargo esta temporada nuestra manera de jugar maneja muchas más variables y somos más verticales y efectivos, más guerreros en la presión y más certeros cuando toca salir al contraataque en tres o cuatro pases. Los rivales pueden conocer nuestras consignas tácticas esenciales, pero luego se ven sorprendidos por la calidad de quienes se mueven dentro del terreno de juego vestidos de amarillo. Esta es tierra de poetas y de futbolistas virgueros que no dudan en regatear a su propia sombra si de esa manera embellecen aún más la jugada de su vida.
Contra el Málaga, sobre todo en la segunda parte, vimos que este equipo es capaz de resistir y de defender ordenadamente. Todo ataque, como también saben los buenos ajedrecistas, comienza por una buena defensa de tus posiciones. Si no hubiera mediado el robo de Sevilla ahora estaríamos en lo más alto de la clasificación; pero la vida nos enseña que a veces hay que dar muchas vueltas para llegar a un destino. Recuerdo que tras el gol de Casemiro el pasado año contra el Real Madrid, en lugar de hundirnos levantamos el vuelo y ya no nos detuvo nadie hasta que terminó la temporada. La próxima semana, pase lo que pase en Anoeta, vendrá el actual campeón de Europa y nosotros estaremos rondando esa zona a la que solo llegan los equipos de campanilla. Si esa historia nos la cuentan hace un año, pongamos que tras aquella derrota en los últimos segundos contra el Real Madrid, la hubiéramos considerado casi un imposible. Estos jugadores reflejan en su sombra la silueta de grandeza de todos los que un día hicieron grande a la Unión Deportiva. Volvemos a ser grandes nuevamente. No es un sueño. Miren la clasificación ahora mismo. Estamos casi en lo más alto. Ya, ya sé que parece mentira. Qué les voy a contar que ustedes no sepan. Ustedes también atravesaron desiertos que parecían interminables. Disfruten y sigan soñando fuerte. Esos jugadores merecen que creamos en todas las utopías.
El fútbol también enseña que no vale la pena lamentar lo perdido. Cada partido es un mundo nuevo, y cada semana un principio que deja atrás las euforias y las decepciones, las grandes gestas y los fracasos que parecían inasumibles. Olvidan los jugadores y olvidan los aficionados. Todos saben, por experiencias repetidas, que no hay pena que dure cien partidos, ni gesta que no se lleve el viento del olvido. Recibíamos al Málaga. No me gustaba nada ese encuentro. Hubiera preferido jugar contra uno de los grandes después del robo en Sevilla, uno de esos equipos que logran avivar el ambiente y que consiguen que los jugadores salten al campo como si les fuera la vida en cada balón dividido. El Málaga es un conjunto bien armado que no hace ruido, pero que estoy seguro de que estará al final de la temporada de media tabla para arriba. Nosotros salimos a jugar a lo que sabemos, aun asumiendo que los rivales ya empiezan a conocer nuestros automatismos. Sin embargo esta temporada nuestra manera de jugar maneja muchas más variables y somos más verticales y efectivos, más guerreros en la presión y más certeros cuando toca salir al contraataque en tres o cuatro pases. Los rivales pueden conocer nuestras consignas tácticas esenciales, pero luego se ven sorprendidos por la calidad de quienes se mueven dentro del terreno de juego vestidos de amarillo. Esta es tierra de poetas y de futbolistas virgueros que no dudan en regatear a su propia sombra si de esa manera embellecen aún más la jugada de su vida.
Contra el Málaga, sobre todo en la segunda parte, vimos que este equipo es capaz de resistir y de defender ordenadamente. Todo ataque, como también saben los buenos ajedrecistas, comienza por una buena defensa de tus posiciones. Si no hubiera mediado el robo de Sevilla ahora estaríamos en lo más alto de la clasificación; pero la vida nos enseña que a veces hay que dar muchas vueltas para llegar a un destino. Recuerdo que tras el gol de Casemiro el pasado año contra el Real Madrid, en lugar de hundirnos levantamos el vuelo y ya no nos detuvo nadie hasta que terminó la temporada. La próxima semana, pase lo que pase en Anoeta, vendrá el actual campeón de Europa y nosotros estaremos rondando esa zona a la que solo llegan los equipos de campanilla. Si esa historia nos la cuentan hace un año, pongamos que tras aquella derrota en los últimos segundos contra el Real Madrid, la hubiéramos considerado casi un imposible. Estos jugadores reflejan en su sombra la silueta de grandeza de todos los que un día hicieron grande a la Unión Deportiva. Volvemos a ser grandes nuevamente. No es un sueño. Miren la clasificación ahora mismo. Estamos casi en lo más alto. Ya, ya sé que parece mentira. Qué les voy a contar que ustedes no sepan. Ustedes también atravesaron desiertos que parecían interminables. Disfruten y sigan soñando fuerte. Esos jugadores merecen que creamos en todas las utopías.
