sábado, 31 de octubre de 2015

Las distancias siderales

Está claro que el optimismo en el Bernabéu casi siempre ha de ser un estado de ánimo previo, una ilusión como la que se vive cuando se sella una quiniela o se cierran los ojos para pensar que estamos en una ciudad que jamás hemos visitado. Desde que comienza el partido se suelen venir abajo las gestas grandiosas, esa épica que imaginábamos amarilla ayer por la tarde y también el fin del mal fario en el Paseo de La Castellana. Bastaron quince minutos para bajar del séptimo cielo. Un fallo en la entrega, una presión asfixiante en la salida del balón o un grancanario genial llamado Jesé Rodríguez desarmaron cualquier atisbo de hazaña.
Pero esta derrota debe afectar poco al ánimo. Y yo me quedo con todo ese amarillo que se vio en las gradas, y solo deseo que alguna vez, en ese futuro que jamás sabemos a dónde nos terminará llevando, se produzca una conjunción de planetas que nos deje salir del Bernabéu por la puerta grande. Hoy el marcador quedó igual que en aquella inolvidable final de Copa contra el Barça en 1978, y la sensación fue la misma que entonces, un quiero y no puedo, un gol de Brindisi como hoy el de Hernán que apenas nos dio opciones, una afición entregada en la grada, y ese sabor agridulce de quien prefiere decir que el rival, como escribía al principio, no estaba a nuestro alcance; pero que en el fondo soñaba con honrar a Tonono, a Guedes, o al corazón amarillo que siempre conservaron Molowny o el gran Antonio Betancort.
No sufrimos la goleada de Getafe, ni nos marcaron los siete goles de la última y lejana visita a ese templo en el que se han escrito muchas de las más legendarias páginas de este deporte. En aquella final contra el Barcelona estuvo por medio Franco Martínez pitando un penalti muy riguroso que nos sacó del partido. Hoy no hubo mediaciones arbitrales, como aquella vez que el Real Madrid también remontó un cuatro a cero en la Copa. Sencillamente el fútbol ya no es lo que era. Todo parece robotizado a golpe de talonario. Imagino que a medio plazo equipos como el Real Madrid se medirán en una Liga europea similar a la NBA con otros conjuntos que tengan el mismo potencial presupuestario. Nosotros, y esta vez no es un tópico ni una disculpa, pertenecemos a otra Liga, a la de los terrenales, a la de andar por casa, a la que puede cambiar el guion en cualquier momento, la que nos medirá a la Real Sociedad el próximo fin de semana, a aquella Real Sociedad, que como la Unión Deportiva de los setenta, le ganó dos Ligas al Madrid con un equipo de cantera. Otros tiempos y otro fútbol, sin apuestas, sin derechos televisivos y sin jugadores que parece que están vendiendo gominas o desodorantes en cualquier primer plano. Los románticos de este deporte vamos a seguir soñando. Solo espero que el año que viene volvamos a tener otra nueva oportunidad en el Bernabéu. Y entonces nos volveremos a ilusionar como hace unas horas, y soñaremos, y creeremos que es posible cambiar la historia de una vez por todas. Así es la vida y así es el fútbol, una inquebrantable intención de ser felices. Esa ilusión que se vive casi siempre antes de los noventa minutos.