sábado, 10 de septiembre de 2016
Trazos fuertes y atracos
Cuando se escribe a mano, las letras se dibujan diferentes en cada trazo. A veces salen torcidas y otras veces nos parecemos a aquellos copistas medievales que se recreaban en los detalles como si cada letra fuera una gran obra de arte. La llegada de los ordenadores hace que pocas veces se diferencien unas letras de otras. Todo parece clónico y trazado de manera idéntica. En el fútbol sucede algo parecido. Sin darnos cuenta, fuimos dejando que los pases, los regates y las jugadas se trazaran de forma casi uniforme y monótona, primando lo físico, apartando el talento y dejando, por tanto, que el que más tiene sea el que gane siempre. Todo eso se acaba cuando aparece algún romántico y apuesta por un fútbol que parece escrito a mano, distinto, sorprendente, con la vitola y el sello de cada jugador, y con un estilo que deje absoluta libertad al jugador creativo y virguero. Todo eso sucedió en la primera parte en Sevilla. Después resistimos como jabatos, con orgullo, con casta, como resisten los equipos pequeños el embate de los grandes. Pero como tantas veces en la Liga española y en la historia de la Unión Deportiva llegó un árbitro a bajarnos del séptimo cielo en el que habitábamos hacía dos semanas.
Hoy partíamos con las bajas de nuestro futbolista de referencia, Jonathan Viera, y del fichaje estrella, Kevin Price Boateng. En otras circunstancias casi hubiéramos dado el partido por perdido de antemano; pero la Unión Deportiva es ahora mismo un verso suelto en medio de ese fútbol mecanizado del siglo XXI. Cuenta con un entrenador que sabe lo que quiere y que elige a quienes juegan no en función del caché o del físico sino mirando primero su capacidad creativa y su compromiso con los colores que defiende. Y luego está Roque Mesa. Inconmensurable. Un metrónomo, un futbolista que desde la llegada de Setién y Sarabia juega como esos jugadores tocados por la magia de los dioses del fútbol. Destaco a Roque, pero habría que resaltar a todo el equipo. Me siento orgulloso de cada uno de ellos. En el fútbol la letra es una especie de estela que dejan los pases inolvidables o los goles que recordamos eternamente, lo que se traza distinto sobre un terreno de juego, los desmarques, los cambios de sentido y los regates inesperados de quienes saben que ganar no es el único verbo importante. Y todo ello lo vimos en la primera parte del partido contra el Sevilla, con ese golazo de Tana que perdurará en nuestra memoria.
Pero ya digo que una cosa son los sueños y otra los árbitros: penalti inexistente en el minuto 88 cuando ganábamos 0-1. Nos expulsan a un jugador en la misma jugada. Empata el Sevilla tras ese penalti. Luego córner fuera de tiempo y con ese jugador menos de la UD los sevillistas rematan en la última jugada del partido. Orgulloso de la Unión Deportiva, pero con el mal cuerpo de la injusticia. Hoy seremos muchos los aficionados amarillos que nos acostamos con ese resquemor de lo injusto en las entrañas. Me imagino a los chiquillos que estaban viendo el partido pendientes de las camisetas amarillas. Cuando yo era niño no entendí nunca por qué los árbitros castigaban siempre a los más débiles. Vale, pueden decir que fue un error humano, pero también hay dos jueces de línea y un cuarto árbitro. Es imposible que ninguno de ellos viera el piscinazo vergonzante de Vitolo. En Inglaterra el Leicester pudo ser campeón porque los árbitros no miran escudos ni presupuestos. Aquí no creo que nos dejen ni jugar la Europa League.
Hoy partíamos con las bajas de nuestro futbolista de referencia, Jonathan Viera, y del fichaje estrella, Kevin Price Boateng. En otras circunstancias casi hubiéramos dado el partido por perdido de antemano; pero la Unión Deportiva es ahora mismo un verso suelto en medio de ese fútbol mecanizado del siglo XXI. Cuenta con un entrenador que sabe lo que quiere y que elige a quienes juegan no en función del caché o del físico sino mirando primero su capacidad creativa y su compromiso con los colores que defiende. Y luego está Roque Mesa. Inconmensurable. Un metrónomo, un futbolista que desde la llegada de Setién y Sarabia juega como esos jugadores tocados por la magia de los dioses del fútbol. Destaco a Roque, pero habría que resaltar a todo el equipo. Me siento orgulloso de cada uno de ellos. En el fútbol la letra es una especie de estela que dejan los pases inolvidables o los goles que recordamos eternamente, lo que se traza distinto sobre un terreno de juego, los desmarques, los cambios de sentido y los regates inesperados de quienes saben que ganar no es el único verbo importante. Y todo ello lo vimos en la primera parte del partido contra el Sevilla, con ese golazo de Tana que perdurará en nuestra memoria.
Pero ya digo que una cosa son los sueños y otra los árbitros: penalti inexistente en el minuto 88 cuando ganábamos 0-1. Nos expulsan a un jugador en la misma jugada. Empata el Sevilla tras ese penalti. Luego córner fuera de tiempo y con ese jugador menos de la UD los sevillistas rematan en la última jugada del partido. Orgulloso de la Unión Deportiva, pero con el mal cuerpo de la injusticia. Hoy seremos muchos los aficionados amarillos que nos acostamos con ese resquemor de lo injusto en las entrañas. Me imagino a los chiquillos que estaban viendo el partido pendientes de las camisetas amarillas. Cuando yo era niño no entendí nunca por qué los árbitros castigaban siempre a los más débiles. Vale, pueden decir que fue un error humano, pero también hay dos jueces de línea y un cuarto árbitro. Es imposible que ninguno de ellos viera el piscinazo vergonzante de Vitolo. En Inglaterra el Leicester pudo ser campeón porque los árbitros no miran escudos ni presupuestos. Aquí no creo que nos dejen ni jugar la Europa League.
jueves, 1 de septiembre de 2016
Felipe, aquel ídolo de los otros días de gloria
No podía llegar en mejor momento el homenaje. Hace años, los más jóvenes no entendían que habláramos todo el rato de los tiempos en los que ganábamos a los grandes, jugábamos competiciones europeas y llegamos a una final de la Copa del Rey. Siempre digo que me hubiera gustado haber vivido el mejor momento de la Unión Deportiva, el de los canteranos que estuvieron a punto de ganar la Liga, el de Germán, Tonono, Castellano, Guedes, León y compañía. No lo viví aunque sí lo conozco como si lo hubiera vivido. Tenía dos años en esos momentos, pero luego mi abuelo y mi padre me contaron una y mil veces con todo lujo de detalles aquellos pases al hueco de Germán para que corrieran León o Gilberto II o me hablaban de la jerarquía de Juan Guedes empujando al equipo e imponiendo el ritmo pausado hasta que veía un hueco y de repente aceleraba como hacía Classius cuando dejaba de bailar como una mariposa para picar igual que una avispa. Vi jugar a casi todos menos a Juan Guedes.