domingo, 25 de octubre de 2015

Mejor en La Cícer

Baudelaire decía que había que tratar de ser sublime sin interrupción. Él se refería a la escritura, pero si se hubiera referido al fútbol habría que explicarle que lo sublime se queda en nada cuando se juega sobre un campo que no te permite dar dos pases seguidos. Se puede cambiar de entrenador, de sistema de juego, de plantilla y hasta de nombre (aunque ya decía Galeano que lo único perenne e innegociable es la afición a tu equipo de infancia). Puedes fichar a Messi o a Ronaldo, o recuperar a Germán o a Brindisi. No habría nada que hacer. A veces manda el terreno de juego. Es verdad que estaba en mejores condiciones que el día del Eibar, y que con las tormentas de los últimos días ha podido sufrir más de la cuenta, pero así no hay quien juegue al fútbol. Es como pretender tocar la Novena Sinfonía de Beethoven solo con un bombo y unos platillos. Da lo mismo que tengas las partituras. Si no tienes instrumentos, importa poco los músicos que pongas encima del escenario.
De haber estado el césped en unas condiciones aceptables, estoy seguro de que hubiéramos visto un gran partido de fútbol. Lo tenía todo, jugadores virgueros y entrenadores con una apuesta decidida por el ataque. Ese ha sido el gran cambio de la Unión Deportiva, la puesta en escena, la recuperación de jugadores como Vicente Gómez y Tana, y una intención irrenunciable de manejar la pelota y buscar el uno contra uno desde que hubiera ocasión para ello. También el Villarreal de Marcelino saltaba con esa misma intención al campo, pero luego ese propio campo aventaba cualquier atisbo de juego porque era imposible que el balón siguiera una trayectoria más o menos previsible. No había manera de combinar al primer toque, y cualquier jugada se ralentizaba y se quedaba en nada tras un control que se hacía necesario si el jugador no quería vérselas con un saltaperico dislocado entre sus piernas. Esperemos que para el partido de la Real Sociedad tengamos por fin un césped de Primera. Ese día, además, cambiará por completo el aspecto del estadio con la apertura de la Grada Sur. Ahí empieza nuestra nueva Liga y el ciclo de Quique Setién. Pero antes visitaremos el Bernabéu. Jamás hemos ganado en Chamartín, y ya saben de mi optimismo exagerado. Nunca tiro la toalla, y en el fútbol siempre digo que el Guía o el Arucas le pueden ganar al Real Madrid. A lo mejor solo sucede una vez en la vida, pero ya son muchos años de historia sin vencer en ese templo de la Castellana. No perdemos nada y tenemos mucho que ganar. Por lo menos tendremos un césped en condiciones para que se luzcan Tana, Viera, Araujo y compañía. Aquí, si no se arregla la cosa en estas dos semanas, habrá que ir pensando en jugar en La Cícer (aunque con las lluvias La Cícer está casi peor que el estadio). Solo tendríamos que tener en cuenta las mareas y colocar una grada en la Avenida de Las Canteras. Al fin y al cabo nuestro fútbol viene de la playa, y creo que se jugaría mejor allí que en un césped que tiene de césped lo que Gatusso pudo tener de Maradona.


viernes, 23 de octubre de 2015

La gran montaña

Un alpinista sabe que cuando se emprende una subida solo hay que mirar hacia arriba, sobre todo cuando las paredes son verticales y casi no tienes asideros para retornar al campo base. Lo de abajo es pasado, riesgo de vértigo, duda o indecisión en los pasos que nos queden para coronar la cima. Ahora mismo la Unión Deportiva Las Palmas es un escalador que no puede mirar hacia abajo en ningún momento. Cantaba Serrat que los que estaban en el fondo del pozo eran unos bienaventurados porque de ahí en adelante solo podían ir mejorando. No me ha gustado el cese de Paco Herrera. Uno es un sentimental, y no me olvido nunca de que ese hombre efusivo y vehemente fue el que nos sacó del abismo de una Segunda División que amenazaba con eternizar el palmarés amarillo. Pero está claro que los sentimentales no podemos tener puestos de mando. Nos temblaría el pulso y nos dejaríamos llevar siempre por los sentimientos. En esa subida de la que hablaba lo único importante ahora mismo es la Unión Deportiva. Lo dijo el propio Paco Herrera demostrando una vez más su caballerosidad y su saber estar. Por eso no entiendo a los que promueven pitadas contra nuestro propio equipo en un partido en el que nos jugamos buena parte de nuestro futuro. Dejemos los silbidos o los aplausos para final de temporada. Y no olviden que el nuevo equipo técnico no tiene culpa de lo que el propio fútbol genera con sus sus prisas clasificatorias y dinerarias.
Llega Quique Setién. Era de los futbolistas por los que valía la pena pagar una entrada: técnico, desequilibrante e impredecible, casi parecía más un jugador de la escuela canaria que de la cántabra. No hubiera desentonado nunca entre los grandes de la Unión Deportiva. Aquel fútbol que iba desentrañando el camino con regates y escorzos casi imposibles es el mismo que encontramos en el Lugo cuando lo vimos jugar. Propone el control del balón y la búsqueda de la portería contraria; pero sin asumir riesgos suicidas y valiéndose de la calidad de esos jugadores distintos que siempre marcan las diferencias. Las Palmas tiene varios jugadores así, y si él consigue darles el protagonismo y, sobre todo, hacerles creer que pueden llegar lejos, creo que, poco a poco, iremos escalando esa montaña que ahora nos parece casi inexpugnable. Hace unos días escuchaba una entrevista al actual entrenador del River Plate, el Muñeco Gallardo. Venía a decir que lo de menos era ganar o perder, y que lo importante, a veces, es dejar una impronta y un recuerdo de nuestra manera de jugar y de entender el fútbol. También me gustaría recordar lo que sucedió con Del Bosque cuando tuvo que sustituir a Luis Aragonés después de que este hubiera terminado con una sequía de títulos de muchos años. Ojalá Quique Setién sea nuestro Vicente del Bosque. Lo que sí está claro es que Paco Herrera sí será siempre nuestro Luis Aragonés, un hombre íntegro y caballeroso que nos subió al séptimo cielo de la Primera División cuando pocos confiaban ya en nosotros. No perdamos las referencias y pensemos en la Unión Deportiva. Si los aficionados no creemos en el milagro, no creerá nadie, ni siquiera los jugadores. Asumamos la realidad y la gran montaña que tenemos delante. Que sean otros los que miren para abajo.

domingo, 18 de octubre de 2015

Juguete roto

Hubo un día de junio en que encontramos el regalo que llevábamos buscando desde hacía muchos años. No sé si lo recuerdan, pero aquella alegría era indescriptible. Se parecía a la que vivíamos en la mañana de Reyes cuando encontrábamos aquellos juguetes rutilantes aún dentro de las cajas, todavía sin estrenar y con toda la ilusión intacta. El robot, el scalextric o el coche teledirigido casi nunca fallaban; pero el día que alguno de ellos lo hizo se convirtió, sin duda, en uno de los más decepcionantes de la infancia. Podía fallar porque las pilas estaban gastadas, porque los cables estaban inservibles o porque su funcionamiento era erróneo. El juguete rutilante se quedaba apagado al fondo de la casa. Así, más o menos, es como veo yo a la Unión Deportiva Las Palmas después del varapalo de anoche ante el Getafe. No había alma, y sin alma no hay nada que merezca la pena. Se puede perder, pero no se puede tirar la toalla desde el primer minuto del partido. Cada vez que el Getafe llegaba, o metía gol o fallaba de puro milagro. No había concentración ni coordinación en los marcajes, y cuando atacábamos éramos pollos sin cabeza, o lo que es lo mismo, nos fallaba, como lleva fallando toda la temporada, el centro del campo, el lugar donde se gesta el fútbol, el busilis de este deporte, el que manejaron Germán, Brindisi o Juan Carlos Valerón.
La Unión Deportiva es para miles de personas, y eso quiero que lo lean los jugadores que defienden sus colores, el juguete que más nos alegra, el sino de nuestra felicidad, la alegría o la tristeza que se acaba dibujando en muchas caras. No me olvido, y sería injusto si lo hiciera, que fueron Paco Herrera y casi todos los jugadores que integran la plantilla, los que nos regalaron un día de Reyes en una tarde inolvidable del último mes de junio. Quedan pocos motivos para el optimismo, pero quiero creer en ese entrenador y en la motivación de esos mismos jugadores. Habrá que cambiar las pilas y renovar la maquinaria. Recuerdo un momento parecido cuando subimos con Kresic y aparecieron Jorge, Ángel y Guayre. A lo mejor va siendo hora de mirar de nuevo a la cantera, de buscar a Matías y de confiar más en Vicente Gómez, en Tana o en Asdrúbal. Todo juguete es salvable, sobre todo si cuenta con una afición como la que ayer acudió al Alfonso Pérez. Será la misma, y estoy seguro que multiplicada, que acuda en breve al Bernabéu. Vienen el Villarreal y el Real Madrid. Les recuerdo que le ganamos al Sevilla, y que el Barça y el Atlético tuvieron que emplearse a fondo para derrotarnos. Ahora mismo somos un juguete roto, una especie de barco a la deriva; pero el fútbol, como la vida, da muchas vueltas, y casi todas ellas acaban pareciendo imposibles cuando pasa el tiempo. Les recuerdo también que este mismo equipo fue el que jugó hace unas semanas contra el Celta de Vigo, el que empató y pudo ganar con un jugador menos. Realmente, los juguetes que estamos rotos somos los que vemos los partidos desde las gradas o a través de las pantallas. Los otros, esos jugadores que nos representan y que escriben en el campo lo que nosotros soñamos en nuestras cabezas, pueden cambiar esta historia de arriba abajo. No sé si lo recuerdan, pero no había alegría mayor que ver funcionar un juguete que dábamos por perdido.