Después llegaron años de transición y de estar al borde del descenso hasta que aparece Miguel Muñoz y, como Molowny en los sesenta, vuelve a cambiar la historia. Creo que ahora Setién está a punto de sumarse a esos dos nombres en la historia de la Unión Deportiva. Muñoz tenía un equipazo con jugadores como Carnevali, Brindisi, Morete, Juani y compañía, pero tomó un par de decisiones que cambiaron el destino de dos jugadores que luego llegaron a ser internacionales varias veces: puso de lateral a un extremo como Gerardo Miranda y de líbero, ahí es nada, a un delantero como Felipe. Acertó en los dos casos. Gerardo se fue pronto al Barcelona, pero Felipe se acabó convirtiendo en uno de los grandes jugadores de la Unión Deportiva. No fue internacional más veces por aquella especie de fobia que tenía Kubala a los jugadores de Las Palmas y porque coincidió en el tiempo con José Ramón Alexanco, pero recuerdo el Don Balón de aquellos años y el equipo ideal de cada semana: Felipe aparecía casi siempre en el puesto de líbero: su experiencia como delantero le hacía colocarse en el lugar preciso, aunque lo que más recuerdo era cuando salía desde atrás jugando el balón, siempre con la cabeza levantada, regateando o haciendo paredes con Brindisi, con Noly, con Jorge o con Félix. El balón se lo pasaba Guillermo Hernández o Roque Díaz, o sacaba en corto Carnevali, y Felipe lo llevaba hasta el otro campo poniendo en pie al Insular varias veces cada partido.
Siempre digo que yo tenía dos ídolos de niño. Germán, Guedes y Tonono eran mitos, y los mitos están en un escalón superior, casi intocable; pero de los jugadores que veía jugar cada semana con diez u once años siempre elegía a Felipe y a Brindisi. El jugador de La Orotava se merece como pocos el homenaje que le brindará la Unión Deportiva en los próximos días. Y lo que uno agradece al destino es que un jugador como Felipe, un profesional discreto que al retirarse volvió a su pueblo como quien regresa con una misión cumplida, vea llegar a ese pueblo al equipo líder de la Liga más importante del mundo. Se merecía un reconocimiento como ese el eterno líbero, aquel jugador con el flequillo cubriéndole la frente que cortaba certero los avances del contrario y que salía al ataque levantando la cabeza y poniendo en pie al Estadio Insular en unos días de gloria parecidos a los que ahora vivimos.
Después llegaron años de transición y de estar al borde del descenso hasta que aparece Miguel Muñoz y, como Molowny en los sesenta, vuelve a cambiar la historia. Creo que ahora Setién está a punto de sumarse a esos dos nombres en la historia de la Unión Deportiva. Muñoz tenía un equipazo con jugadores como Carnevali, Brindisi, Morete, Juani y compañía, pero tomó un par de decisiones que cambiaron el destino de dos jugadores que luego llegaron a ser internacionales varias veces: puso de lateral a un extremo como Gerardo Miranda y de líbero, ahí es nada, a un delantero como Felipe. Acertó en los dos casos. Gerardo se fue pronto al Barcelona, pero Felipe se acabó convirtiendo en uno de los grandes jugadores de la Unión Deportiva. No fue internacional más veces por aquella especie de fobia que tenía Kubala a los jugadores de Las Palmas y porque coincidió en el tiempo con José Ramón Alexanco, pero recuerdo el Don Balón de aquellos años y el equipo ideal de cada semana: Felipe aparecía casi siempre en el puesto de líbero: su experiencia como delantero le hacía colocarse en el lugar preciso, aunque lo que más recuerdo era cuando salía desde atrás jugando el balón, siempre con la cabeza levantada, regateando o haciendo paredes con Brindisi, con Noly, con Jorge o con Félix. El balón se lo pasaba Guillermo Hernández o Roque Díaz, o sacaba en corto Carnevali, y Felipe lo llevaba hasta el otro campo poniendo en pie al Insular varias veces cada partido.
Siempre digo que yo tenía dos ídolos de niño. Germán, Guedes y Tonono eran mitos, y los mitos están en un escalón superior, casi intocable; pero de los jugadores que veía jugar cada semana con diez u once años siempre elegía a Felipe y a Brindisi. El jugador de La Orotava se merece como pocos el homenaje que le brindará la Unión Deportiva en los próximos días. Y lo que uno agradece al destino es que un jugador como Felipe, un profesional discreto que al retirarse volvió a su pueblo como quien regresa con una misión cumplida, vea llegar a ese pueblo al equipo líder de la Liga más importante del mundo. Se merecía un reconocimiento como ese el eterno líbero, aquel jugador con el flequillo cubriéndole la frente que cortaba certero los avances del contrario y que salía al ataque levantando la cabeza y poniendo en pie al Estadio Insular en unos días de gloria parecidos a los que ahora vivimos.
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